Los calcetines rojos

John no podía encontrar su calcetín rojo. La superstición no era para él una cuestión de simple elección, sino el fatum, ese destino inexorablemente doloroso y trágico de no seguir ciertas reglas; reglas que, por extraño que pareciera, parecían haber sido grabadas en él desde el mismo momento de su nacimiento. Algo así como una intuición. Se batía con los farsantes que traficaban con las supersticiones como si no fuera un asunto serio y delicado. Los adultos y ancianos parecían interesados en sus llamadas de atención, mientras que los más jóvenes lo habían condenado al ostracismo. Ya sé que lo estarán pensando, y es que sí, sus padres hicieron todo lo posible por corregir aquel problema que, estaban convencidos, era psicológico, aunque todo terminó afianzándose. Aquello había llegado para quedarse. Los médicos les aseguraban que era solo cuestión de tiempo; desaparecería en cuanto cruzara el umbral de la pubertad. No les quedaba más que aceptar la excepcionalidad de su hijo y ayudarle a superar todos aquellos obstáculos, que lo aguardaban pacientes. De su boca emanaban nuevas supersticiones en una especie de fluir espontáneo sin origen o, al menos, sin uno del que él fuera consciente. ¿Cómo le sobrevenía la iluminación de cada nueva superstición? Por ejemplo, si veía a alguien regalando un reloj, era capaz de canalizar de dicha acción una energía negativa o positiva, y esta, a su vez, determinaba la naturaleza de la superstición —ya sabemos que estas no tienen porqué ser siempre desafortunadas—. Llevaba siempre una libreta de notas en la que apuntaba, como cuaderno de bitácora, supersticiones nuevas con las que se topaba durante sus actividades diarias. No pasó mucho tiempo para sentirse capaz de investigar cada una de ellas a fondo: rastreaba sus orígenes, las diversas versiones que existían de la misma, incluso llegó a profundizar en la desmitificación de algunas que parecían incuestionables. Aquello se había vuelto un magnífico pretexto para colmarse de valiosísimos conocimientos sobre las culturas ancestrales que lo apasionaban. Le hacía muchísima gracia escuchar sobre el infortunio que auguraba siete años de mala suerte al que rompiese un espejo. Aseguraba que lo peor que podría pasarle era el hecho de tener que gastarse dinero en la compra de otro. Esa no era una superstición real. Evitaba entrar en aquellos lugares donde los paraguas descansasen abiertos mientras escurrían la lluvia; nunca se levantaba con el pie izquierdo; siempre hacía que su abuelo le derramara una pizca de sal en los pies antes de cualquier examen. Esta superstición nunca le fallaba. De hecho, se afianzó como regla de oro en el hogar tras una ocasión en la que su madre prohibió al abuelo la ejecución de aquel ritual. Sus padres no creían que ceder ante las reglas irracionales de su hijo le estuviese ayudando. Como era de esperar, aquel fue el único examen que suspendió durante toda su vida académica, lo que dio mucho que hablar en las sobremesas. Tras aquel día, el abuelo siempre estuvo dispuesto —primero, antes de cada prueba y, más tarde, antes de cada entrevista de trabajo— a dejar caer el puñado de sal que guardaba en la mano. John devino un excéntrico para todos. Las pesadillas durante su infancia consistían en romper todas las supersticiones consideradas de mala suerte, dejándolo, durante todo un día, una sensación de estar asediado por la muerte; sensación que, con el paso de los años, fue abandonándolo, a medida que sus creencias se consolidaron. En la Universidad, cursó estudios de Ingeniería Civil, y se las apañó bastante bien para controlar su peculiaridad, que siempre le había aislado de los demás, y por ende, condenado a la impopularidad, no solo con los muchachos, sino, como era lógico, también con las chicas. Nunca faltaba la maldita superstición que terminara por arruinarle aquellas relaciones amorosas que se iban tornando serias. Se prometió un nuevo comienzo universitario. De ser un muchachito flaco y casi violáceo, de aspecto enfermizo, experimentó durante el primer año de la carrera importantes cambios físicos que le hicieron recobrar la confianza, hasta que por fin creyó ocupar un lugar en aquel pedazo de mundo que le había tocado transitar. Antes de su primera cita con una chica de segundo año de Arquitectura, le fue revelada la importancia de usar calcetines rojos para alcanzar una relación duradera. Todas las fuentes que consultó terminaron por confirmar su corazonada. Era su primera cita formal con Anna. Habían coincidido varias veces en la biblioteca, y a ella parecía interesarle el conocimiento que John tenía sobre supersticiones, que él hacía pasar por tradición familiar. No podía darse el lujo de espantar a Anna. Ella le comentó en una ocasión que no creía en esas cosas, aunque le gustaba conocerlas para evitar las que trajesen la mala suerte, «¡por sí las moscas!», y le confesó que nunca pasaba por debajo de un escalera. Él sonrió amablemente, y le aclaró que aquella no era una superstición real, sino más bien una cuestión de seguridad. Ambos rieron ante tal ocurrencia. Ella no tardó en preguntarle sobre otra superstición, menos conocida esta vez. John trataba de impresionarla, y agradeció haber leído unos días antes sobre la llamada maldición escocesa, conocida también como maldición de Macbeth. Le explicó que estaba prohibido pronunciar el nombre de la obra Macbeth dentro del teatro, pues su simple mención había derivado en auténticos desastres, y que incluso los actores tenían rituales para limpiar al teatro del conjuro. Ante el escepticismo de Anna, ambos decidieron asistir a una puesta en escena de dicha obra, y John aprovecharía para comprobar la veracidad de los rumores. El vértigo de gravitar en el centro de una superstición tan macabra no hacía sino incrementar la curiosidad. A la entrada, se encontraron un cartel que pedía encarecidamente a los espectadores se abstuvieran de mencionar el nombre de la obra dentro del teatro. Ambos se miraron asombrados e, insuflados de un espíritu de aventura, accedieron al interior. Fue aquel el momento en el que sintió que Ana podría ser esa persona a la que confiase su excepcionalidad. Después de aquel día, ambos se buscaban sin que el otro lo supiese, intentando simular una intervención del destino —quizás ambos necesitaban sentirlo así—. Habían quedado en ir juntos esa noche a un pequeño café francés que tenía fama de vender los chocolates calientes más deliciosos de todo Toulouse. John estaba dispuesto a darle a aquella amistad un giro de ciento ochenta grados. Faltaban solo diez minutos para que Anna llegase, y no era capaz de encontrar su otro calcetín rojo. No podía permitirse echar a perder aquella oportunidad. Desesperado, buscó en todos los sitios de su pequeña buhardilla. El reloj amenazaba con cada tic. Anna nunca había sido de las impuntuales. Pensó en la posibilidad de simular algún padecimiento y posponer el encuentro para el día siguiente, lo que le daría tiempo para ir a la tienda y comprarse un nuevo par de medias. Pero estaba convencido que tal excusa solo serviría para retenerla, y no podría reprimir revelarle sus sentimientos en el ambiente tan íntimo previsto. Anna llegó cinco minutos antes, lo supo por los tres toquecitos rítmicos que se iban volviendo recurrentes cuando llamaba a la puerta. Le pidió pasar al baño para lavarse las manos. Lo hacía siempre después de bajarse del metro o llegar de cualquier lugar público. Había sido enfermiza de pequeña, y había desarrollado buenos hábitos de higiene. Mientras ella se lavaba las manos, John permaneció sentado en la desvencijada butaca, que parecía un faro enclavado justo al lado de la ventana, desde el cual poder otear en la lejanía a los transeúntes desplazándose lentamente sobre el puente. Los envidiaba en ese momento, e imaginaba lo fácil que sería para ellos el no ceñirse a reglas irracionales. Pensaba en su deshonestidad, y en el probable desenlace que tendría aquella relación que parecía cobrar brío con cada día que pasaban juntos. Anna salió del baño con el calcetín que John había estado buscando infructuosamente; fue entonces cuando se reanimó. Anna contempló el mismo puente lleno transeúntes, pero sin sentir envidia de ellos. Esa noche, no solo se calentaron con los chocolates; los rayos impertinentes del sol atravesaban el descolorido vidrio de la ventana, proyectando una mustia escala de rojos. John no pudo dormir en toda la noche; se la pasó fabulando sobre la posibilidad de que todo aquello hubiese sido un sueño. Estaba dispuesto a mantener una vigilia perenne y sustituir la tediosa realidad por aquel estado de placer que escapaba a toda descripción. Esa mañana, desayunaron juntos compartiendo la desvencijada butaca, y jugaron a adivinar en silencio las formas que se ocultaban tras la espesa neblina: el puente permanecía quieto, los transeúntes le habían dado al fin una tregua. John volvería a usar aquel día sus calcetines rojos, por sí las moscas. Anna, desde la puerta, no pudo aguantar el deseo de decirle lo mucho que le gustaban sus calcetines verdes. 

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