La paciente

De tiempo en tiempo, el doctor Clappier echaba un vistazo a la paciente que yacía afiebrada y sin indicios de recuperación. «He hecho todo lo que he podido. Ahora tengo que aprender a lidiar con la incertidumbre», repetía esta frase, casi literal, cada vez que sus esperanzas eran arrasadas como los suelos de labranza después de la cosecha. Serena Greer, así se llamaba la joven de la que sólo conocía el nombre; también conocía los nombres de los familiares, los cuales se habían mostrado sumamente atentos desde su llegada. Sentado en una silla de madera, justo al lado de la chimenea, se tocaba el dorso de la mano. Las manos le sudaban bastante, se atrevería a pensar que mucho más que la frente de la enferma.
El doctor había llegado a aquel pueblo hacía apenas nueve horas. No le había dado tiempo siquiera a darse un baño, cuando el señor Greer, desconsolado, tocó a la puerta de su casa y le rogó que fuera a ver a su hija. Durante el camino le contó que la fiebre era constante, y que desde el día anterior la muchacha no despertaba. El señor Greer se había enterado de que Víctor era doctor, gracias a su amigo, el señor Bolton, que era el arrendatario del lugar donde el doctor emplazaría su consulta. Hacía meses que no contaba aquel pueblo con médico alguno.
Entre los planes del doctor no se hallaba el comenzar a consultar de inmediato. Hubiera preferido asentarse completamente en su nuevo hogar y permitirse un breve paseo por las calles. Le gustaba aprovechar el desconocimiento de su profesión por parte de los habitantes, para así conocerlos un poco mejor. Es naturaleza humana archiconocida, la tendencia de mentir a los demás, e incluso a nosotros mismos: el aparentar sobre todo ante aquellos que consideramos, que en la jerarquía social, se encuentran en escalones superiores. Por momentos, la adulación se vuelve grotesca.
El doctor no había encontrado aún ese lugar ideal en el que el hombre maduro busca echar raíces. Cursaba el segundo año de medicina en Stanford, cuando dieron la noticia de la muerte de sus padres; había sido causada por una neumonía que fue bastante común durante los años del Dust Bowl. Los niños escapaban a jugar en las dunas que habían quedado como testimonio de la oscura tormenta de polvo, y bajo las cuales, muchas familias habían terminado por enterrar a sus muertos. George, el primogénito de los Clappier, que ya estaba desposado, se encargaría de los negocios de la familia mientras que su hermano terminaba los estudios.
Víctor siempre pensaba en la muerte de sus padres cuando permanecía como un centinela a los pies de la cama del paciente. Estaba seguro de que llegaría ese momento en el que no pensara más en la muerte de los padres con culpa. Las rollizas mejillas de Serena desentonaban con el tono de piel azulado que se extendía por todo el rostro y manos. Víctor no deseaba abandonar la habitación. Una intuición le sugería que, de poner un pie fuera de aquella finca, la muerte de la muchacha sería cuestión de poquísimas horas; se sintió por vez primera esclavo de su profesión, ¿o de Serena? La silla que le servía de posta fue acortando la distancia que lo separaba de la cama, hasta que por fin estuvo lo suficientemente cerca como para disfrutar el rostro nacarado de la joven y hundir sus dedos en el cabello largo y sedoso. Serena emitió semisollozos en sordina. Él acarició sus mechones y agarró su mano. Después de dos noches consecutivas en vilo, terminó rendido de sueño.
—Debes hablar mañana con él. No creo que esté bien eso de estar encerrado tantos días ahí —susurró la señora Greer desde una de las butacas que estaba en el estudio de su marido.
—El sabe lo que hace, mujer. No hay nadie mejor para cuidarla que un médico, ¿no crees? —arguyó el señor Greer que andaba haciendo cuentas en un libraco.
—Me da pena verlo así. También me llena de pesadumbre el hacerme a la idea de que nuestra Serena no tiene esperanzas. Hoy, cuando la criada cambiaba las sábanas y ropas, pude hablar con él en el pasillo. Tiene mucha más fe de la que albergo yo. Siento pena por él, y por nosotros. Pero sin dudas, más por él.
El señor Greer echó a un lado las cuentas. Se sentó junto a su mujer, y dejó que esta recostara su cabeza sobre su hombro. Ambos se quedaron un largo rato al calor del fuego que los abrigaba del impiadoso invierno que se ensañaba con los caminantes.
Víctor y Serena vestidos de novios caminaron por un pasillo lleno de pétalos de rosas, rodeados de familiares y amigos que eran arrobados por el follaje y el piar de los pájaros. Era una bellísima decoración en medio del campo. «Serena, acepta usted a Víctor para ser su esposo, para vivir juntos en sagrado matrimonio, para amarlo, honrarlo, consolarlo y cuidarlo, en salud y en enfermedad, guardándole fidelidad, durante el tiempo que duren sus vidas? Sí, acep…» El rostro perlado de Serena se ennegreció súbitamente, hasta que el cuerpo cayó al piso echo cenizas.
Víctor lanzó un alarido febril que despertó a casi todos en la casa. Estaba en la cama junto a Serena, su esposa. Adornando la pared, había retratos de ellos dos acompañados por sus tres hermosas hijas.
—¿Otra vez la misma pesadilla? —Serena, con prontitud, le pasó un vaso de agua que tenía justo al lado de la cama y se acomodó unas almohadas en la espalda. Una vez que estuvo sentada y cómoda, y que Víctor había terminado con el agua, ubicó la cabeza de este sobre sus muslos. Adentró los dedos sobre el espeso cabello y comenzó a acariciarlo.
—Si no pudiera salvarte, me muero —agregó Víctor con la voz carrasposa y débil.
—No estoy enferma. Y deja ya de pensar en esas cosas tristes que ya pasaron. Vamos, intenta dormirte otra vez.
Con esa voz tan melodiosa, Serena le tarareó una de las melodías con las que conseguía dormir a sus hijas. Pensó en cómo aquella enfermedad, que le había dado un buen susto durante su juventud, había traído consigo al mejor esposo que una mujer pudiera desear.