Elefante

   Sólo recuerdo mis manos cortando el aire, abriéndome paso entre la multitud. Me sentía gigante. Acababa de comenzar el otoño y allí estaba yo, a horcajadas en el cuello de mi padre. Él agarraba mis piernas fuertemente, mientras yo ejecutaba acrobacias atrevidas. Tenía la sensación de recorrer las calles encima de un elefante; todo se hacía pequeño, y al mismo tiempo, hermoso. Los transeúntes miraban, y quizás envidiaban mi felicidad. No recuerdo mucho, sólo estos pequeños instantes que se repiten y repiten, y me arrebatan una sonrisa. La dicha era todo lo que tenía, no necesitaba más. Corríamos a abrazar a mamá que nos esperaba en el pórtico con una toalla. Ansiábamos la lluvia como los huecos vacíos de nuestra calle, los mismos huecos en el que a toda vela condenábamos a una rana a pilotear nuestro barco de papel.  Mi padre se perdía viéndome sonreír,  y yo en ver como besaba a mamá en la frente y tomándola de la cintura se ponían a girar y girar, como un carrusel, sin caer nunca mareados. Después nos sentábamos en el portal a hamacarnos. Me contaban historias pasadas, a las que muchas veces no encontraba sentido. 

  Mamá tenía una belleza natural y unos ojos verde esmeralda que hacía a cualquiera perderse en ellos. Al menos eso le decía papá cuando se quedaban a solas en la sala y yo me levantaba a hurtadillas a escuchar por un rato lo que hablaban. Mi papá se encerraba en su estudio por las mañanas a escribir hasta casi entrada la noche. Muchos de los libros que me acompañaron a dormir fueron escritos por él. A veces le decían sus amigos que era un niño encerrado en el cuerpo de un adulto, y yo me llenaba de un orgullo inexplicable.  

   Mi madre pintaba algunos días, pues le gustaba dedicarse a mí casi por completo. Dibujaba junto a ella. Me sentaba a sus pies y trataba de esbozar algo similar, a lo que en  aquel pedazo de lienzo, ella daba vida. Mi hogar era un mundo de luz, de creación, de silencios cargados de música, de colores en los que me perdía, y en olores que le hacían pensar a uno en la magia y en las flores con que mamá llenaba la casa. A veces les reprocho que me hayan hecho tan sensible y vulnerable. 

   Recuerdo que ambos me acompañaron el primer día de escuela. No quería ir. Papá me cargó en su cuello otra vez. Me dijo que entraría como una reina de un tierra lejana en su majestuoso elefante y que todos me admirarían. El había sido bendecido con el don de la palabra. De repente las calles ya no eran calles, sino un desierto en el que a lo lejos avistábamos un oasis, que a través del vapor parecía tembloroso. A nuestra llegada, todos me miraban y ofrecían frutas y saludaban afablemente. Mi mamá iba a mis espaldas. Decidí bajar ayudada por la trompa del elefante y caminé hasta adentrarme en aquel boulevard lleno de tiendas. Estaba fascinada por el brillo de las joyas que mostraban los mercaderes. Luego giré, y mis padres se despedían desde la puerta de la escuela. Ya estaba allí. Dos niñas me dieron la bienvenida, y tomándome del brazo me enseñaron el camino al aula. 

   Llegó el día, estando en la escuela, en que tía Elena fue a buscarme. Me dijo que cuidaría de mí por unas semanas. Trató de explicarme que todo estaba bien, que mis padres tuvieron que salir inesperadamente y que ellos volverían por mí pronto. Lloré y grité hasta quedar rendida en el auto. Tía Elena, era la mejor amiga de mi mamá. Crecieron y fueron juntas a la misma universidad. A todos le decían que eran hermanas, se sentían como tal. Tía Elena nos invitaba a su casa a menudo y no olvidaba hornear una de esas galletas de chocolate que tanto me gustaban. 

   Esta vez cuando desperté, estaba aún lloviendo y Elena conducía. La carretera estaba llena de militares marchando en dirección opuesta. Elena puso la radio muy bajito tratando de buscar algo específico. Mientras intentaba en vano la sintonización, me preguntó por la escuela y por las amistades que había hecho. No recuerdo si le contesté o volví a clamar por mis padres. Ella se puso las gafas de sol, aunque todo estaba más bien gris esa tarde, y se sumergió en un enmudecimiento casi ascético. Yo miraba los campos desiertos en los que a lo lejos el humo se abría paso en el cielo. La poca luz del sol amenazaba con dejarnos a oscuras en el medio de aquel camino que no reconocía. ¿A dónde me llevaba? ¿Por qué mis padres irían a por mí después? ¿Dónde ponía todas estas preguntas sin responder? Me calmé, y decidí recolectar uno de los tantos recuerdos que tenía de mis padres: los del portal eran mis preferidos, pues nos tumbábamos en la madera fría a nombrar las nubes. Quise hacer lo mismo en aquel viaje, pero el cielo ese día estuvo lleno de nubes que tomaban formas indescifrables, violentas y coloreadas por una mustia escala de grises. Permanecían estáticas. Era como si yo fuese lo único que se movía en el universo en aquel instante. 

   Tía Elena me despertó al llegar a una casita de campo. Yo estaba soñolienta y agotada de tanto llorar. Un matrimonio salió a su encuentro mientras me pedía que permaneciera en la puerta del automóvil. Aquella era la noche más oscura que mejor recuerdo, me sentía halada por un abismo que amenazaba con abrirse bajo mis pies. El abrazo que se dieron mi tía y aquel matrimonio, duró un par de minutos y es imposible desterrar al olvido. Elena vino por mí y cogió en el maletero una bolsa. Caminamos hacia la silueta de la pareja que todavía permanecía abrazada; esa sería la imagen que englobaría la representación del dolor. Le agarré el brazo a Elena más fuerte que nunca y traté de imaginarme un oasis en aquella noche, pero me fue imposible. El aire estaba pesado. Elena se agachó frente a mí y se quedó mirándome a los ojos por un rato sin poder emitir palabras. Me dijo que tenía los ojos de mi madre. Nunca había visto a mi tía llorar. Esa vez era yo la que debía mostrar fortaleza, como mi elefante. La abracé y no sé por qué no pregunté nada más. Aseguró que vendría a por mí en un par de días y que confiara en ella. Yo asentí. Me alcanzó la bolsa que tenía en la mano en la que estaba algunas ropas. Me tomó otra vez de la mano y me llevó dentro de la casa. Tía Elena hablaba con ellos en una lengua desconocida. La casa estaba rodeada por viñedos interminables. La pareja tenían dos hijos. La casa carecía de colores, de libros a diferencia de la mía, y el silencio era un silencio seco, áspero, cargado de tristeza. Los niños se sentaron a mi lado y comenzaron a murmurar cosas entre ellos mientras toqueteaban mis lazos. Los adultos tomaban té o algo similar alrededor del fuego. El hombre le dio a Elena unos papeles que tenía escondidos bajo un ladrillo suelto del piso adoquinado. 

   Tía Elena se despidió de ellos y antes de irse me besó la frente y me imploró que hiciera  todo lo que el matrimonio me pidiera. Ellos eran buenos amigos de mis padres. Ese fue la última vez que vi a mi tía y a mis padres. Sólo les puedo decir que desde ese momento fui condenada a la tiranía del silencio. No podía hablar en presencia de nadie que no fueran los esposos Moré y sus dos hijos; todos franceses. Tuve que aparentar una sordomudez por mucho tiempo. Casi que terminé convenciéndome de ella. Pronto dominé el francés, y comencé a escribir. Mis impulsos por contar eran como ese elefante en el que viajaba de niña, ese que mi padre dibujó con palabras y mi madre plasmó en un lienzo. Ahora era un acto de supervivencia, trataba de dar sentido a las cosas, a través de contarlas. Escribí muchos finales para mi historia. Todos eran horribles.

Al terminar la guerra, indagué sobre el destino de mis padres y supe que habían sido asesinados por oficiales alemanes al negarse a acompañarlos. Luego incendiaron la casa dejando sus cuerpos a merced del fuego. Aún escucho el crepitar del fuego devorando la madera y sus carnes.