El Figurante

Por fin me llamaron para figurar en otra película. Aunque había transcurrido sólo cinco días de la última, ya extrañaba el set. Se puede decir que soy uno de los pocos extras que se siente cómodo y orgulloso de serlo.

Hay dos especies de figurantes: están aquellos a los que llamo figurantes pasajeros, para los que ser extra es sólo un trabajo temporal; y por último, pero sin dudas el grupo mayoritario, el de los figurantes soñadores, que son los que añoran saltar a la fama inspirados por casos icónicos como los de Brad Pitt, Bruce Willis, y Clint Eastwood…Se podría decir que yo no entraba en ninguna de esas dos categorías; ideé una tercera para mí: el figurante profesional. Me tomaba muy en serio tanto la cadena de acciones como la continuidad —esta última, únicamente, cuando era relevante—.

Recuerdo a un joven llamado Johnny. Había venido a parar a Atlanta cuando un centenar de compañías fílmicas se reubicaron acá. No se cansaba de repetir que eso de ser extra era algo pasajero, lo veía como un simple medio para trabajar en su networking. Aquel muchacho me hizo reflexionar bastante sobre esa tendencia, que no es exclusiva de los jóvenes, de asociar el ser feliz con una carencia de negatividad. No es un secreto que los seres humanos son yonquis de protagonismo, y se comprueba en ese estrepitoso éxito que han tenido las redes sociales. Mientras Johnny continuaba hablándome de tantas cosas que no me importaban, pensaba en tanta positividad presa de un rostro desagradable y aburrido. A Johnny le deseé buena suerte cuando terminamos aquella película.

Llevo tiempo trabajando con las mismas compañías. Si produjeran una película sobre mi vida, les aseguro que le pondrían cualquier nombre menos el mío. De nosotros, los figurantes, se podría decir que somos los artesanos de la escena. Nunca ha existido una profesión con la que me sienta tan a gusto. Siempre he sido de esas personas que no consiguen llamar la atención ni aún proponiéndoselo. Tampoco suelo ver las películas en las que trabajo. No sabría decir si los planos en los que figuraba, habrían sido eliminados; tampoco me interesaba saberlo. Para la mayoría de los figurantes soñadores es impredecible conseguir el lugar más próximo a los actores o a la cámara. A muchos los terminaban echando del set por no ajustarse al rol de figurante, que se trata, simplemente, de pasar inadvertido. Después que se es figurante por un tiempo, es difícil a veces poner atención a los actores, y vuelcas las implacables críticas hacia los extras que son, en definitiva, los responsables de esa coreografía que insufla organicidad a la escena.

Llegué al set a las siete de la mañana como me fue indicado. Suelo llegar a todos los lugares media hora antes. “Quítense la ropa y pónganse esto”, gritó una de las asistentes de vestuario mientras nos alcanzaba unas túnicas moradas. Me acababa de enterar que la escena requería que en la toma final nos desnudáramos. Seguramente en la hoja de llamado se puntualizaba. Jamás había hecho una escena así, ni me la había planteado mentalmente. Es posible que dada mi enjuta fisonomía, me terminaran colocando bien lejos de cámara.

Nos ubicaron en parejas. Me tocó una joven cuyo cabello negro ensortijado escondía parcialmente su perfil. Mantenía los brazos ocupados dentro de su bolso. Pude percibir cierto halo de luz, por lo que intuí que trasteaba un teléfono. Quise decirle que por andar con el celular podría buscarse que la expulsaran, no sólo de aquel set, sino de todos los que pertenecieran a aquella compañía. Pero no le dije nada. No se me da bien eso de iniciar conversaciones con extraños. Aunque al final de aquel día, tras haber pasado el umbral incómodo de la desnudez —al menos para mí—, cualquier vestigio de extrañeza sería una mera extravagancia.

Estuvimos todos sentados en pareja en un vasto terreno de una yerba verdísima. Creo que era artificial. Aunque hoy en día es más difícil poder distinguir lo que es artificial de lo que no lo es. Tendimos nuestras esteras. Éramos parte de una secta en la que todas las mañanas las parejas después de que el líder orara al “Querido Universo”, pues nos invitaba a desnudarnos y a absorber la luz del sol. Luego algunas parejas se tomaban de las manos y se acostaban; otras, asumían la postura de loto y repetían continuamente el mantra “Ommm, Ommm, Ommm…”. Yo apenas podía cruzar las piernas y mucho menos poner cada pie sobre los muslos opuestos, así que terminamos por ser de los dúos que se acostaban tomados de las manos.

Las manos de ella se pusieron muy frías, y por un momento, dada su inmovilidad, pensé que podría estar muerta. Yo no podría estar así de inmóvil, ¡qué va! Giré la cabeza con tal gradualidad, que ni siquiera me di cuenta que la había volteado a propósito. Debía percatarme si al menos respiraba. A pesar de que estábamos al sol, su mano permanecía fría como un témpano. Mis ojos fueron recibidos por sus senos, que aunque menudos eran lo bastante elevados como para que parecieran montañas remotas, que aunque al alcance de mis manos, hacían olvidar por completo aquella explanada que teníamos por locación. Hacía tiempo que no veía senos parecidos, ni tan jóvenes. Como habrán podido intuir, no soy de los que se podrían jactarse de una vida, lo que se dice, sexualmente interesante. Sólo algunas felaciones hechas por una amiga cincuentona de mi madre que iba a casa a jugar Scribble, y a la que no he vuelto a ver desde que mi madre murió; creo que los huérfanos no le seducían tanto. Una vez tuve algo cercano a una relación, y fue con Tilda, una muchacha pecosa que había sido asistente de producción durante el verano de 1998. No era fea. Quizás sintió lástima por mí o le encendía lo insociable que yo era. ¡Que sé yo! Aproveché la oportunidad que se me había dado hasta que Tilda despareció del set, y también de mi vida.

El director dio la orden de corte, y todos, o casi todos, nos sentamos y nos cubrimos con el manto morado. Andábamos sudorosos pues era casi mediodía. La muchacha parecía no haber escuchado el corte que había dado el director. Me alegré de ver que sus senos se movían debido a inspiraciones y expiraciones discretas. Mantuve la mirada fija en sus senos por no sé cuánto tiempo. Alrededor todos parecían estar concentrados en conocerse mientras aguardaban la orden de “Acción”. Aquella escena recordaba a una de esas sesiones de citas a ciegas a las que se prestan las personas seguras, y atractivas, en busca de la pareja ideal. Llevaba aquella joven unas ambarinas gafas de sol. Miré sus piernas blancas, pero no de ese blanco anémico que deja traslucir las venas, sino de una piel tersa y gruesa, que daba la sensación de vitalidad y perfección. Las uñas de los pies estaban pintadas de color rojo, parecidísimo al que se usa en las señales de peligro o en las de cumplimiento obligatorio. Los cañones comenzaban a asomar en la carnosidad de su sexo, apretado entre sus muslos. En mi cabeza aquellos cañones púbicos se tornaron cañones de artillería, un clarísimo recordatorio de las dos opciones con las que contaba, que eran las de retirarme o pagar con mi vida el precio de mi imprudencia.

Tapé mi pene con el manto vaporoso. A aquellas alturas ya no estaba en mi poder controlarlo. Imaginé el rostro severo de mi madre, lo que a su vez me llevó a pensar en el porqué había invocado la figura de mi madre en ese preciso instante. No era para nada retorcido, era simplemente, que el rostro áspero y severo de mi madre contaba con poder suficiente para eliminar cualquier carga sexual que hubiese en el ambiente. Recordé sus cejas pegadas que más bien parecían un bigote. Ahora que lo pienso, quizás al ver al revés el rostro de mi madre, podría habérsele encontrado a este algún sentido. Viéndolo de frente, su rostro era el perfecto mapa de la amargura.

La joven se reincorporó a mi lado mientras sacaba un pomito de bloqueador solar Neutrogena que estaba bajo la estera. No mostró apuro en cubrirse el cuerpo. Hay personas que se sienten mucho más cómodas sin ropa que con ella. Yo la miraba ocasionalmente. Esta se untaba una espesa capa que estiraba por las secciones de la espalda que lograba alcanzar, de arriba abajo, de izquierda a derecha. La piel cobró un brillo semejante al de los carros recién encerados. Pasó entonces a embadurnarse desde la frente hasta los dedos de los pies. Me hubiera ofrecido si fuera yo de esos un poco atrevidos. Enfrente, dos jóvenes, a los que muchos catalogarían de pedazos de pimpollos, creo que intercambiaron números telefónicos. “Gente así de atractivas, se les debería prohibir el ser figurantes. Es como si le permitiéramos a un yonqui trabajar en una farmacia”, reflexioné y me estiré un poco los brazos. Mi compañera de escena ofrendaba el dorso al sol, y su rostro, cual brújula desajustada, apuntaba hacia mí. Las gafas eran lo demasiado oscuras como para que pudiera desentrañar el objeto de fijación de su mirada. Sus nalgas buscaban mis ojos. Unas nalgas perfectas y respingonas. Miré a mi alrededor tratado de buscar a la persona, que mi compañera trataba de impresionar. Intenté pensar en mi madre, aunque esta vez no funcionó. Era urgente que aprendiera a lidiar con aquel tipo de escena, que aunque era la primera, no tenía por qué ser la última. Mi pene comenzó a sacudirse la manta morada, que como un cinturón de castidad lo cubría. Estaba convencido de que ella descansaba los ojos y que muy pronto una voz gritando “acción” pondría fin al izamiento que tenía lugar entre mis piernas. Me pellizqué con disimulo el muslo izquierdo.

Se hicieron cinco tomas más. No se filmaría más nada aquel día. Era necesario proseguir con la escena al día siguiente para cuidar la continuidad de luz. No sé por qué habían demorado tanto con un escena que aparentemente era tan sencilla. Es cierto que estoy lejos de cámara, pero más o menos conozco el tiempo que duran estas cosas. Nos vestimos y los extras se fueron yendo poco a poco. A la joven que me acompañó durante aquel día, la vi hablando con uno de los productores. Nunca había visto a ningún productor hablar tanto tiempo con un figurante. Determiné que llevaría un libro para ocupar mi mente en algo que fuera menos excitante, o quizás mejor una de las revistas de crucigramas de mi madre.

Al día siguiente, ubicaron conmigo a otra joven de pelo negro, lleno de horquetillas. Se presentó enseguida diciendo que se llamaba Ofelia. Por supuesto que le contesté con el mío. Ofelia no me quitaba los ojos de encima. En cambio los míos, oteaban la escena en busca de la muchacha del día anterior. ¿Habría enfermado o muerto? Parecía haber estado muy cómoda con la escena. Algo malo, o muy bueno, debía haberle pasado como para que se arriesgara a echar a perder un día completo de rodaje. Aunque pensándolo bien, estábamos lo suficientemente lejos como para que nadie notara el cambio. Nadie la extrañará. Quizás sólo yo.

A la orden del director la escena echó a andar. Dos figurantes desvistieron al líder de aquel culto solar que se representaba. Una de las figurantes resultó ser la joven de los cabellos ensortijados que me había acompañado.

No me entristecí. Creo que si París merecía una misa, aquel cuerpo ameritaba un primer plano.