Despertar

Algo había cambiado el mismo día en que renuncié a mis estudios del último año. Me cuestionaba si había sido cobardía, desinterés o simplemente ineptitud. Nunca fui brillante, lo admito, pero sí apasionada y dedicada. Eso sí que nadie lo podrá discutir. Me encontraba esa mañana frente al aula, exponiendo detalles de la filosofía de Arthur Schopenhauer. Lo aborrecía y lo amaba. Una frase se atravesó horizontalmente en mi esófago, y las ideas y conceptos se acumularon allí; fue imposible entonces catalogarlas, darles un orden lógico, ni entenderlas. Después de eso, solo recuerdo estar sentada en un ómnibus dirigiéndome quizás a casa. Sin embargo, el hogar no era el lugar donde deseaba darle un poco de seso a los hechos recientes, que apenas podía recordar. No dejé de cuestionarme la naturaleza desconocida de aquellos impulsos. Todo lo achacaba a ese apocamiento al que yo misma me someto con tanta dureza de vez en cuando. Pero, en esta ocasión, algo se añadía. Algo que había llegado para quedarse y que no pasaba de ser un presentimiento, si bien yo tenía la sensación de que, en poco tiempo, se volvería mucho más complejo. 

El ómnibus hizo una parada infrecuente en un parque que me resultaba familiar. El conductor bajó por unos minutos y, tal vez en un acto de libre voluntad, lo imité. Los demás pasajeros permanecían dormidos, quizás su travesía concluyese en la última parada o quizás los había vencido el cansancio y sin querer se encontraban lejos de su destino. Miré por los alrededores del autobús, tratando de localizar al conductor, pero se había esfumado. Tuve la sensación de que todo a mi alrededor era mutable; apenas podía consolidar consistentemente ninguno de aquellos recientes hechos.
«Estoy bloqueada», recuerdo que pensé cuando ninguna otra explicación me encajaba ni me parecía coherente con el mundo racional. Creí que lo mejor sería caminar hasta casa y después tomar un descanso e intentar dormir. Llevaba mucho tiempo memorizando seminarios, leyendo libros, examinando tesis doctorales, sin haberme dado un descanso para desconectar de todo aquel trabajo académico. Lo que seguramente estaba sufriendo era un terrible ofuscamiento que solo se iría después de haber dormido y descansado lo suficiente. 

Me aterrorizó la idea de no recordar el nombre del parque por el que caminaba casi a diario, y me culpé de no haber notado muchos de sus cambios más notables. Unas niñas saltaban la suiza y cantaban aquella canción que quizás escuché y canté alguna vez, pero que ahora me resultaba totalmente desconocida. Un viejo sentado en un banco estornudaba encima de un periódico que enmudecía con la imagen de niños muertos apilados, víctimas de una guerra que tampoco podía recordar. Pensé en la posibilidad de una conspiración, pero ¿a quién podría importarle el alarmarme tanto como para construir toda una red de escenarios y hechos con el fin de cuestionar mi propia existencia y salud mental? 

Recorría por inercia un camino que mis pies reconocían, pero que mi memoria ignoraba. Perseguía así mis pasos. Les confiaba mi retorno a casa, que tampoco recordaba, y en la que depositaba toda esperanza de recuperación. Registraba cada rostro con el que me topaba, y todos me resultaban ajenos. ¿Cómo saber si eran rostros nuevos o viejos? Pensé que alguien podría conocerme, fue entonces cuando me detuve y un temblor glacial se apoderó de mi cuerpo. ¿Cómo podía estar tan segura de que alguien podría reconocerme, si había olvidado el lugar en el que vivía y, aún más, la posibilidad de que las personas con las que me encontraba fueran conocidos míos? Esas personas que me sonreían y saludaban, ¿no serían acaso extraños que obedecían unas reglas básicas de cortesía ante el persistente contacto visual, sin duda impropio, que yo les obligaba a establecer? Imposible simplemente abordar a alguien y preguntarle si sabía quién era yo. Mi único deseo: que alguien gritara mi nombre, de las únicas cosas que no habían sido desterradas de mí, pues mis apellidos sí que lo habían hecho. 

Los recuerdos parecían desvanecerse sin seguir ningún orden. Faltaban muchos. Me sobrevino la imagen de un enorme reloj de arena que drenaba sin miramiento todos los episodios de mi vida. Una melancolía comenzó a invadirme cuando el vívido recuerdo de mi abuela comenzaba a empañarse, como lo haría el hálito en el cristal de una ventana que intenta revelar un secreto. Aunque esta vez no hubo ni una palabra ni un recuerdo. Busqué en mi mochila una posible identificación o alguna otra pista que me diera indicios de quién era y dónde vivía. Nada, solo unos bolígrafos, una libreta con apuntes que no recordaba haber hecho, unos cuantos billetes cuyo valor, a esas alturas, desconocía, y un botecito de loción de manos. Inmersa en la oleada de desconcierto, al ver los bolígrafos y la libreta, tuve temor de que, aunque pudiese leer, me hubiera olvidado de la escritura. Todo sucedía a la velocidad de una flecha atraída por el blanco de una diana. En ese blanco, estaba yo. ¿Qué pasaría cuando esa flecha se clavase sin merced en el centro? Al menos, recordaba cómo leer… Los significados de muchas palabras y conceptos se mantenían acendrados ante el tsunami de cambios que asolaba todo a su paso. 

Con temor, pero dispuesta a cerciorarme de que aún era capaz de escribir, tomé el bolígrafo y conecté las letras que formaban mi nombre en mi antebrazo, bajo la manga del suéter. ¡Podía escribir! No todo estaba perdido. Con cierto aire optimista, pensé en sentarme en un café en la esquina del parque. Ya vería si el dinero que llevaba encima era suficiente como para comprar algo allí. No tenía idea de cuándo había sido la última vez que había probado comida, pero, a juzgar por el sonido de mi estómago, deduje que había de ser hacía ya un buen rato. Antes de traspasar el umbral de aquel sitio, me sentí vulnerable y estuve a punto de desechar la idea. Un muchacho que salía del café, me sostuvo la puerta cortésmente, y fue quizás ese el impulso que necesitaba para decidirme. Pedí solo un café, y mi dinero alcanzó para pagarlo. Fue muy raro, recordaba que beber café era una costumbre mía y, sin embargo, no podía evocar su sabor. ¡Qué irónico!…, aquella sería la primera vez que recordase haber tomado café. 

A partir de ese momento, me puse a escribir febrilmente cada memoria rescatable de aquella catástrofe que dejaba todo terreno desértico y estéril. Escribí mucho. Me dolía la cabeza, lo que no fue un impedimento. Describía los pocos olores de manera mediocre, en frases cuya sintaxis no era la mejor, y evitaba toda abreviatura que pudiera olvidar. Sentía como si un reloj colgara de mi cuello y las vibraciones de su mecanismo acompasaran el funcionamiento de mi cerebro a la caza de reminiscencias. Cada detalle rescatado era inmortalizado por mi pluma, siendo motivo de gran regocijo. Incluso aquellos catalogados como malos recuerdos, eran ahora bienvenidos, como hijos pródigos a los que se les tiene preparado un banquete. Para ser sincera, no quedaba mucho más. Todo el arsenal de recuerdos podía ser resumido en no más de veinte páginas. Vi en aquella libreta la imagen de un sarcófago. Tenía que luchar contra esa idea, la imagen de la muerte que tanto nos espanta. Creamos metáforas infinitas, dioses, catedrales, tecnologías, armas, música para contrarrestar ese sentimiento insoportable de finitud, de limitación, de apocamiento que nos es inherente. 

Antes de que se desvanecieran los últimos destellos de la puesta del sol, encontré un número telefónico asociado a un nombre. Resultó ser el de un profesor de Estética de la Universidad. La muchacha que me había atendido en el café, me ayudó a localizarlo y pedirle que viniera de inmediato. No lo recordaba. Podría ser cualquier persona. Sin darle tiempo a que llegara, salí corriendo hasta perderme entre la multitud que desfilaba por el bulevar de cierta calle llamada Rue Rouen. El olor a pescado me daba náuseas, y no podía permitirme caminar despacio. Mi paranoia se hacía insoportable: dos hombres parecían seguirme a lo lejos. Me reprochaba no haberme quedado allí en el café, en espera del profesor. Me veía incapaz de contener la desesperación y el llanto. Uno de los caminantes se desvió. El tramo que nos separaba se acortaba, hasta que llegué a escuchar su respiración. Pensé entonces en la muerte, la sentí caminando a mis espaldas. Me adentraba en un lugar del que, estaba segura, no escaparía. Por mucho que intentara defenderme, no albergaba esperanzas de salir ilesa. Luchaba contra el impulso de volverme y descubrir el rostro de mi acechador. Giré en varias esquinas, sin noción de hacia dónde me dirigía. Las personas parecían haber sido retiradas del camino marcado por mi intuición. Lloraba contenidamente. Eché a correr, y el hombre tras de mí también. Ya no había duda alguna de que yo era el motivo de su caminata. Me pesaban las piernas y tuve la ligera sensación de que se hundían en el asfalto. Mientras corría, solo podía pensar que todo lo que me había pasado desde la mañana no era sino el preámbulo de mi muerte. Me parecía irónico ver cómo la muerte nos despoja de nuestros más valiosos recuerdos, para dejarnos solo aquellos necesarios para temerla. No recuerdo mucho del momento en que algo afilado atravesó mi vientre. Hubo un instante en que, tras un dolor inmenso, me gobernó un adormecimiento confortable. 

Fue en aquel callejón, mientras yacía de rodillas, cuando vi mi rostro por primera vez, en un charco mugriento a orillas de la calle. No puedo reparar en más detalles, ni creo que importe gran cosa. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s