De aquí no pueden irse

Eduardo despertó aquella mañana con un dolor de cuello provocado quizás por una mala postura al dormir. Llamó a su hija que vivía a dos horas de Miami, en un pueblo llamado Hempville. Conversó con ella por unos minutos. Le hacía partícipe casi a diario de su rutina y de sus dolencias. Ya los sesenta le habían caído arriba, y con ello todas las secuelas de las imprudencias y desafueros propios de su juventud. Eduardo era un extraño para casi todos sus vecinos aunque había emigrado desde los ochenta. Lograron salir de Cuba junto a su hija de ocho meses, gracias a su cuñado que vivía en Cancún.

Su estadío en México fue de menos de dos años. Pasaron la frontera fácilmente al declararse refugiados políticos. Eduardo mintió sobre casi todo cuando fue interrogado por un agente de Homeland Security. Se propuso enterrar parte de un pasado tormentoso cuando decidió abandona la isla.

   Ese día no tuvo trabajo. Salió a comprar cigarros y algunas productos que necesitaba, como aceite, arroz, sazones, y algunas verduras. Sergio, el manager de la tienda, lo saludó de lejos, pero Eduardo siempre se mostraba reticente y le saludaba entrecortado. 

   —Señor,  ¿le pongo los cigarros en la bolsa?

  —No, gracias —Eduardo cogió la caja y se la metió en el bolsillo de su camisa de cuadros azules sin levantar la vista de las bolsas que se apresuró a agarrar.

   Su esposa había muerto hacía un año, y la casa le era insoportable.  Apenas tenía amigos con los que compartir. La soledad era la única que se mecía en el sillón contiguo. En su camino de regreso, se sentó en un banco de la avenida Freedom, a fumarse un cigarro, demorando así el camino de regreso a la casa. Su hija le insistía en cada conversación que se se fuera a vivir con ella. Él le pidió tiempo, añadiendo que para un viejo no era fácil adaptarse a otro lugar, y que aún se podía valer por sí mismo. No obstante, sabía que esto era el final ineludible. 

   Era domingo y el barrio lo sabía. Muchos vecinos cortaban el césped, y los niños majadereaban en los portales mientras las mujeres baldeaban la casas. Nada fuera de lo ordinario. Eduardo caminaba por la acera, desde la que que ya podía vislumbrarse su casa. Su paso fue interceptado por un tanque de guerra de juguete. Detrás del tanque, como por un inercia, un niño de unos cuatro años.  El juguete había llegado hasta calle. El niño le pidió que se lo recogiera. Eduardo se agachó con dificultad, poniendo las bolsas de compras a un lado, pero finalmente logró devolverlo al infante que esperaba ansioso para volver a la batalla con sus tres amiguitos, vestidos estos de super héroes. 

   —Gracias —le dijo Mariela, una de las vecinas a la que veía a menudo pero con la que no se atrevía a cruzar palabras—. Los pierdo de vista por un momento y se me van para la calle. 

    —Descuide, él se quedó en la acerca y me pidió que se lo alcanzara. Lo tienes bien educado.

  —No creas, siempre las está inventando —salió al encuentro de Eduardo que miraba a su alrededor—. Ese que viste es el mío, los otros tres son primos que se quedan aquí por unas cuantas semanas durante las vacaciones —hizo una pausa momentánea que buscaba cambiar el tema de la conversación—.  Supe lo de la muerte de su esposa. Parecía una buena mujer.  

   —Sí, lo fue —contestó lacónicamente buscando la puerta de su casa desde lejos—. Tengo que seguir, que estos mandados me pesan un poco. 

   —¡Esta bien! Gracias otra vez. 

    Eduardo asintió con la cabeza y se puso en marcha hasta la casa. Abrió la puertecita del jardín y vio un sobre dejado en el intersticio de la puerta. Miró hacia la calle buscando al cartero, pero recordó que era domingo. Quizás fue dejada allí apenas él acababa de salir al mercado. En el sobre estaba escrito su nombre completo Eduardo Roman Gonzáles. Esto sí que le resultó perturbador. No se atrevió a abrir la carta. Entró a la casa y ubicó el sobre en el centro de la mesa que estaba en la cocina. Lo miró ocasionalmente, aún perturbado. Tomó un poco de café del termo, se sentó a la mesa y abrió la carta.

    Lo que en esta se leía, tuvo el poder de helarle las manos. Le hizo un nudo en la garganta y no pudo moverse de aquella silla por media hora. Tuvo que tomarse la pastilla que le había recetado  su doctor, pues la migraña amenazaba con hacer de las suyas durnate la noche. Salió otra vez a la calle en busca de algún indicio que revelara la identidad de la persona responsable de la nota. Seguramente lo estaba vigilando en espera de su reacción. Un vecino que paseaba por la acera, el que podaba el césped de la casa adyacente, y hasta un Uber que esperaba en la esquina, eran posibles sospechosos. Se miró las manos y se las apretaba evitando que les temblaran. Pensó en lo cobarde que era, y en cómo su pasado se había demorando en alcanzarle, pero ahí estaba. 

    Esa noche no pudo dormir. Tuvo las mismas pesadillas; esas en las que se ahogaba, y en la que algo le sujetaba las piernas y no le permitía emerger. Cuando casi se quedaba sin oxígeno, despertaba fatigado y exasperado. Pocas veces intentó reanudar el sueño, los que cada vez se hacían más reales, haciéndole llorar, incluso después de despertar, persistían algunos dolores provenientes de esos pasajes oníricos.  A la mañana siguiente llamó a su hija y le pidió que lo visitara. No le dio detalles, sólo arguyó que era urgente. 

    Estaba en la cocina preparando la cafetera cuando sintió la puerta abrirse. Desde la ventana de la cocina se quedó mirando su patio sin recoger ni podar. Se reprochó no haber sacado la fuerza  suficiente para encargarse de limpiarlo antes de que se se pusiera así de encrespado. Esa tarde, el cielo estuvo preñado de nubes.

  —Papi , ya llegué —gritó Laura desde la sala. 

  —Estoy en la cocina haciendo un poco de café —Abrió la lacena y agarró dos tazas de porcelana con ilustraciones de la bandera cubana y unas maracas. 

   —Me tienes cogido el tiempo. ¡Ya sabes como añoro este café! —Laura lo abrazó por la espalda y le besó la mejilla—. Ummm, ¡ya huele! Y, cuéntame, ¿qué te pasa, viejo? Mira que me he pasado el día en el trabajo preocupadísima —Laura se sentó a la mesa.

    Eduardo se giró mientras se secaba las manos. Trataba de aparentar serenidad. La verdad que no sabía cómo comenzar o si estaba preparado para lo que pensaba decirle a su hija. Había callado muchas cosas durante mucho tiempo, y ahora acababa de hacer metástasis. Las pesadillas le comían el cerebro, y a todo esto se sumaba el ostracismo al que él mismo se sometía. 

   —Nada, que quiero vender la casa y mudarme contigo.

   —Pero hace dos días me dijiste que no, ¿qué te hizo cambiar de opinión?

   —Esta casa sin tu madre, sin nadie, me está matando. 

    Laura le tomó la mano. Ambos se miraron y sin necesidad de palabras ambos supieron lo que el otro intentaba decir. La cafetera comenzó a colar y Eduardo fue a por una jarra de metal. Nunca le había gustado echar el azúcar en la cafetera, una costumbre que había tomado de su madre. 

   —Y Sofi, ¿cómo está?

   —Está saliendo bien en la escuela, y se ha tranquilizado un poco. Ya sabes que me tuvo un poco preocupada, pero ahora está puesta de lleno para ganarse una beca de diseño. 

   —Ella es muy inteligente y muy linda. Tengo deseos de verla.

   —Ya la traeré por acá la próxima semana. Aunque, pronto la verás todos los días— Se dirigió a la meseta en busca de las tazas mientras Eduardo le echaba azúcar al café. 

   —Te noto preocupado. ¿Tuviste dolor de cabeza otra vez? 

   —Ayer tuve…

   — Te dije que me llamaras cuando te pasara de nuevo.

   —Me tomé la pastilla y a la hora ya estaba entero. No te preocupes. 

   Ambos le dieron un sorbo al café y se quedaron si hablar por un instante. 

   —¿He sido un buen padre?

   —Claro, y ¿a qué viene eso?

   —Tengo que contarte algo. Y no sé cómo hacerlo.

   —Dime, ya me estás asustando. ¿Te dijo algo el médico?

   —No, no es eso. Hoy, cuando venía de la calle, alguien había dejado una nota en la puerta. 

   —¿Y que decía?

   Eduardo le dio la carta que descansaba aún sobre la  mesa. Laura la leyó muy rápido y pareció confusa. 

   —¿No tienes idea de quien pudo haberla dejado?

   —Ni idea  —Hizo una pausa con la que buscaba enrutar la conversación hacia lo urgente. 

  —Tú, por supuesto que no recordarás cuando te trajimos. Tenías casi un año. Ya te he hecho el cuento de cuando tu tío Esteban vivía en Cancún, y nos ayudó a salir de Cuba en los ochenta. Todo esto lo sabes, pero hay algo que me he callado y que no me atreví ni tan siquiera a contarle a tu madre —Eduardo se levantó y regresó con un pedazo de periódico que guardaba en algún lugar de su cuarto. Volvió junto a Laura y puso el recorte frente a ella. Mostraba el monocromo río de Canímar, ubicado en la provincia de Matanzas acompañado del titular “Otro frustrado intento de salida ilegal del país’’—. Yo estuve cuando pasó eso. Ese barco lo partieron en dos a propósito. Yo trabajaba cuando aquello en el departamento de contrainteligencia, atendiendo las salidas ilegales, y me avisaron de que unos jóvenes armados habían tomado una embarcación llamada XX Aniversario y obligaban al capitán a ponerse rumbo a los Estados Unidos. Me ordenaron informar al que en aquel momento era el Primer Secretario de la Provincia, Julian Rizo Alvarez. Después de que llamé y conté lo que estaba sucediendo, me monté en un patrulla y me dirigí al lugar. Yo estaba un poco lejos de allí. Cuando llegué estaban comiéndose a tiros el barco. ¡Le metieron balas por todas partes! Una lancha de guardacostas, otra embarcación del MININT, y después como si fuera poco, se les sumó una avioneta de fumigación que también disparó. No podía entender nada.  Escuché a Rizo Alvarez gritar desde la orilla «de aquí no pueden irse»,  «no los dejen salir al mar». La lancha no se estaba moviendo, habían apagado los motores seguramente antes de que yo llegara. Ellos se ensañaron. Entonces lo embistieron con un barco mucho más grande y lo partieron en dos. Yo en una de las orillas, no hice nada. Sabes, ¡nada! Mientras el barco se hundía, Julián se dirigió a mí y me dio unas palmaditas en la espalda y me dio las gracias por avisarle a tiempo de esto.  Por mi culpa se murieron, ¡entiendes! —Julian mantuvo el llanto contenido hasta que las primeras lágrimas se precipitaron.

   —Pero esto es una barbarie, ¿y por qué no lo contaste?

   —No tuve cojones. 

   —¿Hubo sobrevivientes?

   —Once, y sólo se rescataron diez cadáveres. El barco tenía alrededor de setenta personas.  Las otras no pudieron salir.

   Laura choqueada miró una vez más el recorte del periódico que mostraba el río Canímar que lucía tranquilo desde una vista aérea.

   —Jamás hubiera imaginado que todo eso paso ahí. ¿ Y qué piensas hacer?

   —Por lo pronto, contar todo.

   Laura le tomó la mano a su padre, el que no apartaba los ojos de la foto del río Canímar.

En la nota que descansaba sobre la mesa se leía “Sé quien eres y lo que viste”.

Dedicado a las víctimas de La Masacre de Canímar.