La Reunión

Paul me llamó después de veinte años. Se disculpó repetidas veces por la inexcusable desaparición y me pidió encarecidamente que fuera a visitarle en Toccoa. Quise decirle que no, pero mi esposa Silvia, que doblaba la ropa en el sofá, me hizo un gesto de asentimiento con la cabeza después darme uno de esos pellizcos que tanto detesto. Quedamos en que le haría saber cuándo podría ir a visitarle, primero tenía que pedir permiso en el trabajo. Una vez que colgué, sentimientos encontrados se me agolparon: por una parte deseaba volver a verle, y saber con lujo de detalle, todo lo que había acontecido en su vida después de la universidad, y por otra parte, quise prohibir, tajantemente, que se respondieran sus llamadas. Opté por hacer caso a Silvia. En asuntos como estos, ha demostrado llevar siempre la razón. 

No fue difícil que me dieran tres días libres del trabajo. Gozo de buena estima en el laboratorio. Soy quizás de los pocos que como disfruto lo que hago, pues no invento excusas para ausentarme. Paul había insistido en pagarme el avión, pero le dije que no era necesario que Silvia trabajaba en Delta y le daban buenos descuentos. Durante nuestra conversación quise preguntarle por qué la exigencia de que fuera yo el que viajase a verle y no al revés, después de todo había sido Paul el que había cortado toda comunicación. Aunque esto me pasó por la cabeza, pensé que no era mala idea salir unos días de casa, y tomarlo como unas brevísimas vacaciones. Hice la maleta el martes por la noche y la ubiqué en la butaca que tenemos en una de las esquinas del cuarto. Le hice esa noche el amor a Silvia como si sintiera un poco de culpa. 

—¡Andrés, amigo! ¡Cuánto tiempo! —Me abrazó Paul sin que me diera tiempo a responderle ni dejar la maleta en el suelo.—Ven, entra. Deja la maleta aquí al lado de la puerta y vamos para la cocina. Pero dime, ¿cómo hiciste el viaje? 

—Lo pasé durmiendo. Ya sabes que soy una piedra cuando duermo. La asistente de vuelo tuvo que despertarme. —Sonreí mientras le pasaba el brazo por la espalda y transitábamos el umbral de la casa. Trataba de espantar ese silencio hosco o frases lacónicas tan abundantes en relaciones que han envejecido no tan bien. 

La casa acogía adornos y muebles de las más disímiles geografías, que por momentos rompían la armonía que se lograba en otras habitaciones. En la travesía hacia la cocina, tuve que seguir sus pasos pues el ancho del corredor apenas daba margen para que transitara una persona. Las paredes estaban llenas de reconocimientos, fotos grupales y de ceremonias de las que nunca supe; volví a sentirme un extraño ante las espaldas de aquel hombre que había devenido para muchos algo así como un santo laico. Paul guió el camino por aquel pasillo que recordaba al mítico túnel que dicen recorrer las personas después de ser reanimadas. Paul estaba raquítico como los árboles en aquella estación del año. Su extensa propiedad estaba retirada unas veinte millas del pueblo cercano y contaba con casi cinco acres de terreno. Me preguntó por Silvia y quiso saber si habíamos tenido hijos. Retardé la respuesta hasta que por Jin pude sentarme. 

—Silvia está muy bien. —Pensé contarle sobre la alergia que la tuvo hospitalizada por dos meses que resultó ser ocasionada por la ingestión de carne de res. Reconsideré hacer esta anécdota pues no quería comenzar abarrotándolo de problemas—. La niña se llama Sofía y tiene diez años. Oscar es el varón y cumple ocho en dos meses.—Saqué de la cartera sus fotos y se las mostré. Paul puso a un lado la cafetera y se puso los espejuelos que llevaba en la cabeza. Miró las fotos con parsimonia. 

—La niña me recuerda mucho a ti, y el varón salió igualito a Silvia. Son muy lindos. 

—Y tú, ¿te casaste, tienes hijos? 

—Conocí a una checoslovaca en unas de mis visitas a Praga. Duramos más de lo que yo hubiese pensado: cinco años. Pero al Jinal, los viajes continuos por universidades y las investigaciones en las que estaba embarcado, requerían de mí un tiempo casi completo. Pero, créeme, estoy feliz. 

—¡Cómo no ibas a estarlo, si eres Paul Smith!—ambos sonrieron—. El que le rompió el corazón a Eva Larson, y como si eso fuera poco, un genio de las matemáticas. 

—¡Y mira ahora lo que ha quedado de eso!—la verdad que tuve que disimular para no sentir lástima de aquel cuerpo enjuto de rostro lánguido. 

—Me enteré por Andrew de que te dieron un premio importantísimo en Noruega. Me alegré muchísimo cuando lo supe. Sabes que disfruto los logros de mis amigos, como si fueran los propios. 

—Lo sé, amigo mío. Quieres café, ¿verdad? 

—¡Eso no se pregunta! 

—El doctor me dijo que debo evitar el café, así que convierto las ocasiones especiales en el pretexto perfecto para tomarme una tacita. 

—¿Recuerdas cómo todos pasaban por el cuarto cuando sentían el olor a café? Te dije que nos podríamos haber hecho de buen dinero de haberlo cobrado. 

—Pero no hubiéramos conocido a Tina Matthews ni a Stephane Wyatt. 

—¡Eres un bicho! 

Paul se quedó de pie junto al fogón esperando a que la cafetera colara. Se secó las manos con un paño de color bermejo. 

—Te quería pedir disculpa por no ir a tu boda. Sabes que siempre te he considerado mi mejor amigo. Aunque motivos he dado para que no me creas. 

—No te negaré que a Silvia y a mí nos molestó. Llamé a tu mamá, y tampoco sabía muy bien de tus andanzas, hasta que me di por vencido. Te confieso que hablé mucha peste de ti, pero en los últimos años solo te recordaba con bastante nostalgia. 

—Te agradezco que pudieras venir. Me tienen terminantemente prohibo tomar aviones y recorrer largas distancias en auto. 

—¿Y eso? 

—Nada que no esté bajo control. —La sonido de la cafetera colando parecía haber fungido como excusa para que Paul evitara el entrar en detalles ante aquella pregunta. Quizás como yo, deseaba que ese reencuentro no se centrara en los problemas diarios, sino más bien que fuera un escape de los mismos. El olor del café se esparció vertiginosamente por la cocina como ocurría antaño cuando éramos unos jovenzuelos. Paul aún recordaba preparar el café como me gustaba, con crema y una pizca de canela. 

Salimos juntos a la terraza que estaba sujeta sobre enormes vástagos de madera y desde la que se contemplaban a lo lejos las cordilleras violáceas, y el impenetrable mar de árboles. Parecíamos descansar sobre zancos. No pude más que callar por un instante. 

Nos sentamos allí por varias horas a charlar sobre lo que había acontecido durante los años en los que no nos habíamos visto. Pudimos, entre ambos, remendar recuerdos, buscar en Facebook nombres de amigos comunes: le escribimos a algunos de ellos e intercambiamos números telefónicos. Paul me pidió que no diera el suyo. Lo embullé para organizar un reencuentro, y de no tener inconveniente, sería mejor hacerlo en su casa ya que él no podía trasladarse fácilmente. Dijo que sí, aunque no pareció del todo convencido. Hace tiempo que dejé de juzgar intenciones y solo me enfocaba en los hechos, y evidentemente era un hecho que Paul había dado el visto bueno para organizar la reunión con los antiguos compañeros de la universidad. Una vez que retornase a casa me dispondría a organizarlo todo. 

Paul me pidió que fuera al pueblo en busca de algunas cosas que necesitaba en la casa. Caminamos a su garaje. 

¿Cuándo estaríamos hablando de un museo de autos y no de un mero garaje? ¿Quizás porque tenga cinco, seis… o veinte carros? Aquello era evidentemente un museo. Paul, fácilmente, atesoraba no menos de quince autos antiguos. Las luces se fueron prendiendo hasta cubrir cerca de cuatro mil pies cuadrados. No sé cuanto tiempo estuve en shock, pero Paul tuvo que darme unos golpecitos en la espalda para lograr que you saliera de aquel trance. El querer coleccionar autos antiguos era una de las tantas afinidades que compartíamos, y la cual, él, sí había podido realizar. El almacén museístico contaba con varias maquinarias de dos pisos, frente a las cuales había una pantalla que mostraba el modelo de cada auto acompañado de un botón digital que al presionar movía el auto seleccionado a la sección inferior que a su vez contaba con una puerta de salida. Me entretuve con el Ford Modelo T y le pregunté que si funcionaba. Paul me dijo que todo lo que se encontraba allí lo hacía. Las maquinarias se pusieron en funcionamiento y apareció frente a mí el auto soñado: un Porsche 550 Spyder. 

—¡Pero esto no es una réplica! —dije después de llevar un rato escrutándolo apasionadamente. 

—No lo es. —Respondió Paul mientras se cruzaba de brazos y sonreía. —Lo compré hace un año aunque le estuve siguiendo la pista por mucho más tiempo. Me recordaba mucho a ti. 

—¿Me puedo montar? 

—Te iba a pedir que lo sacaras a dar una vueltecita. 

—Estás jodiendo, ¿verdad? 

—Claro que no, viejo. 

—¡Tú, little bastard! 

Paul no paraba de sonreír aunque desde la distancia propia de quien disfruta viendo disfrutar a otro. 

—Todavía no puedo creer que voy a conducir un Porsche 550 Spyder. 

Paul abrió la puerta y me puse en camino al pueblo. 

Me topé con solo tres autos en la idea y vuelta. Aquel Porsche me insufló un aire de libertad que había olvidado. Aproveché para correrlo siempre que avistaba una carretera limpia en ambas direcciones. Aquello había sido más potente que una inyección de epinefrina. Mis pupilas en alerta percibieron el paso del tono ambarino del cielo a un gris húmedo. Por un momento vacilé en regresar a casa con mi familia. 

No supe como retornar el auto a su sitio original. Me cercioré que estaba en las misma condiciones en que Paul me lo había entregado y lo dejé frente a la entrada que tenía forma parabólica y en cuyo vértice lucía una estatua ecuestre de Marco Aurelio. Por un momento percibí un innegable parecido entre Paul y el emperador romano, no sólo físicamente sino por esa imperturbabilidad estoica. Dejé las compras sobre la mesa de desayuno y me dispuse a ir en busca de Paul. Ahora que lo pienso, lo que realmente deseaba era escudriñar recovecos de la mansión sin la presencia de Paul. 

En el tercer piso solo habían cuartos perfectamente decorados como si esperasen visita. Las paredes parecían reanimarse en un vaivén de mareas intempestuosas que golpeaban barcos de pescadores descalzos envueltos en una neblina nicotinada, y de abedules que se torcían sin llegar nunca a romperse; al menos no en la imagen cinemática que le había insuflado mi cabeza: los veía ir y venir, venir e ir, en un movimiento constante y casi nauseabundo. Unos relámpagos, y acto seguido el sonido de truenos, resonaron el piso. Me tapé los oídos. Es algo que hago por instinto. El segundo piso ya me lo conocía pues lo anduve cuando trataba de encontrar a Paul, cuando me pidió retirase a su estudio por un rato. Como vi que se tardaba, fui en su búsqueda. Allí lo encontré escribiendo ensimismado. Me senté en una de las butacas, las que, por cierto, estaban bastante alejadas del buró. Allí nos fumamos unos tabacos dominicanos que no tenían nada que envidarle a los cubanos. Me atrevería a decir que estaba muchísimo mejor que los últimos Cohiba que me había regalado el cuñado al regresar de su misión en Cuba. El sótano de la casa era otro piso más. Una mamparas de metal con vestigios de dorado entretejían árboles de vid, a través de los cuales se podía percibir, al fondo, las hileras de botellas. Ese piso no estaba tan iluminado como los dos anteriores. Eran una atmósfera casi opresiva. Había un espacio de juegos que parecía no haber sido usado. Las luces del gimnasio y de un espacio para yoga se encendieron a mi paso. Las puertas de cristal se abrieron automáticamente y volvieron a cerrarse al seguir de largo. Y como si todo aquello fuera poco, casi que al final del pasillo, se abría una delgada piscina interior. Me mojé un poco las manos pues estaban resecas. Llamé a Paul pero parecía tampoco estar allí. Entre la piscina y el gimnasio, había un pequeño camino que conducía a la única puerta, que en el sótano, parecía cerrarse con una llave. Era un pequeño habitáculo con una cama personal. Las mesas de noche estaban llenas de medicamentos de prescripción, y en una esquina, un portasueros, un estante con dirímeles medicamentos, enseres de enfermería y un desfibrilador. Por muy irónico que pudiera parecerme en aquel instante, el revoltijo de sábanas sugerían ser el único cuarto, además del mío, que estaba siendo usado en la casa. No creo haberme detenido por más tiempo que el que uno se tarda en panear con la cabeza hasta formar un ángulo de 180; quizás me tardé un poco más que eso. Tuve la sensación de haber cruzado una línea muy personal al haber dado con aquella habitación, que a diferencia de la demás, había rechazado el empeño de simetría que mostraban las demás. Hasta allí, parecían agolparse las olas y los abedules de los cuadros que se mostraban en el piso superior. 

—¿Dónde andabas? Guardé el auto a tiempo, mira el aguacero que esta cayendo. Paul descansaba en la terraza que permanecía guarecida por un grueso cristal que dejaba apreciar la caída de la lluvia sin mojar. Leía un libro de Física Cuántica cuyo autor no pude reconocer. Muchos científicos le mandaban sus libros para que les diera el visto bueno antes de ser impreso para su distribución. 

—Olvidé preguntarte cómo lo guardaba y por eso te estaba buscando. Parece que estábamos mordiéndonos la cola.—sonreí tratando de olvidar la imagen de aquel cuarto que no se me quitaba de la cabeza. El olor etílico parecía haber impregnado mi lengua. 

—¿Bajaste al sótano?
—Sí. Pero como no respondiste, subí rápido. ¿Tienes hambre? —Un poco. ¿Que tal si hacemos los filetes que tengo en la nevera? —Esos los preparo yo. En eso soy el experto.
—Vale. Te voy a preparar un trago. Ahora vuelvo. 

Esa noche hablamos de todo un poco. Me narró un encontronazo que tuvo con Dawkins, a raíz de su último libro en el que analizaba las cinco vías de Santo Tomás. Las acusaba de vacías, mostrando ignorancia de obras previas del corpus tomista que sí que explicaba, en detalle tesis filosóficas, que no se volvían a reiterar en la Suma Teológica. A la larga esta se trataba de un resumen que presuponía otras lecturas para su mejor entendimiento. Paul le recomendó a un amigo suyo que era un interprete medieval, especializado en Santo Tomás. Me contó que en otras ocasiones en los que se han vuelto a encontrar, Dawkins evitaba toparse con él; parece ser que había tomado sus observaciones como un insulto. Paul sentía un gran respeto por Santo Tomás arguyendo que a este se le debía el rescate de la razón frente a las tendencias irracionales de la época. Cuando la lluvia cesó nos fuimos a dormir. Me imaginé a Paul tendido en aquella cama, tísico, recostado sobre su lado izquierdo frente a la cordillera de medicamentos, y las gotas del suero acompasando el galopar del reloj en su periplo por el tiempo. 

Al día siguiente dejé el cuarto organizado al igual que mi maleta. El avión salía a las dos de la tarde. Tenía tiempo para desayunar y dar una caminata por los establos Habíamos quedado en eso la noche anterior. Soy de los que les gusta los caballos, aunque de lejos. En la casa, Silvia era la única amante, hasta el momento, de la equitación. 

—Buenos días, señor Paul. —Nos dijo una señora que cargaba con enseres de limpieza en una mano. Tenía unos sesenta años pero se veía fuerte como un tronco. 

—Buenos días , Rita. Mira este es mi amigo Andrés. 

Rita me saludó por cortesía. No creo que fuera de hablar mucho. 

En el establo intuí, en varias ocasiones, que Paul quería decirme algo y no se atrevía. Me regaló una vara de pescar profesional nuevecita que le habían regalado en Boston. Ese día recordamos muchas historias en las que sí que figuraba Silvia. Aquellas conversaciones eran definitivamente la punta del iceberg cuya masa sumergida intentaba ocultar la atracción que siempre había sentido Paul por la que ahora era mi esposa y madre de mis hijos. Quizás por eso había desaparecido y rehusado a asistir a nuestra boda. Ese día todo pareció cobrar sentido. ¿Pero por qué insistir en vernos después de tantos años si no iba a mencionar esto? 

—¿Por qué será que siempre la felicidad de uno es la desdicha de otro? —Añadió así de la nada. 

—No había pensado en eso. Pero creo que generalmente pueda que sea así. —Confieso que me tomó desprevenido aquel comentario. Parecía como si Paul se hubiese metido en mi cabeza y hubiera escuchado mi último pensamiento, el que involucraba sus intenciones con Silvia. Quizás era yo, después de todo, el que prefería que no se hablase del tema. 

—¿Me matarías si te lo pidiera?
—¡Claro que no! ¿Y eso a qué viene?
—Creí que lo harías si te lo pidiera.
—¡Qué clase de amigo sería si cediera a semejante petición! 

Paul se sonrío y me dio un abrazo muy fuerte. No entendí ni la pregunta ni el abrazo. Aunque no fue difícil olvidar lo recién acontecido pues Paul tenía fama de hacer preguntas raras y que no venían al caso. A los lejos me pareció sentir risas en sordina que se iban alejando. Paul se despidió de mí en la puerta junto a la estatua de Marco Aurelio. 

De regreso a casa, Silvia me esperaba en la puerta. La abracé muy fuerte y la besé allí mismo, frente a todo los vecinos que paseaban a sus perros. Los niños andaban en casa de la tía y los iríamos a buscar por la tarde del día siguiente. Ese noche nos la dedicamos a hacer todo lo que hacen las parejas en su primera noche de recién casados. Pensé mucho en lo dichoso que era de haber sido yo, solo yo, el que 

—¿Es usted Andrés Wilson? —Preguntó un joven de rostro cuneiforme poco usual. 

—Sí.
—Firme aquí .
—¿Y eso para qué es? 

—Una entrega. 

Firmé mientras buscaba el paquete por todas partes. Salí al portal y fue cuando vi el Porsche. El joven me hizo revisarlo con lujo de detalle, y una vez terminando el escrutinio, procedí a firmar otro documento. No creo haberle dado las gracias al chofer. Entré como bólido en la casa y timbré a Paul. Nadie contestó el teléfono en ninguna de las incontables veces que llamé.