Espero que no regreses

—Ponme un whisky, esta vez sin hielo.

—Hacía rato que no te veía, Joe.

—Ya sabes que me complico.

—Estuvo por acá el otro día, el socio tuyo, el del apodo raro…

—¿Gory?

—Sí, ese mismo-

—¿Y a qué vino? ¿Te dijo algo?

—No se sentó en el bar. Estuvo fumando allá, en la última mesa. Traté de no quitarle la vista de encima. Ya sabes que no me gusta la gente que traes aquí, Joe. Son un saco de problemas, como tú.

—No empieces de nuevo con la misma jodedera, y dime, ¿lo viste salir con alguien?

—¿Te pasó algo con él?

—No te puedo decir, solo respóndeme.

—Te dije que traté de no perderlo de vista, pero ya sabes que no soy un jodido policía, sino un bartender. Tuve que ir a buscar unas botellas, y cuando volví ya no estaba.-

—Nunca me sirves de nada. Eres un inútil. Lo sabes, ¿verdad? 

   Joe se tomó el trago de golpe. No podía pasarse más de una jornada laboral sin probar alcohol. Espió con disimulo todo su alrededor con cierto temor a ser reconocido. Su vista se agolpó de regreso al vaso que descansaba vacío. 

—Ponme otro.

   El bartender pareció estar en espera del comando de Joe, y se puso de inmediato a preparar el trago siguiente.

—De veras, ¿no me vas a contar por qué preguntas por Gory?

—¿Nunca te cansas de preguntar?

—¿Ni tú de ser un tan problemático?

—La vida se ha encargado de enseñarme a ahorrar el tiempo de suavizar lo que digo.

     Joe quedó pensativo por un rato mirando al bartender a través del líquido que se movía de un lado a otro, como un barco mecido por las olas. Pensaba en cuánto su vida se parecía a aquel movimiento y a la fuerza con que el licor se aferraba a golpear cada vez más fuerte  el cristal. El bartender sirvió otra ronda de cervezas a dos conocidos que las pedían, a base de culatazos en la barra, ser atendidos. Se inquietó al percatarse de lo absorto que permanecía Joe recorriendo la callosa palma de su mano derecha con el índice de la izquierda. El bar no estaba concurrido, así que se le acercó. 

—¿Qué te pasa?

—Que no me queda tiempo, Mike. —le hizo una señal para que se le acercara el oído. —Alguien quiere matarme.

—¿De qué hablas?

—Sírveme otro trago.

      Mike vertió más whiskey en el mismo vaso que había sido volteado.

—¿En qué lío andas metido ahora? ¿Fumaste hierba?

—Nunca he estado más claro —agachó la cabeza y volvió a mirar el whisky sentado en el vaso. —Lo mío han sido todo malas desiciones.

—¿Es ese Gory el que te busca?¿Por eso preguntaste por él?

—No sé. Podría ser cualquiera. Le debo dinero a mucha gente.

—Sabes, pensé que nunca regresarías.

—Y de veras no quería hacerlo. Después de todo lo…

—¿Cuánto debes?

—Como cuarenta mil…

—¿En que coño estabas pensando?

—Lo sé, lo sé… se me fue de las manos…

—¿De veras que se te fue de las manos? —le reprochó Mike con connotado sarcasmo.  —Siempre se te va de las manos ¿A dónde piensas ir?

—No tengo ni puta idea. Por ahora tengo que desparecer.

—¿Y cuándo piensas marcharte?

—Hoy.  Me voy el tren de medianoche. No creo que me busquen allí. 

—¿Y si lo hacen?

—Ya sabes, me ocultaré hasta que llegue el tren. Por si acaso tengo esto. —Le mostró un pequeño revólver oculto bajo el sweater.

—Sabes en que lío me dejas, ¿verdad?

—Esto no tiene que ver contigo.

   Mike se contuvo para no golpearlo. Decidió darle la espalda ante todas las miradas de varios de los asiduos del lugar que estaban a la expectativa de lo que pasaba entre el bartender y el desconocido. Caminó hacia la cocina del bar y regresó con un muchacho que terminó por remplazarlo. 

—¿De veras aún sigues creyendo que esto no me va a joder también?

—Mira, solo vine a despedirme. Al final de todo eres mi hermano, ¿no?

—Eso tuviste que haberlo pensado la última vez. Sí, solo te acuerdas de que somos familia cuando estas metido hasta el cuello en algo gordo- Mike salió de la barra por una puerta lateral para sentarse al lado de Joe -Sabes, nunca me he sentido el menor de los dos, aunque lo sea. Siempre tratando de arreglarlo todo por ti. ¿Por qué siempre me traes problemas? Ya veo, no te basta con destruir siempre lo único que me importa… Lo perdí todo y fue tu culpa. ¡Intentaba comenzar una nueva vida! ¿lo recuerdas, verdad? Y ahora me veo otra vez cargando con tu mierda. ¿Por qué tuviste que regresar? ¿Por qué no hechas a perder tu vida en otro lado? ¿Te hace bien resingarme la existencia?

   Joe permaneció sin hacer contacto visual con Mike evitando al mismo tiempo el exponer su rostro.

—Sabes que no tengo a nadie más, y esta vez no vine a pedirte nada.

—La última vez fue a mí al que le cobraron.

—¿Mike, que coño te pasa?

—¡Vete ya! Y espero que no regreses, ¿lo entiendes?

—Como quieras.

    Mike se levantó alejándose de Joe. Este último se tapó la cabeza con el gorro del sweater y salió al encuentro de la calle iluminada solo por los viejos neones de algunas tiendas. 

   Joe evitó vagar por las calles principales del pueblo. Conocía cuales eran las menos concurridas a esa hora de la noche. Sacó un porro de uno de los bolsillos de su abrigo. Sus manos temblorosas apenas conseguían encenderlo. Necesitaba la hierba o el alcohol para mantenerse calmado. Se volvía paranoico con mucha facilidad. Casi que se convenció de que todos aquellos con los que se topaba se disponían a informar de su paradero. Pensaba en que siempre había sido capaz de salir de todos los atolladeros bastante ileso. En un arranque de conciencia, de los que le habían dado muy poco en la vida, pensó en Mike, y en el dolor que siempre le había causado. Pero Joe no era tipo de llorar o sensibilizarse.  Agilizó el paso para poder llegar a tiempo a la estación de trenes.  Se escondió en el único lugar que permanecía a oscuras y desde el cual aún podía otear el escenario. Tuvo tiempo de sobra para pensar en la muerte y en lo cobarde que era. Su complexión no soportaría otra emboscada de golpes y puñaladas. El tren estaba por llegar y él saldría al fin de aquel antro. La noche estaba refrescando y la luz de la luna era filtrada a través de un cerco que pronosticaba lluvia para el siguiente día. Se puso a fumar otra vez. La ansiedad le atormentó. Miró el reloj que marcaba las doce. El dichoso tren estaba atrasado. Muy conveniente, pensó irónicamente. 

   Mientras tanto pensó en Mike y en cómo quizo abrazarlo antes de marcharse.  Pensar en la muerte tienta a uno a caer en sensiblerías. Pero él nunca se permitiría eso.  Alguien emergía del espesor de la oscuridad. Joe apagó el cigarro sigiloso. Era quizás alguien que tomaría el mismo tren y caminaba tranquilo acompañado de una bolsa buscando, quizás como él, huir de algo o alguien.  El desconocido avanzaba con paso contante, inalterable. La noche estaba un poco fría, y se sentía ya el olor a  tierra mojada. Vuelve a sacar otro cigarrillo, siempre le resultó de mucha ayuda cuando estaba ansioso. El caminante nocturno, ya cercano, sacó de la bolsa un cuchillo, que clavó impiadosamente en el estómago de Joe. Era su hermano, Mike. Joe apenas tuvo tiempo para tirar la colilla. Mike evitó que el cuerpo no se desplomase abruptamente casi inerme, sosteniéndolo hasta dejarlo caer despacio sobre la hierba a la sombra de los arbustos. Arrodillado a su lado, se quedó mirando la sangre que salía de la herida a borbotones y que se apresuraba a teñir la tierra.

—Entiende que esta vez no podía dejarte ir ¿Sabes? Los muy bestias me hicieron ver como la violaban y apuñalaban hasta matarla. Fuiste tan miserable de huir y no decir nada. Si hubiera sabido en dónde estabas la hubiera salvado, ¡me oyes! Esas cosas nunca se olvidan. No he vuelto a ser persona. Siempre fuiste un cobarde, un mierda.

Volvió a clavar el cuchillo en el vientre de Joe, pero esta vez lo dejó allí por más tiempo retorciéndolo como si tratara de canalizar toda la ira a través de aquel agujero. Mike se aproximó al oído del agonizante.

—Les dije que esta vez te mataría yo —sacó el cuchillo del cuerpo regresándolo a la bolsa.