La Señal

Nunca pensé que fuera a vivir en una carretera de esas donde figuran apenas dos casas. Pensaba, mientras movía la última caja que quedaba en la camión de mudanza, en lo insoportable que se me harían, con suerte, las primeras semanas en aquel lugar, donde evidentemente habría que pagar si querías que pasase algo. Lo más cercano que estuve del campo había sido cuando, conduciendo de New York a Carolina del Norte, por cuestiones de trabajo, necesitaba echar gasolina en el pueblo más cercano.  El campo es de esos lugares en donde siempre me he sentido un forastero: tendría que aprender a disimular toda esta animadversión hasta ser capaz de olvidarla. 

Mi esposa, Theresa, había sido diagnosticada con amiloidosis, y el tratamiento comenzaría en una semana. Ya sabemos que las grandes ciudades son convenientes hasta el momento en que enfermas. Johanne, una vieja amiga de Theresa ubicó  un hospital en el que los disímiles tratamientos, y el seguimiento, nos serían más asequibles. Muchos serían los desafíos a los que habrían que sobreponerse partir de aquel día. Observé en silencio ambas direcciones de aquel camino interminable que recordaba  una arteria muerta. 

—Esa caja va en la cocina —me indicó Theresa que andaba recogiendo los periódicos, cartas y volantes dispersos en el portal. Me las agenciaba para que ella tuviera que hacer la menor cantidad de cosas en la casa, pero su carácter no ayudaba. A veces parecía no estar consciente de la gravedad de su salud. 

Pasaron dos días, y ya habíamos dejado toda la casa en orden. “Quienquiera que la hubiese vivido, la cuidó bastante bien”, comentaba siempre que se detenía en una habitación. A la mañana siguiente fuimos al pueblo a por algunas provisiones que ya echábamos en falta. Theresa y yo nos paseamos tomados de las manos como dos adolescentes que parecerían haberse escapado de sus casas. 

Conocimos al relojero del pueblo, Carl. Nos contó detalladamente cómo había perdido su ojo izquierdo cuando tenía apenas tres años. Mientras que le observaba el dichoso párpado caído, apostaba que lo abriría de un momento a otro, y que todo aquello se trataría de una broma. Nunca lo llegó a abrir. 

Theresa dormía casi siempre después de tomar los medicamentos a las dos de la tarde, y yo mientras tanto, esa tarde, aproveché para reparar el columpio que había en el portal. Temía que alguien se fuera a caer al intentar mecerse en él. La casa de al lado tenía la luz del portal encendida y el auto aparcado fuera del garaje que había permanecido cerrado desde que nos habíamos mudado. Miraba constantemente hacia la puerta esperando encontrar, o ver de refilón, a los nuevos vecinos. 

Una buena cantidad de trabajo me aguardaba así que me concentré en adelantarlo. Estaba trabajando en un software que debía entregar en unas semanas. Me dormí muy tarde.

El olor a café recién colado me levantó de la cama. Nada hay como sentarse, ya sea en el portal o patio, y cerrar las manos en torno a una taza de café caliente, ya sabemos que las mañanas del otoño son un poco frías. Escuché una conversación a lo lejos que parecía provenir del portal. 

—No creo que vaya a extrañar la nieve —le escuché decir con claridad a Theresa.

—Terminé aquí por esa vueltas locas que da la vida. Pero hasta ahora todo me va de maravilla. No me puedo quejar.

Estaban allí en el portal, Theresa y una muchacha joven, y bastante linda. Los rizos rubios le caían sobre los hombros y espalda con gracia. Me sentí culpable de haber pensado todo aquello.  

—Danny, esta es Luisa, nuestra vecina. 

—Mucho gusto, Luisa.

—Theresa me estaba contando que vivían también en Nueva York. Qué casualidad!Nosotros vivíamos en Poughkeepsie, pero siempre andaba metida en Manhattan en casa de amigos.

Dejé a Theresa hablar por los dos. Temía hacer demasiadas preguntas y terminar  por espantar a Luisa, y molestar a Theresa. Quedamos en vernos el sábado por la tarde y cocinar unas hamburguesas en lo que mirábamos el partido de New York Giants vs Atlanta Falcons. Theresa era una fanática de los Giants: no creo que se hubiese perdido ningún partido. Noté ese día que los ojos de Theresa, a pesar de su constante sonrisa, estaban acorralados por unas ojeras que comenzaban a profundizarse. 

A eso de las seis de la tarde del día siguiente, llegaron Luisa y su novio, Frank. Trajeron un paquete de potato chips y una caja de Budweiser. Yo me había adelantado a poner en la parrilla las primeras hamburguesas y el maíz con mantequilla. Luisa nos presentó a su novio, que no exagero si les digo que era lo más parecido a un Adonis que yo hubiese visto, sin contar, claro está, los que exhiben las películas y revistas: definitivamente ambos estaban hecho el uno para el otro.

Todos parecían disfrutar el partido menos yo. Me deshacía entre la recién infatuación y la culpa. Al final, los Falcons de Atlanta ganaron, así que todos menos yo —pues nunca me ha importado el deporte—, se mostraban desechos. Volví a fijarme en las ojeras de Theresa, cuya negrura se había acentuado por el contraste generado en ese choque de la noche y la luz tenue de la fogata.

—¿Cuántos años llevan casados? —preguntó Luisa

—Cinco,  ¿y ustedes? —me adelanté a responder. 

—¿Casados? ¡Oh no!—Frank se adelantó a Luisa. 

Creo haber sido el único que se percató de lo mucho que aquella respuesta de Frank había indispuesto a Luisa. Theresa me tomó la mano y pidió que hiciera el cuento de como nos habíamos conocido. La conté de buena gana, aunque obviando la mayor cantidad de detalles. Creo que buscaba aliviar las tensiones que se respiraban junto a la fragancia de las gardenias que, a esa hora de la noche, desprendían un fuerte aroma. Supimos por Frank que la casa en la que vivían había pertenecido a una tía abuela de Luisa, y que al morir se la había dejado en herencia. Ellos se habían mudado hacía apenas seis meses. Esa noche, en la cama, abracé a Theresa hasta la mañana siguiente. 

Una vez en el hospital, Theresa me obligó a que volviera a por ella después de las dos horas que duraba el tratamiento. Sé que no quería que la viese así. Los vómitos y pérdida del cabello ya eran ya algo usual. Me percaté entonces de la desilusión impregnada en sus ojos cercados por inmensas ojeras violáceas. De regreso, me detuve en un Stop que quedaba a menos de una milla de la casa que se podía ver desde nuestro buzón. Le di vueltas a todo lo que pudo haber pasado por la cabeza a quien sea que se le hubiese ocurrido la inteligente idea de poner esa señal en un lugar donde quizás los únicos viandantes y conductores éramos los que vivíamos en aquellas dos casas.  Evidentemente la vida de nuestros vecinos sino perfecta, era lo más cercano que había visto. El Stop mostraba las marcas indiscutibles de la corrosión propia de los metales expuestos por mucho tiempo a la intemperie. Theresa permaneció en silencio durante todo el viaje, y yo intenté no sacar conversación, pues quizás era mejor así. Seguí pensando en si Luisa pensaría lo mismo que yo de ese Stop tan anacrónico. 

Me hice un plan de trabajo que cumpliría a rajatabla. Esto es fundamental para no rendirnos ante las distracciones. Eso sí, estaba al tanto de absolutamente todas las necesidades de Theresa. Debo confesar que no podía hacer nada por no contar los días que no veía a Luisa. Pasó una semana de aquella parrillada, otra, y una tercera, hasta que perdí la cuenta. Su auto iba y venía. Parecía que jugara, conmigo, al gato y al ratón. Por otra parte el BMW de Frank no había vuelto por aquellos lares desde el día en que compartimos juntos en nuestra casa. Nunca supe a que se dedicaba, y la verdad que no insistí en saberlo, seguramente por temor. 

Estaba en el patio cuando sentí un auto llegar, agarré las herramientas que tenía a  la mano y me apresuré a su encuentro. Traté que pareciera un acto de mera serendipia.

—Eh Luisa. ¡Qué sorpresa! —Luisa llevaba sus rizos recogidos. Parecía una impostora. 

—Están perdidos. No hay quien los vea —me respondió sin detener su trayectoria Llevaba una caja pesada así que me ofrecí a ayudarla—.

Me preguntó por Theresa y le conté todo sobre la enfermedad y como la llevaban los tratamientos. Por supuesto le pedí que no se diera por enterada si Theresa le decía algo de esto. Luisa se mostró sorprendida y me pidió que contara con ella si necesitaba cualquier cosa. Me dio su número de celular. El de su casa nos lo había anotado desde el primer día que nos conocimos. Sentí la tentación de preguntar por Frank, pero no lo hice. Había devenido un  tema tabú para mí.

—¿Te has fijado en la señal de Stop que hay allí? —fue el único comodín con el me pude socorrer para evitar ahondar en lo personal.

—Sí. Aún me pregunto que hace ahí. Si he visto cuatro carros pasar por aquí, por supuesto sin contar los nuestros, sería mucho. Yo nunca paro. 

— Eso mismo pensé cuando me percaté de que solo me detenía por fuerza de hábito.

Hablamos un rato, sentados en la escalera, de lo mucho que extrañábamos a nuestros amigos y las salidas nocturnas por la ciudad. Sentí miedo de llegar a conocer mucho mejor a Luisa. 

—¿Adivina a quién vi hoy? — Theresa esperó que le dijera mientras tomaba un té de manzanilla.

—A la vecina. Parece que se peleó con el novio pues no he visto más el BMW.

—¿Y de qué hablaron?

— No de mucho. Le ayudé a subir tres cajas y le mencioné lo rara que me había parecido la señal de Stop que hay antes de llegar aquí. Ella había notado lo mismo.

—Quizás se hizo otro camino que economiza mejor el viaje, y ya no hay necesidad de tomar este a menos que alguien se pierda o que venga expresamente a visitarnos. 

—Sigo creyendo que sobra. A esto ni tan siquiera se le puede llamar carretera. Es un camino, y parece haber sido siempre así —caminé hacia ella y le di un masaje por unos quince minutos. No quería disgustarla con boberías mías. 

El sábado tuve que viajar a Nashville para entregar un proyecto que había terminado de programar. Theresa se sentía mejor aunque todavía lo suficientemente indispuesta como para dar un viaje tan largo. Los dolores persistían, y estaba resignándose a aprender a lidiar con ellos. Me fui a eso de las seis de la mañana pues la reunión era a las nueve. No me gustaba la idea de dejar a Theresa sola por tanto tiempo pero, también era imprescindible mantener a mi jefe satisfecho ya que había sido lo bastante flexible como para permitirme trabajar desde casa.

Los clientes quedaron impresionados con el software que había diseñado y programado, y John, el CEO, me invitó, como agradecimiento, a una cena que tuve que rechazar por motivos obvios. Durante el trayecto de regreso, recapitulé en todo lo  que había ocurrido esas últimas semanas, y prometí evitar toparme con Luisa e incluso pensarle. A partir de aquel momento, me las ingeniaría para organizar actividades que se adaptaran a las nuevas condiciones de Theresa. Definitivamente la amaba, y lo constataba cada vez que experimentaba el dolor inmenso que me sobrecogía al pensar en la posibilidad de su muerte o de que por las razones que fueran, no estuviera más a mi lado.

Una lluvia repentina y gruesa me sorprendió a unas veinte millas de la casa. Puse las luces de emergencia para evitar que un despistado no me viera. Estuvo a punto de chocarme un camión. Mi auto resultó estar en su punto ciego. El conductor una vez que se percató de mi existencia se volvió enseguida a su carril. Se pasó una vez que mi auto estaba frente a él. 

Al fin doblé en el camino que conducía directo a casa. La lluvia obstinada me obligaba a ir demasiado lento. Una sirena apareció a mis espaldas. Me hice a un lado de la carretera y esta terminó por adelantarme. «¡Esos bomberos son unos fiera!», me dije. «¡Con este aguacero y a esa velocidad!» El camión de bomberos se había detenido en el Stop y unos policías tenían cerrado el tramo que conducía a casa. Aparqué el auto lo más rápido que pude y salí al encuentro del policía. Le dije que vivía allí mostrándole con agitación mi casa. La lluvia comenzó a aligerar y fue cuando me di cuenta que en la cuneta había un camión volcado y un auto irreconocible. Otra ambulancia llegó, y una cortina de bomberos y paramédicos conspiraban para que no pudiera ver más nada que eso. Un bombero tuvo que romper el parabrisas del camión para poder sacar a su conductor. Se lo llevaron para el hospital una vez estabilizado. En la segunda ambulancia, otros paramédicos seguían enfrascados. Su salida se aletargaba. Con aquel conductor todo resultó ser infructuoso, y  los paramédicos terminaron por abandonar el interior del vehículo. Entonces vi los rizos de Luisa que escurrían agua y sangre. Traté de correr y abrazarla pero el policía me lo impidió. Entonces me patrullaron hasta la casa. No podía quitar los ojos del camino que dejaba detrás tampoco de la maldita señal y de la ambulancia en la que yacía Luisa. Me quité la ropa empapada y lloré; lloré mucho. Me acosté al lado de Theresa, que aún descansaba después de su medicamentos de las dos de la tarde. 

—¿Cuándo llegaste? 

—Hace poco minutos.

—¿Está lloviendo?

—Bastante, pero ya está comenzando a escampar.

—Que bien. Me apetece hacer una parrillada hoy.  ¿Quieres?

—Sabes que te amo, ¿verdad? 

—¿Y a ti que bicho te ha picado? 

—Ninguno. Hace semana que no te lo decía. 

—Yo lo sé , bobito. Y yo también te amo. Ven déjame abrazarte un rato. 

Esta vez fue Theresa la que me abrazó y me quedé rendido hasta el día siguiente. 

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