¿Quién controla a Carl?

Ese día, Rose llegó más temprano que de costumbre a casa de Carl. Se sentó en la mesa con su café, ese que, por costumbre, compraba todos los días en Race Trac. La habitación estaba hecha un desastre. Mientras se quitaba las zapatillas, cavilaba por dónde comenzar: los platos se apilaban en la cocina desde hacía cuatro días y, a un lado del refrigerador, varias bolsas de basura estaban a punto de estallar. Se miró las uñas de los pies, y pensó que aquel esmalte color ámbar le había durado bastante, casi desde Navidad. Fue a por el bote de esmalte que estaba en el armario del baño, y se las retocó sentada en el borde del bidé. Dejó que se secaran un poco antes de volver a la faena. 

Abrió el armario y se puso un vestido. Siempre le había gustado aquel estampado de arabescos indescifrables, le recordaba los cuadros que se mostraban en las revistas de diseño interior que llegaban a la casa. Hubiera preferido que Carl se lo hubiera regalado, pero estaba convencida que los hombres casi nunca comprendían lo que las mujeres deseaban, y, por lo general, no era culpa de ellos. «Es que somos muy caóticas», se repetía siempre. 

Sentía cierta desesperanza en ese día. Revisó los bolsillos de los pantalones antes de ponerlos echarlos a lavar. Encontró dos tarjetas de negocios, cincuenta dólares y un pedazo de papel grabado con un número de teléfono; un número de teléfono sin nombre. Quien fuera que se lo hubiese dado a Carl, estaba seguro (o segura) de que lo recordaría. Lo puso todo en un cofrecito junto a otros objetos olvidados: llaves, fosforera, centavos y otras tarjetas de negocios. Puso en marcha la lavadora, así como el lavaplatos. 

Luego se sentó a la mesa, que era una especie de punto cero en aquella habitación espaciosa y abierta. Permitía contemplar la cocina, la sala y el comedor desde cualquier ángulo. En esos momentos, no pudo regalarse con la exuberante vista de Manhattan. No importaba, se la sabía de memoria, y pese a que las nubes la mantenían sumergida, pudo nombrar a ciegas cada uno de sus edificios. Se acomodó en el sofá tras haberse servido una copa de vino. Aquel número que había encontrado en los bolsillos de Carl, y que había memorizado, resonaba en su cabeza como un eco. Se obligó a pensar en cosas más triviales como el clima, las cosas que faltaban por comprar para la casa y en la discusión tan desagradable que había tenido con una mujer en el mercado, debido a que su marido no dejaba de mirarle los pechos. Rose había acabado por gritarle, mientras la mujer salía por la puerta exclamando que ¡aprendiera a controlar a su hombre! 

—¿Cómo pedirle a alguien que haga lo que no soy capaz de hacer? Y ¿quién controla a Carl? —pensó. 

Fue hasta la cocina, tomó otro sorbo de vino y marcó el número de teléfono que había encontrado. Mientras daba señal, Rose rogaba en su fuero interno que nadie respondiera o que, si lo alguien lo hacía, fuera la recepción de una empresa o un amigo que quería reencontrarse con él de visita por Nueva York. La historia se repetía. Estuvo tentada de colgar tras el tercer timbre, pero no lo hizo. «Hola», respondió la voz de una mujer joven. Rose tuvo la sensación de que el aliento de aquella joven chocaba contra su mejilla y pudo sentir el aroma de su piel; la piel de esa atrevida que había deslizado su número de teléfono en el bolsillo de Carl. Colgó al instante, aquel olor comenzaba a darle náuseas. No resistía otro perfume que no fuera el de Carl. A veces, se rociaba un poco y se acostaba por un rato; le ayudaba a dormir. 

Dobló la ropa ya seca y la organizó en los cajones de forma inmejorable. Compró unos filetes de ternera, verduras, y preparó la cena. Quemó el dichoso número de teléfono, convencida de que, si había permanecido en el bolsillo de Carl, era porque él no le había hecho el menor caso. 

Hacía tiempo que lo sentía distante. Ya no se contaban historias de sus desenfrenos y relaciones pasadas, ni Rose terminaba arrebatándole una sonrisa; la misma que la había desquiciado y le había hecho soñar con él todas las noches. Lo interrogaría esa misma tarde, en cuanto llegase. Puso el tocadiscos y cerró los ojos. Se despertó con el sonido de un auto que acababa de llegar. Se precipitó a pintarse los labios y se atusó el pelo. Carl entró con una muchacha, Julia, que comenzó a pasearse por la sala examinándolo todo. Rose los vio llegar desde la cocina. Carl fue al encuentro de Rose, que seguía los movimientos de Julia. Este abrió dos cervezas de la nevera.

—Esa es Julia. Es linda, ¿verdad? 

Rose la miró acomodada en el sofá, a la espera de Carl. Estaba segura de sentir el mismo perfume que le había repugnado a través del teléfono. «¿Por qué ella, Carl?», pensaba mientras este aguardaba la respuesta a su pregunta.

—¿Rose?

—Sí, Carl, muy linda, y joven.

—¡Y saber qué estuve a punto de perder su número! Menos mal que lo guardé en mi teléfono. Siempre los pierdo. ¡Será por eso que aún sigo soltero! —sonrió Carl, y acto seguido dio un trago a la cerveza, solo para matar la sed.

—Gracias por venir hoy en tu día libre, sé que tenías planes. La verdad, no quería que Julia llegara y se encontrara con todo mi desorden. Ah, te dejé el cheque donde siempre.

—Sí, lo vi. No te preocupes, ya sabes que estoy aquí para lo que necesites —Le frunció el ceño con una mirada de ternura fingida. 

Rose se precipitó hasta la sala en busca de su bolso, que había abandonado a su llegada en una de las butacas. Aguantó la respiración. El perfume de Julia era irritante. Recogió el cheque bajo la Venus de Milo. Carl estaba perfumándose. Lo podía sentir a gran distancia o, al menos, estaba convencida de eso. Rose dejó caer la diminuta estatuilla de la Venus, que terminó por desintegrarse en el suelo. «¿Dónde está tu perfección ahora, eh?», gritó a los añicos. 

Julia corrió en busca de Carl. Se escuchó un portazo estruendoso.