Ocaso

Roberto me dijo que iríamos a dar una vuelta por el frigorífico. Mi abuela me tenía prohibido alejarme tanto de la casa, por lo que diariamente me pedía que le hiciera partícipe de mi ubicación. Esta vez, mentimos. Roberto se adelantó y dijo que estaríamos en casa de Rosa. El sabía que mi abuela lo consideraba un chico serio, aunque la verdad es que, de nosotros dos, no solo era el mayor, sino el más alocado. Normalmente andábamos juntos en la escuela; Roberto cursaba el quinto grado, y yo, el tercero. 

Una vez me escondió la pañoleta (¡sabrá Dios dónde!), y me dijo que debía darle las gracias pues, sin ella, parecía de cuarto. Nunca me la devolvió, y al no haber más en la administración de la escuela, estuve dos meses que más parecía un testigo de Jehová que un alumno de cuarto curso. ¡Buena me la hizo Roberto aquella vez! Pero la verdad es que me lo paso súper bien en su compañía. Es imposible aburrirse, y más vale que sea él el que no se aburra de ti, pues te despacha en un dos por tres. 

Conmigo era diferente; jugábamos juntos desde pequeños. Su incesante sobreprotección me hacía parecer vulnerable. Cierto es que no soy un gallito de pelea, todo lo contrario. Por lo general, me mantengo al margen de cualquier contienda. Manuel, uno del aula de Roberto, aprovechó cuando este estuvo enfermo para llamarme bugarrón. Me llené de cólera y le lancé un golpe. El no se lo esperaba, así que no fue difícil atizarlo fuerte. Pero mi valentía se apocaría en el acto, cuando los otros tres que lo acompañaban me tumbaron al suelo y comenzaron a patearme. Recuerdo haber mirado hacia afuera del círculo oscuro en que me veía sumergido, buscando la compasión de otro muchacho o la intervención de algún maestro. Sentí, más que nunca, el peso de mi vulnerabilidad. 

Era de esperar que, al enterarse Roberto de lo sucedido, Manuel y su banda no saldrían bien parados. Sus mochilas terminaron en las tazas sanitarias, bien cagadas, además del emplazamiento a una pelea «de uno pa’ uno», para ver quien era «el penco bugarrón». El lugar acordado sería el andén del pueblo a las 4:20, después de la escuela. Decirle maricón a uno de sus amigos significaba desatar toda una cruzada que Roberto se tomaba como algo personal. 

Nadie lo conocía como yo. Cuando a mi mamá le otorgaban derecho a un camping por el trabajo, Roberto siempre se venía con nosotros. Pocas veces había cosas nuevas que contarnos. A él fue al que se le ocurrió lo de acampar en mi patio. Su casa solo disponía de un patio de cemento abarrotado de botellas de cerveza, reservadas para envasar la salsa de tomate que hacía su padre. En fin, mi patio era grande, lleno de árboles y, al oscurecer, daba verdadera sensación de entorno selvático que, por momentos, hasta espantaba. Roberto era huérfano desde los cinco años, la imagen que tenía de su madre era difusa, como vista a través de un velo. Octavio, su padre, no se había vuelto a casar. No le duraban mucho las novias que se buscaba. Siempre sucedía igual, cuando terminaba una relación se sumergía en un silencio sepulcral. Una vez le oí decir a mi mamá, a raíz de este constante comportamiento de Octavio, que Aída, la madre de Roberto, había puesto el listón muy alto a todas las que vinieran después. Se había vuelto exigente no solo con las mujeres, sino también con su hijo. Cuando Roberto hacía una de las suyas, no vacilaba en comérselo a cintazos. Luego se llenaba de un demoledor cargo de conciencia, y terminaba abrazándolo por largo rato, sin proferir palabra alguna. Fui testigo de alguna situación así. Estuve allí mientras se gestaba una reconciliación. Sin lugar a dudas, esto hizo que entre nosotros se creara un fuerte lazo. Aquel día, en el frigorífico, me hizo prometer que debía tragarme lo que estaba a punto de ver. Según él, el hombre no es hombre precisamente hasta que no aprendía a guardar secretos incondicionalmente. Fuimos en la bicicleta rusa del padre. Me dijo que así llegaríamos más rápido y nos daría tiempo de pasar a ver a Rosa de regreso a casa. 

Pero ¿qué era aquello de lo que iba a ser testigo? Cierta excitación avivaba el pedaleo de Roberto, y yo, sentado en la parrilla, vigilaba que los bajos de mi pantalón no se enredaran en los radios y aquella peripecia terminara conmigo hospitalizado con una fractura de tibia. De este modo, me concentré en que llegásemos al mencionado lugar de una sola pieza. Él conducía la bicicleta como un suicida, y yo le avisaba de los autos que avistaba. Reprimía mi temor, pues, como Roberto decía, «llorar no es de hombres», por lo que aproveché la ventaja de no ser visto, para cerrar los ojos ante cada una de sus imprudencias. Tragaba en seco toda la saliva acumulada en la boca con cada nivel superado. Me resigné a la idea de que, si iba a andar con Roberto, tenía que imitarlo. 

Al fin, llegamos a la garita de entrada del frigorífico, y el guardia que estaba en ella, un joven de pelo largo y gafas oscuras, salió a nuestro encuentro. Antes de entrar, Roberto le hizo un saludo con el índice y el dedo del medio en forma de V, que nunca había visto hacer. El joven se sentó en un taburete, apoyado con moderado ángulo en la pared exterior de la caseta, y le devolvió el mismo saludo. Roberto me dijo que Félix, el guardia, era un exalumno de su papá y que la pinta que tenía era de rockero. Más tarde, le preguntaría que era eso de rockero, al igual que por el extravagante saludo. Me dijo que rockero era el que escuchaba rock, un tipo de música con la que él no estaba muy familiarizado. Sobre el saludo, resultó no tener ni la más mínima idea de qué significaba, pero que lo imitaba de su padre. Este lo usaba solo con Félix, siempre que quería «conseguir» algo de papa, boniato o cualquier otra vianda de la cooperativa. 

El padre de Roberto había sido profesor de Filosofía e Historia en una de las escuelas de secundaria básica del municipio durante quince años, pero tuvo que renunciar, ya que el salario se había vuelto simbólico, e insuficiente como único. Ahora vendía panqués a bordo de una bicicleta, de modo que se pasaba el día entero pedaleando por los alrededores del pueblo. Cuando comenzó, recuerdo que llegaba quejándose de que el repostero para el que trabajaba le exigía pregonar fuerte, ¡con ganas! No le gustaba esa idea, pero, tal y como afirmaba mi abuela, «la necesidad hace parir jimagüas», así que terminó haciéndolo. 

Nos adentramos entre los surcos. Esta vez, lo que nos faltaba para llegar lo haríamos a pie, pues era imposible seguir en bicicleta dado lo agreste del sendero. Comencé a preocuparme, nunca había estado tan lejos de casa con Roberto y aún no tenía idea de lo que habíamos ido a hacer allí. Le preguntaba, pero me mandaba callar, diciéndome que fuera paciente. Pensé en lo peor que podía pasarme, y era que mi abuela fuese a casa de Rosa y no nos viera. Entonces Rosa le diría que no habíamos asomado el pelo en todo el santo día, y entonces sí que me buscaría un problema. Solo me tranquilizaba la esperanza de que, fuera lo que fuera aquello que iba a presenciar, superara con creces la reprimenda que me llevaría de ser sorprendido fuera de base. 

Mientras todos los posibles castigos y excusas circulaban a modo de flashazos por mi cabeza, vi a Roberto esconder la bicicleta bajo unos rastrojos amontonados en una carreta, y me susurró al oído que, a partir de ese momento, debía guardar silencio. Nos topamos con una cerca alambrada sostenida por pequeños árboles de almácigo. La cruzamos y nos adentramos en un terreno que más bien parecía un cementerio de carrocerías viejas de automóviles; un museo de fósiles mecánicos. Sentí un extraño deleite al deambular por los trillos de las moles de metal en descuidada disposición. 

Roberto llamó mi atención agitando la mano. Debía agilizar el paso. Lo que vi allí dentro, y lo que experimenté, guiado por su mano, habría de convertirse en una de las más sublimes revelaciones de mi vida. Estábamos a las afueras de un mugriento taller. Los barrotes del exterior estaban embarrados de una leve costra gelatinosa de grasa. Era notorio que la gente del pueblo iba a templar  allí. Me asomé por un orificio que pude encontrar más abajo del usado por Roberto, en una posición un tanto incómoda, pues me obligaba a arrodillarme para mirar. Entonces, me percaté de que, adentro, dos jóvenes templaban encima de una aglomeración de llantas y asientos de automóviles. No podía reconocer a ninguno de los dos, y creo que tampoco importaba en aquel momento. Los dos estaban desnudos. La muchacha tenía las piernas abiertas; el muchacho la penetraba rabiosamente y le lamía los pezones. También le sujetaba las manos, y aunque ella intentaba zafarse, él no se lo permitía. Por un momento pensé que ella trataba de huir, ahí fue cuando la muchacha se volteó incitándolo a penetrarla por el culo. Yo estaba nervioso y el pene comenzó a dar señales de excitación. Roberto, a mi lado también se la sacudía. Me miró y me dijo que a qué esperaba para pajearme. Hasta ese momento nunca me había masturbado. No duré mucho en venirme. No se podía esperar otra cosa tampoco. Roberto se vino dos veces, y hubiera ido por una tercera de haber continuado la fiesta en el taller. Tuvimos que irnos poco antes de que todo quedara en silencio.
El muchacho protagonista de aquella escena resultó ser el hermano de Andrés, uno de los que andaba con Roberto, el que le propició a Roberto la información pertinente, es decir, el lugar y la hora del encuentro. 

De regreso a casa, reflexionaba sobre lo mucho que yo había cambiado en tan corto período de tiempo, aunque de eso darían prueba los días siguientes. Sentía que todo mi cuerpo se tambaleaba. Pese a que traté de olvidar lo ocurrido, no podía evitar fijarme en las tetas y las nalgas de las niñas de quinto y sexto grado. Pretextaba ir al baño para verlas tan hermosas haciendo cuclillas, corriendo, saltando la suiza… Creo que, a partir de aquel momento, experimenté cierto agrado por la Educación Física. 

Más de dos veces hice que mi maestro abandonara el aula y saliera en mi busca. La primera vez me preguntó si habían cambiado el baño de sitio… Me recordó entonces a mi mamá. Ella me decía siempre lo mismo cuando me mandaba por algo, y es que suelo tardar una eternidad en regresar, ya sea porque me entretengo con un amigo o comprando paleticas. La tercera vez que me demoré en volver al aula, el maestro optó por mandarme siempre con un acompañante, al que daba ordenes de arrastrarme de vuelta halándome las orejas, si era preciso. 

Los deseos de masturbarme se hacían insaciables. Para las siguientes vacaciones, Roberto y yo, habíamos acordado acampar frecuentemente en mi casa, así aprovecharíamos para hablar de las chicas que conocíamos, y él traería algunas revistas, de esas que tienen mujeres en bikini. Algunas estaban recostadas con el torso abrazando la arena y con las piernas en forma de tijera, y otras, se mordían el pelo con gracia mientras chapoteaban en el agua. Disfrutaba especialmente de aquellas que parecían mirarme, pues generaban en mí una sensación de cercanía y complicidad, a diferencia de Roberto, que se inclinaba más por las que pretendían ignorar la presencia del fotógrafo. Así que, a la luz de la linterna, despojábamos la revista de sus páginas y, llegada la media noche, terminaban todas cubiertas por semen. 

Comenzó el nuevo curso, y aún no habíamos tenido el cambio de pañoleta. Usaba la misma de color azul, que desentonaba no solo con la mochila y los zapatos nuevos, sino con mi renovada actitud, con ciertas pinceladas de autosuficiencia que más tarde se acrecentarían, toda vez que, a mi envidiable currículo académico, se sumaba el descubrimiento sexual aflorado en los meses previos. Aquello confería algo de equilibrio a mi personalidad, o al menos eso pensaba yo. 

Roberto quedaba en verse casi todos los sábados con Idalmis, una chica de su aula. Esa sí que le gustaba, aunque delante de todos decía que solo la quería para el trajín. No lo creo, Idalmis era linda y, a juzgar por las pocas veces que la había escuchado, no tenía un carácter fácil. Yo estoy seguro de que a Roberto lo desquiciaba. Los sábados alternos, a las diez de la mañana, proyectaban en la escuela una película infantil. La verdad es que yo iba para hacerle la cobertura a Roberto, mientras él se escondía en el portón a darse besos con Idalmis. La auxiliar docente, responsable de la actividad audiovisual, no prestaba mucha atención a si los estudiantes entraban o salían. Escribía en un papel los nombres de los alumnos a medida que llegaban y, una vez terminada la película, verificaba que los mismos estuvieran allí. Se preguntarán qué hacía ella en el intervalo en que no escribía o leía nombres… Simplemente tejía. Por costumbre, círculos concéntricos que parecían espirales y que, si los seguías con la vista, caías en un estado hipnótico. Los colores rojos y azules en trenzas alternas se volvían saltarines, poniendo en jaque al ojo humano. Comprendí entonces el porqué de que la auxiliar cayera rendida por el sueño tan frecuentemente. Por lo que ven, yo no tenía nada más útil en que entretenerme mientras le hacía la pala a Roberto. 

Un día, acompañé a mi madre, en contra de mi voluntad, a visitar a Ángela, una mujer que había sido maestra de mecanografía de mi mamá cuando tenía más o menos mi edad. La pobre estaba enferma, y creo que, aunque evitaron dar detalles del padecimiento en mi presencia, olía a algo terminal. No debí haber ido. Producto de la enfermedad, su piel se había tornado de un color verdusco y, toda encorvada, arrastraba sus pies mientras sus manos se orientaban por la interminable sala llena de vástagos que sostenían aquel techo a punto de caerse. Me sobrevino un sentimiento de rechazo y de compasión. Cuando nos sentamos, Ángela buscó en vano sus espejuelos, pues no estaban en todo aquello, así que terminé sometiéndome a la inspección de sus manos sobre mi rostro. Las legañas le cubrían los ojos, y yo estaba a la espera que el párpado izquierdo se abriese de un momento a otro, cosa que nunca ocurrió. Después de hablar de temas sin importancia, nos despedimos. Tardamos otra eternidad en llegar hasta la puerta, dado que Ángela encabezaba el camino. En la puerta, me dio un beso en la frente, de esos que pueden llamarse inolvidables, y me dijo que cuidara mi mamá, que era una excelente persona y mujer. ¡Eso ya lo sabía! Y para cerrar con broche de oro, le dijo a mi mamá que tenía una bella hija. «¡Hija!», ¡esto sí había sido demasiado! Cierto es que yo no había dicho palabra que le diera indicios de mi género. No sabía cómo tomar aquello, así que le grité mi nombre bien alto para que supiera que era un varón y, antes de que mi mamá pudiera propinarme un pescozón, eché a correr. Nadie en la casa entendió por qué había actuado de aquella manera. 

Tras aquellos acontecimientos, no vi venir la oleada de regaños constantes, de consejos «sin venir al caso» y de privaciones que me aguardaba. Todo se fue aún más a la mierda (y tengo que decirlo así, ¡a la mierda!) cuando mis padres encontraron las páginas de las revistas, sobre cuya finalidad no cabía duda, y en las que lucían impúdicamente las machas dejadas por el tan preciado liquido viscoso. Si existiera Dios, solo él sabría cuánto empeño pusimos Roberto y yo en esconderlas. Aun los considero afortunados, porque encontrar esas hojas dobladas y metidas cuidadosamente en los mil agujeros del fibrocemento de aquella casita de desahogo, no es algo muy habitual, ¿o sí? 

Fue grande mi suerte de tener a Roberto en aquellos días tan difíciles. Mis padres continuaban sus dosis de charlas que solo me hacían sentir más incómodo y avergonzado. Nunca había rezado hasta que, en aquellos días, alzando mi vista al techo, le pedí a Dios que terminara con aquella pesadilla. Estuve de penitencia durante cuatro días, tres noches y dieciocho horas, y no por el mero hecho de que mis padres descubrieran «el no tan extraño caso de la masturbación de su hijo», sino por la actitud tan grosera y sin fundamento que había mostrado con Ángela. Vergüenza me da confesar todo esto; bien podría haberlo disfrazado o obviado, pero me he propuesto contar esta historia sin omitir detalle relevante alguno para la mejor comprensión de lo que más adelante narraré. 

Recuerdo que, al cuarto día, y a eso de las siete y media de la tarde, Roberto llegó listo para acampar. Lo miré con ojos dubitativos, y como yo estaba sujeto a lo que dispusieran mis padres, preferí guardar silencio y esperar sentado en el comedor el veredicto que se gestaba en la cocina. No pensé que mis padres fueran a ceder, pero ya sabemos la eficacia de Roberto a la hora de convencer. En muchas ocasiones, daba gracias de que mi abuela hubiera estado fuera de casa durante aquellos días visitando a su único hermano vivo, ¡buena forma de identificarlo, hey!
Roberto cenó en mi casa aquella noche. Se lo veía más feliz que de costumbre. Podía oler que algo iba muy bien o muy mal. Me animaba la idea de volver a la batalla, así que no le di muchas vueltas al asunto. Comimos opíparamente. El fricasé de cerdo de mi padre estaba buenísimo; posiblemente, el mejor que había probado hasta el momento. Sabido es que mi padre era el mejor cocinero de la casa y, además, daba gusto ver cómo lo disfrutaba. Roberto siempre subrayaba lo linda que le parecía la camaradería entre mis padres. Pasamos un rato agradable, e incluso mis padres contaron algunos chistes picantes. 

Luego de ayudar a recoger los platos de la mesa y llevarlos a la cocina, dimos las buenas noches y nos encaminamos a nuestra misión. La artillería estaba lista. Por un momento, creí que mejor sería despejar mi mente de la masturbación, al menos por aquella noche, pues no me abandonaba la tesis de que mis padres nos observaban, y todo aquello no era más que una especie de prueba para agarrarme in fraganti. Claro, esto no se lo dije a Roberto. Nunca le ha hecho mucho swing a eso de la paranoia, y de darle muchas vueltas a las cosas. Para mi sorpresa, lo primero que sacó no fueron nuevas revistas, sino una botellita de ron y unos cabos de tabaco dejados por su padre. Quedaba clarísimo que el espíritu de diversión de Roberto sobrepasaba cualquier atisbo de sentido común. Le dije que lo hiciera él si quería, pero que yo prefería abstenerme. Me dijo que muy bien, que como yo deseara. Sacó una caja de fósforos medio mojados. Desechó seis hasta que el séptimo prendió por fin y encendió el dichoso cabo. Yo me adelanté a buscar en su mochila las revistas. Él me dijo que no había traído ninguna. Mi rostro, pálido a buen seguro, no podía disimular la decepción, pues hacía solo un rato que había visto abrirse los cielos dos veces: una, cuando Roberto apareció para acampar, y la otra, cuando mis padres lo permitieron. No pasó mucho para que me recobrara y aceptara compartir el tabaco y la bebida. Me dije que estaba loco de remate; apenas había salido del purgatorio, y me disponía a entrar al infierno sin vacilar. 

La noche refrescaba, y tal y como decía una canción, entre el humo y la risa, me olvidé de las revistas, de la polución nocturna y del semen acumulado en mis testículos. Nos pusimos a hacer bromas y hablar de cualquier cosa que nos viniera a la mente. Roberto decía que yo era un fumador nato. Quise creerlo. Tosí al principio dos o tres veces, sin embargo, luego inhalaba y exhalaba el humo con tal naturalidad que aprendí a disfrutarlo. Roberto por su parte, se concentró en emborracharse. En ese momento, todo parecía divertido, hilarante. Nos reíamos de cualquier idiotez y, sin darnos cuenta, habíamos alcanzado ese punto del que no se regresa. Roberto se mofaba de lo gracioso que besaban algunas de las niñitas y, recurriendo a la botella, llevaba a cabo una demostración. A través del cristal, se percibía la trayectoria que recorría su lengua hasta llegar a la boca de la botella. En ese punto, se la empinaba, en busca de más alcohol. 

Pasamos de la risa a una solemnidad y estado reflexivo, cuya transición resultó indescriptible. Le pedí que me explicara como debía besar a un chica. Rompió en risas y me dijo que cómo iba a pensar solo en Manuela, sin haberle dado nunca un beso. Lo dijo de una forma que sentí vergüenza, y retorné a mi anterior estado reflexivo, en el que me lamentaba de haber soltado aquella bomba. Roberto me hizo que agarrara la botella y que practicara. A veces, se le enredaban las palabras, y yo, que no estaba muy católico que digamos, aportaba también mis jerigonzas. Cuanto más lo pienso, más ridículo me parece toda aquella situación de andar besando una botella. Roberto me decía que la clave estaba en la lengua: debía meter la lengua muy rápido. me daba la impresión de que, si para algo no había nacido, era para besar. Me faltaba gracia. Roberto se reía y decía que no lo hacía nada bien. Le contesté que no era fácil abstraerse a la idea de que ese no fuera el rostro de una muchacha. Fue cuando Roberto me arrebató la botella, y después de apartarla, me besó. No hice ni el menor intento por frenarlo. Su lengua se introdujo en mi boca, y sus labios, que durante tanto tiempo solo se habían abierto para hablarme, ahora se cerraban para tocar los míos. Nuestras lenguas entrecruzadas, con el sabor a la última comida, se acariciaban, mientras mis labios se suavizaban. Fue en este instante cuando fui consciente de que hay momentos en que el tiempo se anula o no existe, y entonces, se diluye a su vez en el espacio. Y ante la ausencia de espacio y tiempo, nos sobreviene el ocaso de todos nuestros preceptos y creencias. 

Esa noche, nos besamos más de una vez. Al día siguiente, optamos por no buscarnos. Tampoco coincidimos al cabo de una semana, y así se sumaron meses y años. Nos hemos topado en varias ocasiones por la calle, acompañados en el presente por nuestras esposas. Ahí nos miramos y pretendemos haberlo olvidado todo, pero yo sé, (ambos sabemos) que tal pretensión no es posible. 

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