La paciente

De tiempo en tiempo, el doctor Clappier echaba un vistazo a la paciente que yacía afiebrada y sin indicios de recuperación. «He hecho todo lo que he podido. Ahora tengo que aprender a lidiar con la incertidumbre», repetía esta frase, casi literal, cada vez que sus esperanzas eran arrasadas como los suelos de labranza después de la cosecha. Serena Greer, así se llamaba la joven de la que sólo conocía el nombre; también conocía los nombres de los familiares, los cuales se habían mostrado sumamente atentos desde su llegada. Sentado en una silla de madera, justo al lado de la chimenea, se tocaba el dorso de la mano. Las manos le sudaban bastante, se atrevería a pensar que mucho más que la frente de la enferma.
El doctor había llegado a aquel pueblo hacía apenas nueve horas. No le había dado tiempo siquiera a darse un baño, cuando el señor Greer, desconsolado, tocó a la puerta de su casa y le rogó que fuera a ver a su hija. Durante el camino le contó que la fiebre era constante, y que desde el día anterior la muchacha no despertaba. El señor Greer se había enterado de que Víctor era doctor, gracias a su amigo, el señor Bolton, que era el arrendatario del lugar donde el doctor emplazaría su consulta. Hacía meses que no contaba aquel pueblo con médico alguno.
Entre los planes del doctor no se hallaba el comenzar a consultar de inmediato. Hubiera preferido asentarse completamente en su nuevo hogar y permitirse un breve paseo por las calles. Le gustaba aprovechar el desconocimiento de su profesión por parte de los habitantes, para así conocerlos un poco mejor. Es naturaleza humana archiconocida, la tendencia de mentir a los demás, e incluso a nosotros mismos: el aparentar sobre todo ante aquellos que consideramos, que en la jerarquía social, se encuentran en escalones superiores. Por momentos, la adulación se vuelve grotesca.
El doctor no había encontrado aún ese lugar ideal en el que el hombre maduro busca echar raíces. Cursaba el segundo año de medicina en Stanford, cuando dieron la noticia de la muerte de sus padres; había sido causada por una neumonía que fue bastante común durante los años del Dust Bowl. Los niños escapaban a jugar en las dunas que habían quedado como testimonio de la oscura tormenta de polvo, y bajo las cuales, muchas familias habían terminado por enterrar a sus muertos. George, el primogénito de los Clappier, que ya estaba desposado, se encargaría de los negocios de la familia mientras que su hermano terminaba los estudios.
Víctor siempre pensaba en la muerte de sus padres cuando permanecía como un centinela a los pies de la cama del paciente. Estaba seguro de que llegaría ese momento en el que no pensara más en la muerte de los padres con culpa. Las rollizas mejillas de Serena desentonaban con el tono de piel azulado que se extendía por todo el rostro y manos. Víctor no deseaba abandonar la habitación. Una intuición le sugería que, de poner un pie fuera de aquella finca, la muerte de la muchacha sería cuestión de poquísimas horas; se sintió por vez primera esclavo de su profesión, ¿o de Serena? La silla que le servía de posta fue acortando la distancia que lo separaba de la cama, hasta que por fin estuvo lo suficientemente cerca como para disfrutar el rostro nacarado de la joven y hundir sus dedos en el cabello largo y sedoso. Serena emitió semisollozos en sordina. Él acarició sus mechones y agarró su mano. Después de dos noches consecutivas en vilo, terminó rendido de sueño.
—Debes hablar mañana con él. No creo que esté bien eso de estar encerrado tantos días ahí —susurró la señora Greer desde una de las butacas que estaba en el estudio de su marido.
—El sabe lo que hace, mujer. No hay nadie mejor para cuidarla que un médico, ¿no crees? —arguyó el señor Greer que andaba haciendo cuentas en un libraco.
—Me da pena verlo así. También me llena de pesadumbre el hacerme a la idea de que nuestra Serena no tiene esperanzas. Hoy, cuando la criada cambiaba las sábanas y ropas, pude hablar con él en el pasillo. Tiene mucha más fe de la que albergo yo. Siento pena por él, y por nosotros. Pero sin dudas, más por él.
El señor Greer echó a un lado las cuentas. Se sentó junto a su mujer, y dejó que esta recostara su cabeza sobre su hombro. Ambos se quedaron un largo rato al calor del fuego que los abrigaba del impiadoso invierno que se ensañaba con los caminantes.
Víctor y Serena vestidos de novios caminaron por un pasillo lleno de pétalos de rosas, rodeados de familiares y amigos que eran arrobados por el follaje y el piar de los pájaros. Era una bellísima decoración en medio del campo. «Serena, acepta usted a Víctor para ser su esposo, para vivir juntos en sagrado matrimonio, para amarlo, honrarlo, consolarlo y cuidarlo, en salud y en enfermedad, guardándole fidelidad, durante el tiempo que duren sus vidas? Sí, acep…» El rostro perlado de Serena se ennegreció súbitamente, hasta que el cuerpo cayó al piso echo cenizas.
Víctor lanzó un alarido febril que despertó a casi todos en la casa. Estaba en la cama junto a Serena, su esposa. Adornando la pared, había retratos de ellos dos acompañados por sus tres hermosas hijas.
—¿Otra vez la misma pesadilla? —Serena, con prontitud, le pasó un vaso de agua que tenía justo al lado de la cama y se acomodó unas almohadas en la espalda. Una vez que estuvo sentada y cómoda, y que Víctor había terminado con el agua, ubicó la cabeza de este sobre sus muslos. Adentró los dedos sobre el espeso cabello y comenzó a acariciarlo.
—Si no pudiera salvarte, me muero —agregó Víctor con la voz carrasposa y débil.
—No estoy enferma. Y deja ya de pensar en esas cosas tristes que ya pasaron. Vamos, intenta dormirte otra vez.
Con esa voz tan melodiosa, Serena le tarareó una de las melodías con las que conseguía dormir a sus hijas. Pensó en cómo aquella enfermedad, que le había dado un buen susto durante su juventud, había traído consigo al mejor esposo que una mujer pudiera desear.

Un pescador de orillas 


Ancló al lado de la orilla. Había olor a tierra húmeda y el cielo se había tornado grisáceo con vestigios de luz que se filtraba a través de nimbos. Estaba convencido que llovería. A esa edad, ya nada le tomaba por sorpresa. Los pliegues del rostro tenían la capacidad de almacenar, por horas, el sudor del viejo, de deformar sus gestos, tornándolos ambiguos, e incluso, indescifrables. Se sentó con su termo sobre los guijarros enmohecidos que yacían cerca del pequeño muelle. Tomó un sorbo de café y con una mirada anémica contempló a Libertad; así había nombrado su bote cuando lo compró tras empeñar casi todo el dinero que había hecho trabajando en el puerto en Boston. Nada le daría mayor libertad que un bote. Había algo realmente mágico en el mar: quizás eran meras reminiscencias del umbral de la vida, cuando sólo alrededor nuestro había líquido amniótico; o quizás eran reminiscencias de aquellas primeras especies originadas en el mar. Cuando se llega a la vejez, el silencio se llena de sonidos; del sonido de los pensamientos; pensamientos que casi nadie pagaría por escuchar.
El oleaje comenzó a hacerse notar. El salitre en sus labios se mezclaba con el café, dándole un sabor imposible de conseguir de otro modo. De su mochila de tela, sacó una libreta y se puso a escribir:

            “Ojos desorbitados emergen del satén azul
             Sabía que eran tuyos
             Tus crispados montes me abrazan
             Confieso que temo 
             Una brisa cantarina me sumerge
             Nadie me hizo dudarte…”

No se había aventurado, jamás, a ir más allá de unos cincuenta pies de la orilla. Una vez, cuando nadie le había visto por varias semanas, se le ocurrió contar su primera mentira y era que había estado en el mar tratando de pescar un marlín gigantesco. Describió con lujo de detalles aquella imaginaria odisea; odisea que por lo que contó a gritos en el bar, casi que le costó la vida. Cuando regresó esa misma noche a su pequeña casa flotante, se avergonzó de tener a Libertad prisionera de las orillas. «La valentía es cosa de jóvenes, no de viejos. Sí, definitivamente es menos riesgoso mentir», se repetía una y otra vez, siempre que la conciencia le abatía.
Aquella tarde en la que, sin disimulo, la tempestad se asomaba, esas mentiras le parecieron imperdonables. El día anterior había escuchado a Ron decirle bajito a un grupo de pescadores: «el viejo Jim se volvió loco. ¿Quién le puede creer que haya pescado, él solo, un marlín de más de mil libras? Y cuando le preguntaron por el pez, pues dijo que la sangre del marlín atrajo tiburones y que estos se lo habían comido casi todo. Mentiras, y más mentiras. Está decrépito.» Llegó a la conclusión aquel día, que si lo habían escuchado atentamente era por condescendencia, compasión o entretenimiento. En cuanto comprobó que era el hazmerreír, pues optó por no regresar al pueblo.
Recordó que el granuja, David Truman, quería comprarle el bote, pero vender a Libertad le sugeriría fácilmente a la muchedumbre de conocidos pescadores, el epitafio que figuraría en su tumba: “Aquí yace Jim Freeman, el pescador que vendió su Libertad”. «Ningún buen pescador, al menos de los que conozco, ha vendido su bote o barco. Pero, ¿se podría decir de un pescador de orillas que es un buen pescador?» Las palabras de Ron se mezclaron con las suyas, hasta ese punto en el que los límites que permiten identificar a la persona responsable de haber dicho esto o aquello, se difuminaron.
Casi nadie cree esas epopeyas que narran los libros famosos. A diferencia de muchos, Jim creía fervientemente que para el hombre los mitos eran tan imprescindibles como lo veraz; y que siempre y cuando conservasen cierta funcionalidad, pues las personas se aferrarían a dichas leyendas como si fueran ciertas, y no sería tarea fácil el convencerles de lo contrario. ¿De cuántos mitos se moriría preso el viejo Jim? Pervivía la concepción de que una persona sólo podría probar su valía, abocándose voluntariamente hacia el peligro. ¿No era eso un acto de pura soberbia o irracionalidad? ¿Por qué no les era suficiente con la fabulación? El viejo Jim terminó creyéndose sus propios delirios.
Recordó entonces a Elena. La había amado intensamente. Ella en cambio, aunque pareció corresponderle, no podía amar a un pescador de orillas. Ninguna mujer de pescador podía permitir aquello. La vergüenza terminó venciendo al amor, del que muchos aún piensan que todo lo puede. A veces no. Estaba convencido de que era un hombre de mar, aunque Dios lo hubiese creado con la peor de las imperfecciones: pertenecer a un lugar al que a su vez temía. Era un tonto pescador de orillas. Es un incómodo lugar para habitar, ese que hay entre el mar profundo y la tierra. Cerca de las orillas, casi nunca suceden aventuras que sean dignas de contar. Tampoco oteando desde tierra firme. Sólo los mediocres se complacen con las riberas, ¿o quizás los realistas?
Comenzó a diluviar y Jim corrió hasta su bote. Las olas se rompían contra los postes astillados del pequeño muelle. Ante la oscuridad con la que las nubes amenazaron al empequeñecido pueblo, las luces comenzaron a encenderse como reacción en cadena. Las olas alcanzaron a Jim y lo zarandearon. El oleaje no le daba margen de asegurar su embarcación. Se lanzó sobre esta y oteó una vez más a su pueblo, del que jamás había salido. Nadie lo extrañaría si el mar se lo tragara. Le sobrevino una inexplicable soberbia de salir en busca de historias reales que contar.
En un lapso de pocos segundos, su cuerpo experimentó una sensación similar a la de un cuerpo en combustión, y observó cómo la piel de sus manos se atersaron, y comprobó que también su rostro había recobrado la juventud. ¿Le estaba dando Dios una última oportunidad para que dejara de ser un pescador de orillas, o era aquello la apoteosis de su locura? Sus manos, insufladas de voluntad propia, desamarraron a Libertad. No tuvo forma de poder controlarlas. El mar encolerizado adentró el bote rápidamente en sus entrañas. Las manos febriles remaron, a Libertad, mar adentro.

Máscaras

Víctor es un querido amigo. Esta amistad fue forjada durante uno de los cursos de apreciación cinematográfica que impartía un doctor de apellido Rosado, el que hacía una especie de entrevista con el objetivo de determinar quienes conformarían el grupo de los elegidos que asistirían a estos encuentros, tan en boga en aquel momento. No voy a negar que aquellos cursos me vinieron como anillo al dedo, pues la verdad que todo análisis que hubiera hecho de un material audiovisual hasta aquel entonces, eran puramente intuitivo, y como si de un texto narrativo se tratase. Después de unos cuantos meses el curso terminó, pero Víctor y yo habíamos devenido casi inseparables. Nos sentíamos muy a gusto juntos, y cada uno encajaba perfectamente en el ámbito del otro, cosa difícil muchas veces.

     Después del curso de  Dr. Rosado, nos metimos en unas tertulias. La primera a la que asistimos quedaba cerca del cine emblema del Vedado, el Charles Chaplin, cuyo portal es uno de los puntos de reunión de la farándula intelectual. Nosotros la verdad que  a ese ambiente le hacíamos un poco de rechazo. Los encuentros no eran frecuentes, eran sólo cuando la artista y crítica de arte Claudia Carballo, tenía invitados o colegas de ellas: argentinos, españoles, uruguayos, incluso hubo una americana llamada Ruth Goldberg que dio una charla bastante amena y para nada densa sobre el camino del héroe en The Lord of the Rings. A ese encuentro fue al que Víctor y yo asistimos. Creo que Ruth habló alrededor de cuarenta y cinco minutos, lo restante era el intercambio de ideas de todos los allí presente o pasearse por el primer piso del vetusto duplex, en el cual Claudia exhibía cuadros de artistas emergentes. La verdad que en Cuba las pocas galerías de arte sólo exponen a los artistas oficiales. Los nuevos, que se jodan; bueno a no ser que se disparen internacionalmente, ahí sí que hay que buscarles espacio. Nada, que no se trata de cuán bueno seas, sino de cuánto te sepas mover entre las llamadas «vacas sagradas´´.

Víctor estuvo estudiando Diseño Industrial, pero me cuenta que esto no le satisfacía del todo, y nada, que terminó haciendo las pruebas para Diseño Escenográfico en mi Instituto. A él le fascinaba el cine, y yo podía aportarle jugosa información sobre nuevas películas, cursos que daban en mi facultad, y a su vez, él me ayudaba con la Dirección de Arte de mis cortometrajes. A diferencia mía, Víctor sí que procedía de un una escuela elemental de arte. Yo sin embargo, había seguido la línea de las ciencias, hasta aquel momento en que decidí dar un paso fuera de mi zona de confort y tomar, aparentemente, una dirección completamente opuesta, criterio que no necesariamente comparto.

     La verdad que me las veía fea para aguantar la semana o quincena con el dinero con el que mi mamá me proveía. Ella, como cuentapropista, se le hacía muy difícil como a todo el mundo, conseguir el dinero. Yo era incapaz de pedirle más. Ella tenía la carga de mi bisabuela, que estaba encamada, de mi abuela, que aunque le ayudaba ya sufría los achaques irrebatibles de la edad, y de mi hermanito de dos años. Mi mamá no me perdonaba, y era incapaz de entender, que yo tuviese que quedarme algunos fines de semana en la escuela. La verdad que era extremadamente difícil tratar de leer los textos de Eco, Nietzsche, Foucault, Derrida, Ortega y Gasset, en la dinámica de mi casa, con los gritos de mi bisabuela que emulaban con los de mi hermano; mi abuela molesta cantaba en la cocina un amplio repertorio de boleros, y yo fungía como mediadora en aquella ola de tensiones y desafueros. Después de poner a las tropas en orden, la que no podía luego retomar el ritmo de la lectura era yo. En fin, toda una Odisea. Por ello decidí que aunque lloviera, relampagueara o cayera truenos, cuando tuviera que estudiar para pruebas o exposiciones, me quedaría en la escuela, y ya me las ingeniarla para estirar el dinero. 

    Víctor nunca hablaba de su familia, solo sé que vivía en San Miguel del Padrón. No me sentí nunca con la confianza de volver a preguntarle, pues recuerdo que la primera vez sólo me dijo donde vivía y me cambió la conversación con mucha delicadeza. Siempre quería escuchar qué guión estaba escribiendo, y me hacía dramatizarlo. Hasta él terminaba apropiándose de alguno de mis personajes, y los que eran femenino eran su especialidad, pues usaba mi ropa y se enrollaba una toalla en la cabeza, la que acariciaba y olía como si de mechones se tratasen. Mis compañeras de cuarto se arrastraban de la risa con sus ocurrencias. Fue él quien me hizo pensar en incursionar seriamente en la actuación. La idea me sedujo; pues actuar no era algo ajeno. Había formado parte de algunos grupos teatrales a nivel escolar y de municipio. Dentro de la carrera, sentía un especial deleite trabajando con los actores, o escribiendo las biografías de los personajes. Se escurre el tiempo en la actividad obscena de observar a los transeúntes mientras espero en la parada del ómnibus. Hilvano sus historias. Casi siempre comienzo por la mano derecha, donde se lleva el  anillo de casado, busco cicatrices, analizo su postura, su ropa, y sus ojos, en estos últimos era en lo que me detenía por mucho más tiempo. Siempre me han dicho que aunque sonriera, tenía una mirada muy triste. Pasé incontables horas frente al espejo tratando de cambiarla, de hacerla desaparecer, sin embargo es una de las pocas cosas translúcidas de nuestro ser, es incorruptible, es como si la mirada fuera lo único autónomo de los mandatos dictatoriales de la mente.  Aprendí a amar y abrazar esa mirada.

     Estando un día en el Fresa y Chocolate, en una fiesta con motivo de la clausura del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, Mariam una amiga de Víctor que estudiaba dramaturgia, se nos unió en compañía de tres muchachos. No alcancé a escuchar sus nombres aunque ella nos los presentó, pues la música estaba  «a todo meter´´ . La pasamos super bien, bailando, y no faltaba quien se apareciera con un vaso de cerveza que después circulaba pasando de boca en boca. Nada, que a esa hora tú no estás para ser escrupulosa, te dejas llevar por el flow. No tomé mucho, pues el sabor de la cerveza nunca ha sido de mi agrado, y nadie estaba para ver la cantidad que bebías, ¡total más quedaba para los otros! Nos pusimos de acuerdo para irnos juntos, pues casi todos eran del Instituto o de la zona de Playa. Caminamos, y no se me olvida que el aire fresco de la noche era una bendición para mi cuerpo sudoroso y cansado. José Armando, el muchacho más alto, se me acercó. Víctor le había contado de mis supuestos dotes para la actuación, que ¡no eran para tanto! No soporto crear falsas expectativas, y aún más cuando ni yo estoy segura de tener el suficiente talento. No tuve tiempo de interrumpirle, y ya me estaba dando la dirección donde su grupo de teatro ensayaba. Quería que llegase una media hora antes para hacerme un pequeño casting, y me preguntó al final de toda la arenga, que si estaba interesada. Miré la dirección que había escrito en la palma de mi mano, y sin pensarlo dos veces asentí. Nos montamos en el ómnibus  y cada uno fue bajándose en sus respectivas paradas. Víctor, Mariam y yo, íbamos hasta el final de la trayectoria. No teníamos muchos deseos de conversar pues la verdad que estábamos agotadísimos. Mariam era de pocas palabras, al igual que yo. Víctor se estaba quedando dormido, y en un momento en que el ómnibus se detuvo, envistió uno de los tubos verticales del que se aguantaba, y no se volvió a dormir en todo el trayecto. Nadie, estaba allí para reírse de aquello, sólo nosotras, y el chofer que a aquella alta hora de la noche, probablemente manejaba como por inercia. 

     Al otro día no pude levantarme para ir a la biblioteca como era de costumbre. Me puse la almohada en la cara para bloquear el golpe del sol a través de los cristales, y no me desperté hasta alrededor del mediodía. Me levanté sin pensarlo pues no soy persona de dormir mucho, y cuando lo hago me lo reprocho. Pero la noche anterior me había llevado duro. Mi cuerpo tuvo que sintetizar mucho de un solo golpe. Caminé rumbo a la biblioteca con una resaca que trataba de camuflajear a toda costa. Pedí algunos libros que habían sido parte de la bibliografía propuesta por los profesores. Obviamente, los únicos ejemplares de cada libro ya estaban en manos de otros estudiantes, por eso en la biblioteca había que madrugar. Es todo un desastre aquello, un sólo ejemplar de los libros de sociología de Harold Hauser, de El Príncipe de Maquiavelo, de la Poética aristotélica, y la lista sería interminable, y los que nos entraban en aquella lista, era porque simplemente nos los tenían. Y la videoteca de mi facultad audiovisual, era un pequeño espacio de cuatro por cuatro, que se las ingeniaba muy bien para no tener lo que necesitabas. No obstante tenía unas cuantas amistades que me conseguían las películas y me las daban en un flash drive, para luego pasar por el suplicio de encontrar una computadora o un equipo en el que pudiera verla. A veces tenía que devolver la memoria flash sin haber visto el filme. Pero nada de amilanarse. 

     Pedí en cambio El Reino de este Mundo; sentí deseos de releerlo. A veces pensaba que lo que me gustaba era todo el tema del realismo mágico, pero creo que la verdadera atracción era por las escenas de violencia. Tenemos un vicioso vínculo con la violencia, con el sexo no moderado, en cambio lo reprimimos, y terminamos mirando el sexo desde una perspectiva erótica y la violencia desde una perspectiva de autodefensa. Eso se le escuché a algún profesor, y fue como sin me mascullara al oído, como si toda la explicación de aquel día fuera especialmente dirigida a mí. Ver Crash de Cronemberg, El Imperio de los Sentidos, hizo que fuera dando sentido a esas piezas que estaban sobre la mesa pero que aún no sabía en qué área del mi puzzle iban.

 Llegó el día en que sería captada para el grupo de teatro Underground, sobre el cual, con todas mis recurrentes digresiones olvidé contarles. Este grupo surgió hace apenas unos sietes meses y entran en el mundo de los artistas malditos de la dictadura cubana. Resumiendo, no tiene un lugar fijo donde presentarse, la fecha de puesta en escena se hace saber el mismo día para evitar que la policía irrumpa dando palos a cuanto respire allí. Supe esto después de que José Armando me comprometiera con el grupo al que ni conocía. No tolero la hipocresía de aquellos artistas que en su casa critican al gobierno y citan a este liberal o aquel filósofo y desmenuzan el sinsentido de este sistema anquilosado y genocida, ¿pero qué carajo hacen? ponerse una pulover con frasecitas en Inglés un poco picantes. Claro, esos artistas  se mantienen muy lejos de los límites, porque sino bye bye a los viajecitos, a la internet en las casa, a los trabajos con frecuencia, a las publicaciones, a los espacios televisivos. Al final esos pulovers y declaraciones a puerta cerrada son parte de su material de marketing, de lo que los hacen cool. Este era el momento en el que me definiría, o devendría una de de esos artistas que se mantenía al margen, o formaba parte de aquel grupo que no pretendía dar un espectáculo sino abofetear y esgrimir verdades lacerantes. Estaba decidida a ser parte de ese proyecto. 

     Llegué a casa de una de las muchachas del grupo, Sonia. Su apartamento estaba al frente del parque John Lennon. Nunca había visto la estatua. Había escuchado que le tenían a un sereno custodiándolo para evitar que le robasen los espejuelos al Beatle, que cada vez eran más frecuentes.

      Antes de llegar al apartamento, me llegué a la famosa estatua, que Fidel había comisionado, después del encarcelamiento en campos de trabajo forzado y prisiones a más de 35000 religiosos, homosexuales, y todos aquellos que no entraran en el estereotipo de hombre macho de la revolución. Ahora acompaño a Lennon por breves minutos, y siento estar ante una de las tantas contradicciones, y la soledad sin nombre de Rilke me sobreviene. 

     Para el casting, presenté el final de Las Penas Saben Nadar, la había montado para la clase de dirección de actores, pero nunca me había atrevido a hacerla. Rompí en un llanto sostenido del que no encontraba la puerta de salida. El personaje se había apoderado. Quizás yo, estaba sentada riéndome de mí misma, o tomando un respiro mientras fumaba un cigarro. José Armando me tuvo que abofetear, y la verdad funcionó. En un primer momento hubiera querido que el método no hubiera sido tan drástico, pero después de tomar un vaso de agua, él me habló de lo sucedido, y de algunas formas de salir por uno mismo de aquella situación; mientras hablaba, comencé a recordar la bofetada con cierto morbo. Traté como es lógico, de exiliar de mi cabeza aquellos pensamientos, que quizás eran los equivocados. José me pidió que me quedara para conocer a todo el grupo y presentarme. Hasta ese momento no sabía sobre su decisión. No negó que había muchas cosas que debía pulir, pero que veía en mí un coraje que a veces atemorizaba, y una necesidad de decir cosas que no podía dejar escapar, y por supuesto potencial. En la nueva obra que comenzarían a montar esa semana había un personaje que se podría decir era una especie de bruja que habitaba en una gruta. Esta historia casualmente a diferencia de las otras que habían hecho, tendría un fuerte componente real maravilloso, y digo casualmente, pues me acababa de releer el Reino de este Mundo, y esa es una de las primeras intertextualidades de la obra en ebullición.  Él aún no tenía muchos detalles, pero se usarían unas máscaras que habían sido encontradas junto a algunos vestuarios en una de las tantas salas de cine, cuya última función había sido la los espectáculos humorísticos y musicales. El encuentro de las máscaras fue lo que motivó a Mariam a escribir la obra. José Armando daba gracias la providencia,  lo que creo era pura retórica, no creo que el profesara fe alguna, de que un amigo de Mariam, Carlos, entrara al cine que estaban a punto de ser convertido en un parqueo provisional, y pudiera rescatar muchas cosas útiles. Me di cuenta que para mantener el grupo había que estar viviendo de todo tipo de ayuda. No se cobraba por la función, pero muchos colaboraban de una forma u otra.

     Lo integrantes del grupo se presentaron y me dieron la bienvenida. Fue entonces cuando  noté que era la más joven de todos. La mamá de Sonia, nos hizo un café apenas llegó. Aquel fue el café más delicioso que había tomado; le había echado sólo un poquito de canela. José Armando sacó las copias de los panfletos y los repartió de acuerdo al personaje de cada uno que ya venía connotado con un marcador azul. Cada uno se sentó donde más le vino en gana. Algunos se sentaron en el suelo, otros, a un lado en la puerta, supongo que para tener la ventana cerca, Boris y Sonia se relajaron en el sofá. Otros tres y yo estábamos sentado en la mesa del comedor.  

     Sonia y su mamá vivían solas, y supe esto porque le pregunté a José, cosa que me repruebo pues detesto que me vean como alguien atrevido haciendo preguntas que no son de mi incumbencia. La madre nos apoyaba cien por ciento. Por el modo en que vivían, puedo inferir que la vida de amabas era muy liberal, y por ello me refiero a que cada una respetaba, no se inmiscuía en la vida de la otra. Habían libros por cuanto rincón anduve en mi búsqueda del baño. Han estado apilado allí por tiempo pues tenían una leve capa polvorienta que hizo revelar mi ubicación al hacerme estornudar. Se suponía que hubiese estado en el baño, y no curioseando por los alrededores de una casa ajena. Somos propensos a querer curiosear la vida de los otros, y querer saberlo todo, por eso nos seduce los chismes, las películas, las novelas, las pinturas cuyas pinceladas nos revelan a los personajes en su intimidad. No giramos la mirada, si no que nos dejamos seducir, escudriñamos cada detalle, queremos tocar todo con los ojos, hilvanar una historia, revivir sensaciones.

     Leímos el texto, dejando para otro día el ensayo de las cadenas de acciones. Cada uno al final comentó sobre su personaje, aunque los aportes vinieron de todos lados. Básicamente, la obra comenzaba con un ritual de máscaras que tratan de conectar a la persona con su espíritu animal, como en las culturas chamánicas. La obra parte de que alguien encuentra las susodichas máscaras, y es lo que sirve de punto de partida a la historia, la que tiene momentos mágicos en una realidad dura que todos se resignan a aceptar, y de la que de una forma u otra todos quieren escapar, que sería como el escape de Mackandal en la obra de Carpentier. Aún no se sabía si yo debía usar máscara o no, y señalé que si debía llevar laguna, la del cuervo sería la más idónea. Y expliqué el porqué de mi apego por el cuervo: además de ser el portador de la magia, podía proporcionar todo el valor para entrar en «la oscuridad del vacío, el hogar de lo informe´´, además de ser el espíritu animal indicado si deseas aprender sobre tus miedos internos. Nada, después de esto, todos se mostraban impresionados, y comenzaron a preguntar sobre el simbolismo de cada animal: oso, ciervo, lobo, perro, lagarto, caballo, búho, búfalo, águila. Les fui diciendo lo que recordaba de mis lecturas sobre chamanismo, tema que me fascinó desde que me topé con Las enseñanzas de Don Juan. Los muchachos ahora le buscaban una nueva relación a su personaje con el animal que representaban. 

     Ya habíamos ensayado varias veces pero en ausencia de las máscaras. Me preocupaba pues que tal que tuviéramos alguna reacción al ponérnosla, pues vaya a saber cuánto tiempo habían estado en las ruinas de aquel cine cerrado. Las máscaras cubrían completamente el rostro y cabeza, y eran abyectas, como si realmente hubiesen sido elaboradas por los mismísimos indios Sioux. 

     En la escuela, mis compañeros de aula se olían que andaba en algo raro, pero yo guardaba  la noticia como secreto de estado. Sólo Víctor sabía cómo iba todo con la obra. Era el único en el que podía confiar; después de todo había sido el artífice y responsable de que estuviera allí. Realmente no contaba con mucho tiempo para estar juntos como antes, pero siempre estuve procurando verle. Aunque eventualmente, nuestros encuentros fueron cada vez más casuales. Me fui aislando y me pasaba tardes enteras con José Armando y Sonia. No me había quedado claro si ellos tenían alguna tipo de relación íntima. No me atrevía a preguntar tampoco. El casi siempre estaba en su casa, ella que yo supiera, no tenía novio, y la madre que si tenía un marido, se quedaba fuera por varios días. La libertad de Sonia era envidiable. Ese día estuvimos viendo una película independiente que llevé de Chabrol, La Ceremonia. El final en el que asesinan a la familia nos dejo en shock, pues al menos yo no lo vi venir, y a juzgar por la reacción de José y Sonia, creo que ellos tampoco. Sonia me dijo que era tarde, que no encontraría a esa hora ómnibus y los taxis serían carísimos. En realidad no tenía dinero para nada más que no fuera transporte público. No me pareció mala idea, ella me prestó incluso un camisón largo para que me pusiera después del baño. Era la primera vez que me quedaba en casa de alguien que no fuera familiar o la beca.  En cuanto salí del baño me acosté en la cama donde ella dormía girada hacia el lado opuesto, y trate de contener la sensación de extrañeza. Traté de dormir. En unos diez minutos que fingía estar dormida, José se abrió paso entre nosotras, como Moisés lo hiciera con el Mar Rojo. Pensé que se había marchado. Escuchaba su respiración. Se giró hacia mí, y lo pude saber porque ahora su respiración chocaba contra mi cara, como olas que pretenden carcomer la roca. Tenía temor que mis palpitaciones revelaran mi estado de falsa rendición. Casi que a fuerza de fingir el sueño, estuve a punto de caer en brazos de Morfeo, cuando sus dedos acariciaron mis labios. Debería haberme despertado mas dejé que los acariciara. Pondría límites a las caricias, no iba a ser tan concesiva a todas. Pero para mi sorpresa solo acarició mis mejillas y labios por unos minutos que me parecieron eternos y se durmió posiblemente antes que yo.

     Al otro día me fui temprano para la facultad que quedaba cerca, y ellos permanecieron acostado juntos y abrazados. Lo que había pasado no lo contaría jamás, pero fue uno de los momentos más intensos que puedo recordar. Ese día intenté, quizás sin poder lograrlo, actuar normal y olvidar aquella sensación que se aferraba en quedarse y que estoy casi segura que se volvería peor cuando le viera. 

     Ese mañana llamé para informar que debía quedarme estudiando par una prueba que tenía al otro día. Dejé el mensaje con Boris, uno de los integrantes del grupo, y a juzgar por su físico, podría acuñar que era el mayor de todos. Fui a buscar a Víctor al cuarto de sus amigos, pero me dijeron que ya no se estaba quedando en la beca. Le quería contar lo sucedido. Asistí esa tarde al cine 23 y 12, y después al café literario; apenas me alcanzó para un café, que verdaderamente necesitaba. No podía darme el lujo de perder la poca y mala comida que daban en la escuela, así que regresé antes de que cerraran el comedor. 

     Llamé a Sonia para saber al otro día a qué hora sería el ensayo, ella antes que nada me preguntó que si estaba bien, y le dije que sí, que sólo necesitaba ponerme al día con algunas asignaturas en la escuela. Quedamos en vernos todos a la siete y media para ensayar con los vestuarios de una vez.  Estuve puntual. Boris y Sonia chismeaban en la cocina en lo que colaban el café, y yo los miraba y pensaba si Sonia habría templado con todos los hombres del grupo. Pensamientos morbosos sobrevinieron pero los espanté; me sobrepuse a ellos. Decidí en cambio mirar alrededor del bohemio apartamento en busca de algo en lo que fijar la atención. Llegaron casi todos los muchachos de golpe pero era raro que José Armando, por el cual que todos preguntaban, no hubiese llegado. Era como si existiera una providencia que estuviera jugando a alargar mi reacción ante su presencia. Llamó entonces para decir que el ómnibus en el que venía tuvo se había roto en medio del túnel de Miramar, y ahora esperaba el siguiente.

     Cuando tocaron a la puerta, sabía que a esa hora sólo podía tratarse de él, traté de manejar cualquier conducta que revelase que ansiaba verle. Tampoco era bueno mostrarme indiferente pues ambas reacciones serían fuertes evidencias de lo mismo. 

A esa hora decidimos postergar el ensayo para el otro día. Estuvimos de acuerdo. Boris y Marcel, sacaron unas botellas de ron que llevaban consigo; según ellos las botellas serían para alguna fiesta en las que se metieran después del ensayo. Sonia propuso hacer la fiesta allí, y como la madre no estaba, no habría objeción alguna en cuanto a la hora en que se debía terminar. No había bebido tanto en mi vida. No sé quien sacó los porros, ni quien me lo pasó. Tosí muchísimo como todo primerizo. Mis miradas a José Antonio devenían cada vez más intencionadas. Toda compostura se iba deshaciendo. Él sonreía en la otra esquina y nos miramos por un rato, mi cabeza daba vuelta y el alcohol hacia un hueco en mi estómago como la larva de un volcán que avanza hasta dejarlo todo desértico. Reíamos incontrolablemente; lo último que había comido, que eran unos hongos, me hizo regresar al sofá en el mismo instante en que intenté levantarme. Alguien dijo que nos pusiéramos las máscaras y en tono burlesco y jodedor, incitó a entrar en sintonía con cada uno de nuestros espíritus animales. Cada uno escogió uno al azar. En apenas solo dos horas de fiesta, nadie estaba lo completamente lúcido como para dar fin a los excesos. Todos tenían sus máscaras puestas, y me alcanzaron la mía. Me la pongo, y solo siento mi respiración, las pulsaciones, la boca seca y mi cabeza girando. Logro levantarme y unirme al ritual pseudoshamánico que tenía lugar en la sala. Iban pasando uno a uno al centro de la rueda e imitaban el sonido de su animal mientras los otros daban brincos. Algunos se caía, y volvían a levantarse. Ahora solo veía aquella rueda que antes estaba llena de colores, hundirse en una oscuridad. Traté de quitarme la máscara pero no encontraba la fuerza suficiente. No sé quien me empujó hacia al centro, incitándome a continuar el ritual. Solo veía formas antropomórficas que ahora devenían animales grotescos, el hedor que despedían me ahogaba, ahora me acorralaban, dispuestos todos a despedazarme. Comencé a graznar fuertemente y contrarrestar los ataques. Comencé a picotear hasta que caí ente la ceguera total que se apodero de mis ojos. 

     A la mañana siguiente desperté de cara a las lozas frías del piso, y apenas podía abrir los ojos. Toda la maldita noche me la había pasado en un bosque caminando, buscando no sé qué.  Cuando pude sacar fuerzas para levantarme encontré que la sala llena de cadáveres. Mis manos ensangrentadas, y la máscara de cuervo encajada en el cuello de alguien que no pude reconocer. No me atrevía a destapar sus rostros. Me senté al lado de José Armando, y le acaricié los labios inermes.