La Soga


Mucho había llovido mucho desde que no veía a mis padres. Se habían mudado a Costa Rica, a un pueblo cerca de la playa de Zancudo. Había querido hacerles una visita, pero el trabajo no me había dado tregua. Sin esperármelo, me llamaron desde el aeropuerto y me pidieron que los recogiera. No fue un trastorno, estaba en casa disfrutando mi día de descanso. ¡La verdad es que ellos siempre han sido afortunados! Primero me detuve por gasolina, pues el aeropuerto quedaba a cuarenta y cinco minutos de donde vivía y no quería tener que hacerlo al regreso. Ellos son de los que detestan el ir directos a un lugar, así que terminamos por fuerza en un bar-restaurante. Compartimos unas cervezas y pedimos unos gustosos crab cakes con los que amenizar las pausas de nuestra charla. Mis padres tienen el poder de hacerme reír a carcajadas, suelo olvidarlo. Ese día, no nos acostamos muy tarde. Les ayudé a preparar el cuarto de invitados, sobre cuya cama aún estaba la ropa que había lavado hacía un mes. Como era de esperar, mi padre terminó doblando la ropa y guardándola en los cajones. En su matrimonio, mi padre era el más devoto de la organización. Cuando la casa volvió a la quietud y estuve al fin en mi cama viendo a través de la ventana los abedules torcidos, volví a sentirme solo. 
Llegó la mañana del sábado y me encontré sobre la mesa un banquete de desayuno. Había caído tan rendido la noche anterior que ni los oí levantarse. El sol no me había despertado como de costumbre, sino que había sido alguno de los dos el que había entrado en mi habitación y había desplegado las cortinas para evitarlo. No fue sino el olor a bacon cocido lo que me puso en pie. Aunque debía estar en el trabajo temprano, saqué tiempo para disfrutar sentado en el portal mi café con leche, con un aditivo imprescindible: el sosiego matinal. 
Aquel día, todo fue lento en el trabajo. Tuve que preparar solo tres cotizaciones para proyectos en Tennessee y Carolina del Norte. Teresa, la muchacha nueva de Recursos Humanos, en uno de sus descuidos semanales, dejó calentando un pedazo de pan durante más tiempo del deseable y este se encendió como un tizón. El microondas terminó en la basura, y las ventanas del break room, abiertas. Todos los que teníamos comida congelada en el refrigerador terminamos visitando el restaurante de tacos coreanos que había frente a la empresa. Un poco picante para mi gusto, pero no estaban mal. Mi madre llamó a eso de la una de la tarde para saber de mí y aprovechó para decirme que al día siguiente iríamos a acampar a un área cerca de Ruby Falls. Su entusiasmo me llevó a decirle ipso facto que sí. Me hacía falta salir. El fiasco de cada una de mis últimas relaciones me había dejado un vacío interior como el causado por una euforia colectiva que, sin embargo, luego presagia el posible fin del mundo; un vacío parecido al Berkeley Pit en Montana. Ese sabor a abismo en mi lengua persistía. 
Estaba dispuesto a disfrutar al máximo con mis padres y, de ser preciso, llamaría al trabajo y fingiría estar enfermo. No fue difícil convencer a mis padres de que nos quedásemos tres días al menos en las montañas. Ellos siempre están dispuestos a desafiar los límites de la edad, pese a ser conscientes también de que no pueden embarcarse en las actividades locas de sus años mozos. Con todo, conservan fervorosamente un punto de esa savia juvenil que hace que todas las montañas les parezcan pequeñas, ningún desierto lo sumamente extenso, ni el invierno tan frío como para confinarlos en casa. 
Ese domingo, más parecía un sábado. Los tres coincidimos en eso. Nos contamos las mismas historias durante el camino. Hicimos una parada para llenar el tanque del jeep, así como otro que tengo en el maletero. Cuando uno se adentra en las montañas puede ocurrir cualquier cosa, prevista o no. Compramos hielo, cerveza, un paquete de band aid y Advil para el dolor de espalda de mamá. Llevábamos suficiente comida como para cinco días, aunque solo pensábamos quedarnos tres. Antes de reiniciar el viaje, nos fumamos todos unos cigarros sin dejar de quitarle la vista al jeep. Un mendigo husmeaba en torno a él, hasta que mi padre se le acercó. Parece que le pidió un cigarro y mi padre terminó dándole el paquete casi sin estrenar que tenía en el bolsillo. El mendigo lo guardó en su carrito de compras y desapareció en la cuadra siguiente. 
Nos faltaban alrededor de cuarenta minutos para llegar y el cielo auguraba un buen chaparrón. Nos hicimos a un lado de la carretera para ponerle las capotas al jeep, por si acaso. No podíamos permitir que una lluvia relámpago nos torciera el día. Los árboles se estiraban con el paso de las millas, reduciendo el cielo a una gruesa línea gris que se unía con la carretera sin fin en una especie de uroboro. La naturaleza tiene formas misteriosas de revelarse. Llegamos al sendero que nos llevaría hasta el lugar de nuestro campamento. De ahí en adelante, un mapa sería nuestra única guía. Mi padre me remplazó al volante. Es mucho mejor que yo conduciendo en todo tipo de terreno. Solo quedaban tres millas. 
Siempre se requiere un cambio de escenario para un cambio de ánimo. Pasar de las casas y edificios, a los árboles y montañas; de las calles, a los caminos; de los albañales, a los ríos. Mientras mis padres preparaban la tienda de campaña, me senté en una roca frente a aquella cumbres que parecían abrazarse y mirarme quietas. La tiendecita era la suficientemente grande como para cuatro personas. De pequeño, cerraba los ojos y los abría rápidamente, en la creencia de que sorprendería a los árboles caminando hacia mí. Llegué a rodearlos con piedrecitas, aunque sabía que eran muy listos como para caer en esa trampa. ¡Esas cosas de chiquillo que te hacen sonreír sin querer! A mi primo, de pequeño, le dio por comerse pedazos de papel, pero no cualesquiera, sino los de la paginación de los libros. Mi tío Alberto quería matarlo cuando se percató de aquello. Eran sus libros de consulta, los que utilizaba habitualmente para preparar sus clases de la universidad. El castigo consistió en poner a mi primo a numerar las páginas. 
Mi madre, que se había sentado a mi lado, me puso la mano en la rodilla y me miró con la misma intensidad con la que un ciego examina un rostro. No hay nada como el amor de una madre para devolverle a sus hijos la valía. Allí nos quedamos por unos minutos, compartiendo el mismo silencio, un silencio cargado de aromas a verde y a petricor. 
Fuimos todos en busca de troncos para la fogata. Mi padre cogió su hacha y también su rifle. No parecía haber un alma por los alrededores, aunque uno nunca está lo sumamente protegido en el medio del bosque. Yo siempre cargo con mi revólver. Me hace ilusión poder practicar el tiro. A unos seiscientos pies de distancia, encontramos unos leños que habían sido cortados y dejados allí quizá por otros campistas. Se nos había olvidado traer la soga para amarrarlos y así arrastrarlos hasta la parrilla que habíamos improvisado en las proximidades. Mi padre volvió por la soga. Entre tanto, improvisé un campo de tiro con tres latas de cerveza vacías que estaban junto a los leños. Mi puntería seguía afilada. Tenía aquel revólver desde hacía mucho tiempo. Había sido un regalo de mi padre cuando cumplí los veinticuatro y llevaba mis iniciales inscritas en la empuñadura. 
Nos sentamos alrededor del fuego mientras la carne se cocinaba. El hambre apretaba, logré engañarla con las cervezas. Estábamos por fin en esa hora casi surreal en la que el suelo se tiñe de machas oscuras y claras, y los rayos del sol persisten en no dejarnos a oscuras. Mi madre tomó fotos de las formas abstractas que las ramas de los árboles proyectaban sobre el suelo. ¡Ella siempre ha sido el alma creativa de la familia! Dijo que eso le había dado muchas ideas para sus cuadros. Me las enseñó y la verdad que no estaban nada mal. A ella le debo a ella mi carácter sensible, aunque en ciertos momentos me haya resultado un lastre. Comenzaron a contar historias de sus vecinos en Costa Rica y de no se qué mono que iba todas las tardes a comer plátano. En su casa, tienen un cuarto independiente que alquilan a turistas y así disponen de ingresos fijos. Se los veía felices. Les hablé de los despistes de la muchacha de Recursos Humanos, y me convencieron para que la invitara a salir. No me creyeron cuando les dije que se trataba tan solo de pura simpatía. Mi padre me preguntó si era linda y le dije que sí. No había pensado en eso antes. Cambié de tema para contarles lo bien que me había venido el salir de casa y su visita. 
La carne estaba deliciosa, y el viento comenzaba a hacerse sentir en la oscuridad. Había sido un día largo. Mi madre se acostó temprano; en cambio, mi padre y yo nos dimos a los chistes y terminamos riendo tanto que mi madre nos gritó para que bajáramos un poco la voz. Nos quedamos en silencio por un rato. Me entretuve en observar el crepitar del fuego y en disfrutar el canto de los grillos, cada vez más intenso. Hacía mucho calor. 
Los grillos son criaturas de lo más interesante. Al ser incapaces de regular la temperatura de sus cuerpos, la velocidad de todos sus procesos se incrementa con el aumento de la temperatura ambiente. Resulta fácil convertir sus chirridos en grados Fahrenheit: solo hay que contar la cantidad de chirridos en un intervalo de catorce segundos y adicionarle cuarenta. Por supuesto, no es algo exacto, pero casi. Entre los grillos, solo el macho canta; una forma de marcar su territorio. De hecho, los grillos débiles renuncian al canto ante los constantes ataques de los más fuertes. A los más débiles solo les queda el perfumarse por medio de un hidrocarburo que segregan con vistas a la reproducción, de forma similar a lo que hacen las aves con el plumaje. 
Eran las diez y media de la noche cuando decidimos acostarnos. Yo no podía dormir. Estaba algo inquieto. Los ronquidos de mi padre a buen seguro que se sentían a millas de distancia. Allí estaban ellos abrazados, todavía después de cuarenta años. Mientras que el crujir de los leños en llama iba atenuándose, aquel abrazo de mis padres mantenían la tienda cálida. A esa hora de la noche, en vez de reposar la mente, la abarroté de dudas y de preocupaciones. Una fina lluvia rompió sobre el toldo. El viento ligero de la noche se tornó en ásperos rugidos, suavizados al atravesar el enmarañado follaje. Abrí un poco la cremallera de la tienda para que entrara un poco de brisa. Afuera, se intuía ya el otoño por la abrupta caída de las hojas azotadas por la ventisca. Logré dormirme poco después de eso. 
Soñé que estaba en mi casa y que no podía encender las luces del techo, cuando todos los demás equipos tenían corriente. Al tratar de salir de la casa, algo, no sabía precisamente qué, me lo impedía. No había nadie afuera, solo un extenso terreno desértico. Era el miedo o algo místico lo que me mantenía dentro, encerrado, sin poder darle luz a mi hogar. Escuché un sonido de pisadas sobre hojas que no podía conectar con aquel pasaje onírico. Fue entonces cuando tomé conciencia de mi sueño y me desperté. 
El ruido se había esfumado. Me quedé quieto. Eran alrededor de las cuatro y media de la madrugada, cuando otra vez me paralicé al sentir de nuevo ese mismo sonido que me había despertado, como a unos treinta pies de la tienda. Supuse que sería algún animal, si bien por su frecuencia y la consistencia de los pasos no lo parecía. No habíamos visto a nadie durante la tarde por aquellos lares. Cabía la posibilidad de que fuesen cazadores, aunque los pasos parecían dibujar círculos alrededor de nosotros. Aún estaba lejos, así que quise insuflarme tranquilidad optando por la hipótesis del animal. Decidí no volver a dormirme. No quería preocupar a mis padres, así que esperaría a que la amenaza fuese más evidente. Cogí el revólver que había guardado en mi mochila y lo puse bajo mi almohada. Después de tres vueltas, el ruido desapareció por fin. Mis ojos me traicionaron y volví a quedarme dormido. El ruido de la cremallera me despertó. Llamé a mi padre y le pregunté si había sido él el que lo había cerrado, me dijo que no. Esta vez sí que me agité, aunque traté de controlarme. Lo que estuviera ahí afuera había llegado ya hasta nosotros y quizás hasta nos había visto dormidos. Mi padre se despertó y se puso al acecho, al igual que yo. No descartábamos la posibilidad de que, quien fuera que estuviese caminado por los alrededores, se mantendría distante o se marcharía una vez que se percatara de que estábamos alerta. En la lejanía, volvimos a escuchar los mismos pasos acompasados por algo que parecía llevar a rastras. Ninguno de los dos nos atrevíamos a salir hasta no saber si se trataba de una o dos personas. Tratábamos de dilucidar lo que hacía…
Evidentemente, sabía que estábamos despiertos. ¿Querría que saliéramos? ¿Estaría armado? Abandonó lo que sea que estuviese arrastrando cerca del fuego. Pensé en el documental que habían grabado allí y por lo que aquel lugar era tan conocido, una especie de falso documental al estilo de The Blair Witch Project. Esto no me ayudaba en nada a calmarme. El sujeto estaba ahora un poco alejado de nosotros, aunque aún no terminaba de marcharse. Mi madre no quería darse por enterada y mi padre no me quitaba los ojos de encima. Tuve la impresión de que estamos pensando los mismo y que andábamos a la caza de los mismos indicios. Cogió el rifle y se lo puso a su lado. Yo no veía el momento de que llegara la luz matinal. Todo permaneció en calma por unos veinte minutos. Pensaba en todos los posibles desenlaces para aquella situación. Sentí miedo, pero traté de disimularlo. Otro infructuoso intento de relajarme. Los pasos comenzaron a acercase hacia nosotros otra vez… Ya no perdí más tiempo, cargué el arma de forma tal que el sonido fuese un mensaje claro de que estábamos armados. El desconocido comenzó a correr en círculos. Mi padre y yo le gritamos que estábamos armados y volvimos a cargar el rifle y el revólver. Mi madre se despertó agitada y confundida por la somnolencia. Al vernos armados, se dio cuenta de que algo pasaba. Estábamos resueltos a salir, cuando el desconocido comenzó a alejarse a la carrera. No lo escuchamos volver. Permanecimos sobresaltados hasta que la primera luz de la mañana se asomó al fin. Salí, y mi padre lo hizo tras de mí. Revisamos todo el lugar. Lo que escuchamos llevar a rastras eran los leños que habíamos guardado para los restantes días. Intentamos localizar la soga con la que los habíamos amarrado, pero se la había llevado. ¿Por qué hacer todo aquel aspaviento para llevarse una soga? Mi madre dio un grito espantada. Mi padre y yo corrimos a su encuentro. En una de las ramas de un cedro, estaba nuestra soga dispuesta con un nudo de horca. No analizamos la posibilidad de que todo hubiese sido una broma de muy mal gusto; sin pensarlo dos veces, recogimos el campamento. 
En el camino de regreso, nos acordamos de los campistas que habían cortado la leña para varios días y que, quizás al igual que nosotros, tuvieron que abandonar sus planes y regresar a la ciudad. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s