Doce

Elena tenía su cabeza recostada sobre mis piernas. Su padre confiaba en mí. Creía que era el único de los muchachos que visitaban a su hija que no mostraba interés alguno en acostarse con ella. La verdad es que, descontando las incontables masturbaciones (acompañadas de filmes de Tinto Brass, Cronemberg o porno regular), más dos felaciones que me hiciera una vecina cuando vivía en Camagüey, yo era el único que necesitaba ser desvirgado. 

No me preocupaba nada por aquellos días. Decidí tomarme unas vacaciones de dos semanas a mediados del mes de marzo, y ya vería si regresaría a al universidad o no. Pensándolo bien, hubiera preferido Filología, y no Comunicación Audiovisual. Después de todo, dedico más tiempo a la lectura que a acampar a la entrada de la Sala Charlotte o del cine Chaplin, en espera de los ciclos que la farándula del mundo audiovisual tanto vitorea. No hay algo que me dé más náuseas que asistir al cine con estudiantes de Audiovisual. Están los que vociferan las reseñas de los filmes, que han visto incontables veces o los han estudiado en clase, y por otro lado, los que recitan la biografía de directores, actores y fotógrafos. Me enferman sus arengas con fines proselitistas, y ver cómo se rodean de un incondicional discipulado. Me contengo para no atizarle un bofetón a alguno por la sarta de disparates e idioteces que hilvanan. No hay nada que me aburra más que las biografías de las personas, y creo que, a estas alturas, hasta el cine me aburre. Sí, ya sé que me aburro de casi todo, pero nunca de Elena. Ella es diferente. Es realmente inteligente. No hay muchas cosas que le puedan pillar por sorpresa. Al mirarlas, te afloran las mismas sensaciones que ante mujeres como la Seberg o la Vitti, cuando las imaginas desnudas, viniendo hacia ti con esa sonrisa ambigua, sin decir palabra. 

Elena seguía contando historias con la cabeza en mi regazo. Dejé de prestar atención cuando sus piernas, cruzadas, atrincheraron sus muslos, abanderando aquella zona de confort; zona que yo hubiese ansiado dinamitar, interrumpiendo cualquier neutralidad existente. Deseaba a Elena, no cabía la menor duda. Mi pene comenzó a hacerse notar. Sentí el comienzo de una erección. Se me ocurrió el pretexto de mostrarle un lugar especial. ¿Especial? ¿Acaso no tenía un mejor adjetivo? Había sido una ocurrencia idiota, dado que tal lugar no existía. Una invención con la que pretendía salir al paso de aquella situación emergente. Nos pusimos en marcha y bajamos desde 23 y M en dirección al Malecón. Si conocieran a Elena, entenderían la conexión. Ella era toda una espiral. Me impresionaba su habilidad para concatenar ideas diametralmente opuestas y hacerlas armonizar. Me gustaban sus digresiones. No le importaba concretar y cerrar una idea; si le parecía aburrida, la abandona en un dos por tres. Esto es algo que a muchos incordiaba. 

Me contó que recién había leído en un artículo de una de las revistas de National Geographic sobre cómo morían los zánganos al alcanzar el clímax: sus testículos explotaban dentro de la hembra. Acto seguido, mencionó una película que había visto a escondidas durante la secundaria (nunca supo su título), y que trataba de una mujer nada atractiva, más bien fea, que muere al consumar el acto sexual con un hombre muy apuesto. Lo cierto es que pocas cosas me asustaban, pero, en aquel instante, perder la virginidad era una de ellas. Preferí darle otro rumbo a la conversación con una trivialidad. 

Elena estaba más linda que nunca. Llevaba un vestido calado en el que la ubicación de las rayas verticales y horizontales, alternando los colores azul y rojo, me recordaban a uno cuadro de Mondrian; mientras que su marpacífico en la cabeza me hacía pensar en Frida. La observé con detenimiento. Nunca he podido escapar a esa insoportable manía de querer decodificarlo todo. 

La noche refrescaba y no tenía ni la menor idea adónde le llevaría. Me preguntó por mis otras relaciones. Le dije que solo había tenido una y que no había sido duradera. Por alguna extraña razón, aquello pareció agradarle. Yo no tenía ningún interés en trasladar el foco de atención hacia mí, por lo que fui muy lacónico al responder aquella noche. No podía dejar de perseguir cada movimiento de sus labios, y ella lo sabía. 

—¿Por qué no nos quedamos aquí? Otro día me muestras ese lugar especial, ¿te parece? —me dijo, a lo que afirmé que no había inconveniente. 

Desde el principio, ella supo que tal lugar no existía, así que ¿por qué seguir el juego? Tenía que haber sentido mi pene contraerse minutos atrás. El hecho de que esto pudiera haber sido el motivo, no me agradaba. Fue más directa ahora, y me preguntó si lo había hecho antes. Sin vacilar, contesté que no. 

Ella corrió hasta donde se alzaba la estatua ecuestre de un general, una de las tantas que bordean el Malecón de la Habana. Me esperó sentada en uno de los bancos de mármol, a sendos lados del monumento. Aquel rincón se mantenía en una pugna constante entre la luz y la sombra, dado que el faro era su fuente principal de iluminación. Me situé frente a ella, imitando su manera de sentarse a horcajadas en el banco. La luz no solo desvelaba nuestros rostros, sino también los rasgos duros y amenazadores de aquel titán en bronce, que rápidamente asocié con los de su padre. 

—¿Sabes cuánto tarda la luz en regresar? —Negué con la cabeza, aunque, de haberme dado un poco más de tiempo, habría podido responderle. Pero ya sabemos que esta es el tipo de preguntas que no persiguen ser contestadas por el destinatario.

—Doce segundos —dijo, y nos quedamos en silencio. 

Después de ser abandonados por la luz del faro, mi primera intención fue constatar el intervalo de tiempo; una absoluta tontería, lo reconozco, que lo único que buscaba era evadirme del futuro inmediato. Perdí el conteo cuando mis labios fueron acariciados por sus dedos. Mis ojos hacían un esfuerzo supremo en adaptarse rápidamente a la escasa iluminación. Elena llevó mis dedos a su boca. Mis pupilas comenzaron a sentirse bombardeadas por el fugaz instante de claridad que regresaba. Elena cerró los ojos sincrónicamente a la llegada de luz, como si esos doce segundos que tardara el faro en girar trescientos sesenta grados, los hubiera sintetizado cual ritmo biológico. Me negaba a cerrarlos. Quería verlo todo. Tomada de mis brazos, comenzó a deslizarse sobre el mármol, y no pude evitar tocar sus nalgas frías. Elena puso sus manos sobre las mías, y recuerdo que las apretó muy fuerte. Llevó mi mano derecha a explorar dentro del blúmer, me agarró el pene mientras devolvía uno de mis dedos de la mano izquierda a su boca. Me besó con su lengua de mariposa (una licencia que me permito, pues nunca he besado a una mariposa). Mis testículos estaban por estallar, aunque me contenía. Pensándolo bien, no me importaba correr la misma suerte del zángano. Elena, aupada en diosa y guerrera, puso mi barco en ruta. La penetré como si de un acto de venganza se tratase. Sus movimientos pélvicos iban in crescendo. Su lengua se ensañaba con mi oído, con meneos que mimetizaban los de mi penetración, conduciéndome a una zona de laxitud ante el imperativo de lo real. ¡Quién imaginaría la batalla librada bajo aquel vestido que caía con gracia sobre sus muslos! No pude aguantar por más tiempo. Elena se la sacó para metérsela en la boca. Me vine allí casi inmediatamente. Creo que así lo quería ella. En ese instante, la luz del faro pareció disolverse… 

Templamos en el mismo banco durante las siguientes dos semanas, hasta que a la estatua le pusieron luces. 

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