Un pescador de orillas 


Ancló al lado de la orilla. Había olor a tierra húmeda y el cielo se había tornado grisáceo con vestigios de luz que se filtraba a través de nimbos. Estaba convencido que llovería. A esa edad, ya nada le tomaba por sorpresa. Los pliegues del rostro tenían la capacidad de almacenar, por horas, el sudor del viejo, de deformar sus gestos, tornándolos ambiguos, e incluso, indescifrables. Se sentó con su termo sobre los guijarros enmohecidos que yacían cerca del pequeño muelle. Tomó un sorbo de café y con una mirada anémica contempló a Libertad; así había nombrado su bote cuando lo compró tras empeñar casi todo el dinero que había hecho trabajando en el puerto en Boston. Nada le daría mayor libertad que un bote. Había algo realmente mágico en el mar: quizás eran meras reminiscencias del umbral de la vida, cuando sólo alrededor nuestro había líquido amniótico; o quizás eran reminiscencias de aquellas primeras especies originadas en el mar. Cuando se llega a la vejez, el silencio se llena de sonidos; del sonido de los pensamientos; pensamientos que casi nadie pagaría por escuchar.
El oleaje comenzó a hacerse notar. El salitre en sus labios se mezclaba con el café, dándole un sabor imposible de conseguir de otro modo. De su mochila de tela, sacó una libreta y se puso a escribir:

            “Ojos desorbitados emergen del satén azul
             Sabía que eran tuyos
             Tus crispados montes me abrazan
             Confieso que temo 
             Una brisa cantarina me sumerge
             Nadie me hizo dudarte…”

No se había aventurado, jamás, a ir más allá de unos cincuenta pies de la orilla. Una vez, cuando nadie le había visto por varias semanas, se le ocurrió contar su primera mentira y era que había estado en el mar tratando de pescar un marlín gigantesco. Describió con lujo de detalles aquella imaginaria odisea; odisea que por lo que contó a gritos en el bar, casi que le costó la vida. Cuando regresó esa misma noche a su pequeña casa flotante, se avergonzó de tener a Libertad prisionera de las orillas. «La valentía es cosa de jóvenes, no de viejos. Sí, definitivamente es menos riesgoso mentir», se repetía una y otra vez, siempre que la conciencia le abatía.
Aquella tarde en la que, sin disimulo, la tempestad se asomaba, esas mentiras le parecieron imperdonables. El día anterior había escuchado a Ron decirle bajito a un grupo de pescadores: «el viejo Jim se volvió loco. ¿Quién le puede creer que haya pescado, él solo, un marlín de más de mil libras? Y cuando le preguntaron por el pez, pues dijo que la sangre del marlín atrajo tiburones y que estos se lo habían comido casi todo. Mentiras, y más mentiras. Está decrépito.» Llegó a la conclusión aquel día, que si lo habían escuchado atentamente era por condescendencia, compasión o entretenimiento. En cuanto comprobó que era el hazmerreír, pues optó por no regresar al pueblo.
Recordó que el granuja, David Truman, quería comprarle el bote, pero vender a Libertad le sugeriría fácilmente a la muchedumbre de conocidos pescadores, el epitafio que figuraría en su tumba: “Aquí yace Jim Freeman, el pescador que vendió su Libertad”. «Ningún buen pescador, al menos de los que conozco, ha vendido su bote o barco. Pero, ¿se podría decir de un pescador de orillas que es un buen pescador?» Las palabras de Ron se mezclaron con las suyas, hasta ese punto en el que los límites que permiten identificar a la persona responsable de haber dicho esto o aquello, se difuminaron.
Casi nadie cree esas epopeyas que narran los libros famosos. A diferencia de muchos, Jim creía fervientemente que para el hombre los mitos eran tan imprescindibles como lo veraz; y que siempre y cuando conservasen cierta funcionalidad, pues las personas se aferrarían a dichas leyendas como si fueran ciertas, y no sería tarea fácil el convencerles de lo contrario. ¿De cuántos mitos se moriría preso el viejo Jim? Pervivía la concepción de que una persona sólo podría probar su valía, abocándose voluntariamente hacia el peligro. ¿No era eso un acto de pura soberbia o irracionalidad? ¿Por qué no les era suficiente con la fabulación? El viejo Jim terminó creyéndose sus propios delirios.
Recordó entonces a Elena. La había amado intensamente. Ella en cambio, aunque pareció corresponderle, no podía amar a un pescador de orillas. Ninguna mujer de pescador podía permitir aquello. La vergüenza terminó venciendo al amor, del que muchos aún piensan que todo lo puede. A veces no. Estaba convencido de que era un hombre de mar, aunque Dios lo hubiese creado con la peor de las imperfecciones: pertenecer a un lugar al que a su vez temía. Era un tonto pescador de orillas. Es un incómodo lugar para habitar, ese que hay entre el mar profundo y la tierra. Cerca de las orillas, casi nunca suceden aventuras que sean dignas de contar. Tampoco oteando desde tierra firme. Sólo los mediocres se complacen con las riberas, ¿o quizás los realistas?
Comenzó a diluviar y Jim corrió hasta su bote. Las olas se rompían contra los postes astillados del pequeño muelle. Ante la oscuridad con la que las nubes amenazaron al empequeñecido pueblo, las luces comenzaron a encenderse como reacción en cadena. Las olas alcanzaron a Jim y lo zarandearon. El oleaje no le daba margen de asegurar su embarcación. Se lanzó sobre esta y oteó una vez más a su pueblo, del que jamás había salido. Nadie lo extrañaría si el mar se lo tragara. Le sobrevino una inexplicable soberbia de salir en busca de historias reales que contar.
En un lapso de pocos segundos, su cuerpo experimentó una sensación similar a la de un cuerpo en combustión, y observó cómo la piel de sus manos se atersaron, y comprobó que también su rostro había recobrado la juventud. ¿Le estaba dando Dios una última oportunidad para que dejara de ser un pescador de orillas, o era aquello la apoteosis de su locura? Sus manos, insufladas de voluntad propia, desamarraron a Libertad. No tuvo forma de poder controlarlas. El mar encolerizado adentró el bote rápidamente en sus entrañas. Las manos febriles remaron, a Libertad, mar adentro.

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