Máscaras

Víctor es un querido amigo. Esta amistad fue forjada durante uno de los cursos de apreciación cinematográfica que impartía un doctor de apellido Rosado, el que hacía una especie de entrevista con el objetivo de determinar quienes conformarían el grupo de los elegidos que asistirían a estos encuentros, tan en boga en aquel momento. No voy a negar que aquellos cursos me vinieron como anillo al dedo, pues la verdad que todo análisis que hubiera hecho de un material audiovisual hasta aquel entonces, eran puramente intuitivo, y como si de un texto narrativo se tratase. Después de unos cuantos meses el curso terminó, pero Víctor y yo habíamos devenido casi inseparables. Nos sentíamos muy a gusto juntos, y cada uno encajaba perfectamente en el ámbito del otro, cosa difícil muchas veces.

     Después del curso de  Dr. Rosado, nos metimos en unas tertulias. La primera a la que asistimos quedaba cerca del cine emblema del Vedado, el Charles Chaplin, cuyo portal es uno de los puntos de reunión de la farándula intelectual. Nosotros la verdad que  a ese ambiente le hacíamos un poco de rechazo. Los encuentros no eran frecuentes, eran sólo cuando la artista y crítica de arte Claudia Carballo, tenía invitados o colegas de ellas: argentinos, españoles, uruguayos, incluso hubo una americana llamada Ruth Goldberg que dio una charla bastante amena y para nada densa sobre el camino del héroe en The Lord of the Rings. A ese encuentro fue al que Víctor y yo asistimos. Creo que Ruth habló alrededor de cuarenta y cinco minutos, lo restante era el intercambio de ideas de todos los allí presente o pasearse por el primer piso del vetusto duplex, en el cual Claudia exhibía cuadros de artistas emergentes. La verdad que en Cuba las pocas galerías de arte sólo exponen a los artistas oficiales. Los nuevos, que se jodan; bueno a no ser que se disparen internacionalmente, ahí sí que hay que buscarles espacio. Nada, que no se trata de cuán bueno seas, sino de cuánto te sepas mover entre las llamadas “vacas sagradas´´.

Víctor estuvo estudiando Diseño Industrial, pero me cuenta que esto no le satisfacía del todo, y nada, que terminó haciendo las pruebas para Diseño Escenográfico en mi Instituto. A él le fascinaba el cine, y yo podía aportarle jugosa información sobre nuevas películas, cursos que daban en mi facultad, y a su vez, él me ayudaba con la Dirección de Arte de mis cortometrajes. A diferencia mía, Víctor sí que procedía de un una escuela elemental de arte. Yo sin embargo, había seguido la línea de las ciencias, hasta aquel momento en que decidí dar un paso fuera de mi zona de confort y tomar, aparentemente, una dirección completamente opuesta, criterio que no necesariamente comparto.

     La verdad que me las veía fea para aguantar la semana o quincena con el dinero con el que mi mamá me proveía. Ella, como cuentapropista, se le hacía muy difícil como a todo el mundo, conseguir el dinero. Yo era incapaz de pedirle más. Ella tenía la carga de mi bisabuela, que estaba encamada, de mi abuela, que aunque le ayudaba ya sufría los achaques irrebatibles de la edad, y de mi hermanito de dos años. Mi mamá no me perdonaba, y era incapaz de entender, que yo tuviese que quedarme algunos fines de semana en la escuela. La verdad que era extremadamente difícil tratar de leer los textos de Eco, Nietzsche, Foucault, Derrida, Ortega y Gasset, en la dinámica de mi casa, con los gritos de mi bisabuela que emulaban con los de mi hermano; mi abuela molesta cantaba en la cocina un amplio repertorio de boleros, y yo fungía como mediadora en aquella ola de tensiones y desafueros. Después de poner a las tropas en orden, la que no podía luego retomar el ritmo de la lectura era yo. En fin, toda una Odisea. Por ello decidí que aunque lloviera, relampagueara o cayera truenos, cuando tuviera que estudiar para pruebas o exposiciones, me quedaría en la escuela, y ya me las ingeniarla para estirar el dinero. 

    Víctor nunca hablaba de su familia, solo sé que vivía en San Miguel del Padrón. No me sentí nunca con la confianza de volver a preguntarle, pues recuerdo que la primera vez sólo me dijo donde vivía y me cambió la conversación con mucha delicadeza. Siempre quería escuchar qué guión estaba escribiendo, y me hacía dramatizarlo. Hasta él terminaba apropiándose de alguno de mis personajes, y los que eran femenino eran su especialidad, pues usaba mi ropa y se enrollaba una toalla en la cabeza, la que acariciaba y olía como si de mechones se tratasen. Mis compañeras de cuarto se arrastraban de la risa con sus ocurrencias. Fue él quien me hizo pensar en incursionar seriamente en la actuación. La idea me sedujo; pues actuar no era algo ajeno. Había formado parte de algunos grupos teatrales a nivel escolar y de municipio. Dentro de la carrera, sentía un especial deleite trabajando con los actores, o escribiendo las biografías de los personajes. Se escurre el tiempo en la actividad obscena de observar a los transeúntes mientras espero en la parada del ómnibus. Hilvano sus historias. Casi siempre comienzo por la mano derecha, donde se lleva el  anillo de casado, busco cicatrices, analizo su postura, su ropa, y sus ojos, en estos últimos era en lo que me detenía por mucho más tiempo. Siempre me han dicho que aunque sonriera, tenía una mirada muy triste. Pasé incontables horas frente al espejo tratando de cambiarla, de hacerla desaparecer, sin embargo es una de las pocas cosas translúcidas de nuestro ser, es incorruptible, es como si la mirada fuera lo único autónomo de los mandatos dictatoriales de la mente.  Aprendí a amar y abrazar esa mirada.

     Estando un día en el Fresa y Chocolate, en una fiesta con motivo de la clausura del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, Mariam una amiga de Víctor que estudiaba dramaturgia, se nos unió en compañía de tres muchachos. No alcancé a escuchar sus nombres aunque ella nos los presentó, pues la música estaba  “a todo meter´´ . La pasamos super bien, bailando, y no faltaba quien se apareciera con un vaso de cerveza que después circulaba pasando de boca en boca. Nada, que a esa hora tú no estás para ser escrupulosa, te dejas llevar por el flow. No tomé mucho, pues el sabor de la cerveza nunca ha sido de mi agrado, y nadie estaba para ver la cantidad que bebías, ¡total más quedaba para los otros! Nos pusimos de acuerdo para irnos juntos, pues casi todos eran del Instituto o de la zona de Playa. Caminamos, y no se me olvida que el aire fresco de la noche era una bendición para mi cuerpo sudoroso y cansado. José Armando, el muchacho más alto, se me acercó. Víctor le había contado de mis supuestos dotes para la actuación, que ¡no eran para tanto! No soporto crear falsas expectativas, y aún más cuando ni yo estoy segura de tener el suficiente talento. No tuve tiempo de interrumpirle, y ya me estaba dando la dirección donde su grupo de teatro ensayaba. Quería que llegase una media hora antes para hacerme un pequeño casting, y me preguntó al final de toda la arenga, que si estaba interesada. Miré la dirección que había escrito en la palma de mi mano, y sin pensarlo dos veces asentí. Nos montamos en el ómnibus  y cada uno fue bajándose en sus respectivas paradas. Víctor, Mariam y yo, íbamos hasta el final de la trayectoria. No teníamos muchos deseos de conversar pues la verdad que estábamos agotadísimos. Mariam era de pocas palabras, al igual que yo. Víctor se estaba quedando dormido, y en un momento en que el ómnibus se detuvo, envistió uno de los tubos verticales del que se aguantaba, y no se volvió a dormir en todo el trayecto. Nadie, estaba allí para reírse de aquello, sólo nosotras, y el chofer que a aquella alta hora de la noche, probablemente manejaba como por inercia. 

     Al otro día no pude levantarme para ir a la biblioteca como era de costumbre. Me puse la almohada en la cara para bloquear el golpe del sol a través de los cristales, y no me desperté hasta alrededor del mediodía. Me levanté sin pensarlo pues no soy persona de dormir mucho, y cuando lo hago me lo reprocho. Pero la noche anterior me había llevado duro. Mi cuerpo tuvo que sintetizar mucho de un solo golpe. Caminé rumbo a la biblioteca con una resaca que trataba de camuflajear a toda costa. Pedí algunos libros que habían sido parte de la bibliografía propuesta por los profesores. Obviamente, los únicos ejemplares de cada libro ya estaban en manos de otros estudiantes, por eso en la biblioteca había que madrugar. Es todo un desastre aquello, un sólo ejemplar de los libros de sociología de Harold Hauser, de El Príncipe de Maquiavelo, de la Poética aristotélica, y la lista sería interminable, y los que nos entraban en aquella lista, era porque simplemente nos los tenían. Y la videoteca de mi facultad audiovisual, era un pequeño espacio de cuatro por cuatro, que se las ingeniaba muy bien para no tener lo que necesitabas. No obstante tenía unas cuantas amistades que me conseguían las películas y me las daban en un flash drive, para luego pasar por el suplicio de encontrar una computadora o un equipo en el que pudiera verla. A veces tenía que devolver la memoria flash sin haber visto el filme. Pero nada de amilanarse. 

     Pedí en cambio El Reino de este Mundo; sentí deseos de releerlo. A veces pensaba que lo que me gustaba era todo el tema del realismo mágico, pero creo que la verdadera atracción era por las escenas de violencia. Tenemos un vicioso vínculo con la violencia, con el sexo no moderado, en cambio lo reprimimos, y terminamos mirando el sexo desde una perspectiva erótica y la violencia desde una perspectiva de autodefensa. Eso se le escuché a algún profesor, y fue como sin me mascullara al oído, como si toda la explicación de aquel día fuera especialmente dirigida a mí. Ver Crash de Cronemberg, El Imperio de los Sentidos, hizo que fuera dando sentido a esas piezas que estaban sobre la mesa pero que aún no sabía en qué área del mi puzzle iban.

 Llegó el día en que sería captada para el grupo de teatro Underground, sobre el cual, con todas mis recurrentes digresiones olvidé contarles. Este grupo surgió hace apenas unos sietes meses y entran en el mundo de los artistas malditos de la dictadura cubana. Resumiendo, no tiene un lugar fijo donde presentarse, la fecha de puesta en escena se hace saber el mismo día para evitar que la policía irrumpa dando palos a cuanto respire allí. Supe esto después de que José Armando me comprometiera con el grupo al que ni conocía. No tolero la hipocresía de aquellos artistas que en su casa critican al gobierno y citan a este liberal o aquel filósofo y desmenuzan el sinsentido de este sistema anquilosado y genocida, ¿pero qué carajo hacen? ponerse una pulover con frasecitas en Inglés un poco picantes. Claro, esos artistas  se mantienen muy lejos de los límites, porque sino bye bye a los viajecitos, a la internet en las casa, a los trabajos con frecuencia, a las publicaciones, a los espacios televisivos. Al final esos pulovers y declaraciones a puerta cerrada son parte de su material de marketing, de lo que los hacen cool. Este era el momento en el que me definiría, o devendría una de de esos artistas que se mantenía al margen, o formaba parte de aquel grupo que no pretendía dar un espectáculo sino abofetear y esgrimir verdades lacerantes. Estaba decidida a ser parte de ese proyecto. 

     Llegué a casa de una de las muchachas del grupo, Sonia. Su apartamento estaba al frente del parque John Lennon. Nunca había visto la estatua. Había escuchado que le tenían a un sereno custodiándolo para evitar que le robasen los espejuelos al Beatle, que cada vez eran más frecuentes.

      Antes de llegar al apartamento, me llegué a la famosa estatua, que Fidel había comisionado, después del encarcelamiento en campos de trabajo forzado y prisiones a más de 35000 religiosos, homosexuales, y todos aquellos que no entraran en el estereotipo de hombre macho de la revolución. Ahora acompaño a Lennon por breves minutos, y siento estar ante una de las tantas contradicciones, y la soledad sin nombre de Rilke me sobreviene. 

     Para el casting, presenté el final de Las Penas Saben Nadar, la había montado para la clase de dirección de actores, pero nunca me había atrevido a hacerla. Rompí en un llanto sostenido del que no encontraba la puerta de salida. El personaje se había apoderado. Quizás yo, estaba sentada riéndome de mí misma, o tomando un respiro mientras fumaba un cigarro. José Armando me tuvo que abofetear, y la verdad funcionó. En un primer momento hubiera querido que el método no hubiera sido tan drástico, pero después de tomar un vaso de agua, él me habló de lo sucedido, y de algunas formas de salir por uno mismo de aquella situación; mientras hablaba, comencé a recordar la bofetada con cierto morbo. Traté como es lógico, de exiliar de mi cabeza aquellos pensamientos, que quizás eran los equivocados. José me pidió que me quedara para conocer a todo el grupo y presentarme. Hasta ese momento no sabía sobre su decisión. No negó que había muchas cosas que debía pulir, pero que veía en mí un coraje que a veces atemorizaba, y una necesidad de decir cosas que no podía dejar escapar, y por supuesto potencial. En la nueva obra que comenzarían a montar esa semana había un personaje que se podría decir era una especie de bruja que habitaba en una gruta. Esta historia casualmente a diferencia de las otras que habían hecho, tendría un fuerte componente real maravilloso, y digo casualmente, pues me acababa de releer el Reino de este Mundo, y esa es una de las primeras intertextualidades de la obra en ebullición.  Él aún no tenía muchos detalles, pero se usarían unas máscaras que habían sido encontradas junto a algunos vestuarios en una de las tantas salas de cine, cuya última función había sido la los espectáculos humorísticos y musicales. El encuentro de las máscaras fue lo que motivó a Mariam a escribir la obra. José Armando daba gracias la providencia,  lo que creo era pura retórica, no creo que el profesara fe alguna, de que un amigo de Mariam, Carlos, entrara al cine que estaban a punto de ser convertido en un parqueo provisional, y pudiera rescatar muchas cosas útiles. Me di cuenta que para mantener el grupo había que estar viviendo de todo tipo de ayuda. No se cobraba por la función, pero muchos colaboraban de una forma u otra.

     Lo integrantes del grupo se presentaron y me dieron la bienvenida. Fue entonces cuando  noté que era la más joven de todos. La mamá de Sonia, nos hizo un café apenas llegó. Aquel fue el café más delicioso que había tomado; le había echado sólo un poquito de canela. José Armando sacó las copias de los panfletos y los repartió de acuerdo al personaje de cada uno que ya venía connotado con un marcador azul. Cada uno se sentó donde más le vino en gana. Algunos se sentaron en el suelo, otros, a un lado en la puerta, supongo que para tener la ventana cerca, Boris y Sonia se relajaron en el sofá. Otros tres y yo estábamos sentado en la mesa del comedor.  

     Sonia y su mamá vivían solas, y supe esto porque le pregunté a José, cosa que me repruebo pues detesto que me vean como alguien atrevido haciendo preguntas que no son de mi incumbencia. La madre nos apoyaba cien por ciento. Por el modo en que vivían, puedo inferir que la vida de amabas era muy liberal, y por ello me refiero a que cada una respetaba, no se inmiscuía en la vida de la otra. Habían libros por cuanto rincón anduve en mi búsqueda del baño. Han estado apilado allí por tiempo pues tenían una leve capa polvorienta que hizo revelar mi ubicación al hacerme estornudar. Se suponía que hubiese estado en el baño, y no curioseando por los alrededores de una casa ajena. Somos propensos a querer curiosear la vida de los otros, y querer saberlo todo, por eso nos seduce los chismes, las películas, las novelas, las pinturas cuyas pinceladas nos revelan a los personajes en su intimidad. No giramos la mirada, si no que nos dejamos seducir, escudriñamos cada detalle, queremos tocar todo con los ojos, hilvanar una historia, revivir sensaciones.

     Leímos el texto, dejando para otro día el ensayo de las cadenas de acciones. Cada uno al final comentó sobre su personaje, aunque los aportes vinieron de todos lados. Básicamente, la obra comenzaba con un ritual de máscaras que tratan de conectar a la persona con su espíritu animal, como en las culturas chamánicas. La obra parte de que alguien encuentra las susodichas máscaras, y es lo que sirve de punto de partida a la historia, la que tiene momentos mágicos en una realidad dura que todos se resignan a aceptar, y de la que de una forma u otra todos quieren escapar, que sería como el escape de Mackandal en la obra de Carpentier. Aún no se sabía si yo debía usar máscara o no, y señalé que si debía llevar laguna, la del cuervo sería la más idónea. Y expliqué el porqué de mi apego por el cuervo: además de ser el portador de la magia, podía proporcionar todo el valor para entrar en “la oscuridad del vacío, el hogar de lo informe´´, además de ser el espíritu animal indicado si deseas aprender sobre tus miedos internos. Nada, después de esto, todos se mostraban impresionados, y comenzaron a preguntar sobre el simbolismo de cada animal: oso, ciervo, lobo, perro, lagarto, caballo, búho, búfalo, águila. Les fui diciendo lo que recordaba de mis lecturas sobre chamanismo, tema que me fascinó desde que me topé con Las enseñanzas de Don Juan. Los muchachos ahora le buscaban una nueva relación a su personaje con el animal que representaban. 

     Ya habíamos ensayado varias veces pero en ausencia de las máscaras. Me preocupaba pues que tal que tuviéramos alguna reacción al ponérnosla, pues vaya a saber cuánto tiempo habían estado en las ruinas de aquel cine cerrado. Las máscaras cubrían completamente el rostro y cabeza, y eran abyectas, como si realmente hubiesen sido elaboradas por los mismísimos indios Sioux. 

     En la escuela, mis compañeros de aula se olían que andaba en algo raro, pero yo guardaba  la noticia como secreto de estado. Sólo Víctor sabía cómo iba todo con la obra. Era el único en el que podía confiar; después de todo había sido el artífice y responsable de que estuviera allí. Realmente no contaba con mucho tiempo para estar juntos como antes, pero siempre estuve procurando verle. Aunque eventualmente, nuestros encuentros fueron cada vez más casuales. Me fui aislando y me pasaba tardes enteras con José Armando y Sonia. No me había quedado claro si ellos tenían alguna tipo de relación íntima. No me atrevía a preguntar tampoco. El casi siempre estaba en su casa, ella que yo supiera, no tenía novio, y la madre que si tenía un marido, se quedaba fuera por varios días. La libertad de Sonia era envidiable. Ese día estuvimos viendo una película independiente que llevé de Chabrol, La Ceremonia. El final en el que asesinan a la familia nos dejo en shock, pues al menos yo no lo vi venir, y a juzgar por la reacción de José y Sonia, creo que ellos tampoco. Sonia me dijo que era tarde, que no encontraría a esa hora ómnibus y los taxis serían carísimos. En realidad no tenía dinero para nada más que no fuera transporte público. No me pareció mala idea, ella me prestó incluso un camisón largo para que me pusiera después del baño. Era la primera vez que me quedaba en casa de alguien que no fuera familiar o la beca.  En cuanto salí del baño me acosté en la cama donde ella dormía girada hacia el lado opuesto, y trate de contener la sensación de extrañeza. Traté de dormir. En unos diez minutos que fingía estar dormida, José se abrió paso entre nosotras, como Moisés lo hiciera con el Mar Rojo. Pensé que se había marchado. Escuchaba su respiración. Se giró hacia mí, y lo pude saber porque ahora su respiración chocaba contra mi cara, como olas que pretenden carcomer la roca. Tenía temor que mis palpitaciones revelaran mi estado de falsa rendición. Casi que a fuerza de fingir el sueño, estuve a punto de caer en brazos de Morfeo, cuando sus dedos acariciaron mis labios. Debería haberme despertado mas dejé que los acariciara. Pondría límites a las caricias, no iba a ser tan concesiva a todas. Pero para mi sorpresa solo acarició mis mejillas y labios por unos minutos que me parecieron eternos y se durmió posiblemente antes que yo.

     Al otro día me fui temprano para la facultad que quedaba cerca, y ellos permanecieron acostado juntos y abrazados. Lo que había pasado no lo contaría jamás, pero fue uno de los momentos más intensos que puedo recordar. Ese día intenté, quizás sin poder lograrlo, actuar normal y olvidar aquella sensación que se aferraba en quedarse y que estoy casi segura que se volvería peor cuando le viera. 

     Ese mañana llamé para informar que debía quedarme estudiando par una prueba que tenía al otro día. Dejé el mensaje con Boris, uno de los integrantes del grupo, y a juzgar por su físico, podría acuñar que era el mayor de todos. Fui a buscar a Víctor al cuarto de sus amigos, pero me dijeron que ya no se estaba quedando en la beca. Le quería contar lo sucedido. Asistí esa tarde al cine 23 y 12, y después al café literario; apenas me alcanzó para un café, que verdaderamente necesitaba. No podía darme el lujo de perder la poca y mala comida que daban en la escuela, así que regresé antes de que cerraran el comedor. 

     Llamé a Sonia para saber al otro día a qué hora sería el ensayo, ella antes que nada me preguntó que si estaba bien, y le dije que sí, que sólo necesitaba ponerme al día con algunas asignaturas en la escuela. Quedamos en vernos todos a la siete y media para ensayar con los vestuarios de una vez.  Estuve puntual. Boris y Sonia chismeaban en la cocina en lo que colaban el café, y yo los miraba y pensaba si Sonia habría templado con todos los hombres del grupo. Pensamientos morbosos sobrevinieron pero los espanté; me sobrepuse a ellos. Decidí en cambio mirar alrededor del bohemio apartamento en busca de algo en lo que fijar la atención. Llegaron casi todos los muchachos de golpe pero era raro que José Armando, por el cual que todos preguntaban, no hubiese llegado. Era como si existiera una providencia que estuviera jugando a alargar mi reacción ante su presencia. Llamó entonces para decir que el ómnibus en el que venía tuvo se había roto en medio del túnel de Miramar, y ahora esperaba el siguiente.

     Cuando tocaron a la puerta, sabía que a esa hora sólo podía tratarse de él, traté de manejar cualquier conducta que revelase que ansiaba verle. Tampoco era bueno mostrarme indiferente pues ambas reacciones serían fuertes evidencias de lo mismo. 

A esa hora decidimos postergar el ensayo para el otro día. Estuvimos de acuerdo. Boris y Marcel, sacaron unas botellas de ron que llevaban consigo; según ellos las botellas serían para alguna fiesta en las que se metieran después del ensayo. Sonia propuso hacer la fiesta allí, y como la madre no estaba, no habría objeción alguna en cuanto a la hora en que se debía terminar. No había bebido tanto en mi vida. No sé quien sacó los porros, ni quien me lo pasó. Tosí muchísimo como todo primerizo. Mis miradas a José Antonio devenían cada vez más intencionadas. Toda compostura se iba deshaciendo. Él sonreía en la otra esquina y nos miramos por un rato, mi cabeza daba vuelta y el alcohol hacia un hueco en mi estómago como la larva de un volcán que avanza hasta dejarlo todo desértico. Reíamos incontrolablemente; lo último que había comido, que eran unos hongos, me hizo regresar al sofá en el mismo instante en que intenté levantarme. Alguien dijo que nos pusiéramos las máscaras y en tono burlesco y jodedor, incitó a entrar en sintonía con cada uno de nuestros espíritus animales. Cada uno escogió uno al azar. En apenas solo dos horas de fiesta, nadie estaba lo completamente lúcido como para dar fin a los excesos. Todos tenían sus máscaras puestas, y me alcanzaron la mía. Me la pongo, y solo siento mi respiración, las pulsaciones, la boca seca y mi cabeza girando. Logro levantarme y unirme al ritual pseudoshamánico que tenía lugar en la sala. Iban pasando uno a uno al centro de la rueda e imitaban el sonido de su animal mientras los otros daban brincos. Algunos se caía, y volvían a levantarse. Ahora solo veía aquella rueda que antes estaba llena de colores, hundirse en una oscuridad. Traté de quitarme la máscara pero no encontraba la fuerza suficiente. No sé quien me empujó hacia al centro, incitándome a continuar el ritual. Solo veía formas antropomórficas que ahora devenían animales grotescos, el hedor que despedían me ahogaba, ahora me acorralaban, dispuestos todos a despedazarme. Comencé a graznar fuertemente y contrarrestar los ataques. Comencé a picotear hasta que caí ente la ceguera total que se apodero de mis ojos. 

     A la mañana siguiente desperté de cara a las lozas frías del piso, y apenas podía abrir los ojos. Toda la maldita noche me la había pasado en un bosque caminando, buscando no sé qué.  Cuando pude sacar fuerzas para levantarme encontré que la sala llena de cadáveres. Mis manos ensangrentadas, y la máscara de cuervo encajada en el cuello de alguien que no pude reconocer. No me atrevía a destapar sus rostros. Me senté al lado de José Armando, y le acaricié los labios inermes.