Raquel

 

  

Alfredo estaba en el mercado de la calle Juderías comprando sus verduras semanales cuando juró haber visto a Raquel. No podía creer que fuese ella.  Inmediatamente dejó la canasta de compras encima de uno de los estantes y salió a su encuentro. Raquel caminaba de prisa y, como aún no estaba convencido de que se tratase de ella, se abstuvo de gritarle. «Raquel tenía el pelo rojizo y esta, castaño», pensó. Mientras la seguía, trataba de mantener una distancia prudente como para no levantar sospechas, pero que, al mismo tiempo, le permitiera reconocerla si se giraba. El bulevar Santo Tomás era el más visitado y los transeúntes, como carros locos, no podían evitar chocarse. Alfredo hizo un esfuerzo casi suprahumano para no perderla de vista en aquel hormiguero. Mientras tanto, practicaba lo que le diría al tenerla enfrente. «Fue una ingrata», se repetía una y otra vez. Tras haber vivido juntos dos años, ella lo había abandonado sin siquiera decirle adiós; y no solo eso, sino que se había llevado también su laptop, seiscientos euros y las joyas heredadas de su madre, fallecida hacía apenas tres años. En la calle Molinos, Raquel torció a la derecha. Aquella calle estaba menos concurrida, si bien lo suficiente como para que su persecución no levantara sospechas. Los separaba una cuadra de distancia. Pensó que quizás era él quien estaba evitando el encuentro. Raquel era de las que le gustaba que le pegaran duro en las nalgas hasta dejárselas bien rojas; esto llevó a Alfredo a querer abofetearla asimismo y, después de hacerle el amor, como acto de venganza, abandonarla con la mayor indiferencia. Ninguna otra idea lo tranquilizaba. Apresuró el paso y se fue aproximando a ella. Podía sentir el olor de su champú, el mismo que se había impregnado en sus almohadas y que se resistía a desaparecer. 

Lo cierto es que ese olor le había hecho odiarla un poco menos. Se aventuró a llamarla por su nombre, pero Raquel entró en un edificio de seis pisos, de esos que en los tiempos prósperos contaba con un portero para recibir a los residentes y visitantes. No pudo seguirla adentro, pues alguien debía autorizarle el acceso. Desde la acera contigua, pudo verla subiendo. Raquel entró en el tercer apartamento del segundo piso. Al menos, la tenía ubicada. Aún había esperanzas. Pasaron veinte minutos y parecía no haber vida en aquel edificio. Un anciano remolcando un carrito de compras, tomó la rampa que estaba justo al lado de las escaleras a la entrada del edificio. El anciano se agarraba a la barandilla, temeroso de caerse. Alfredo simuló vivir allí. Se mostró familiarizado con el lugar y se ofreció a ayudarlo con el carrito. El anciano se lo agradeció mientras sacaba las llaves de su bolsillo. Una vez dentro, el anciano le indicó la puerta de su apartamento, que estaba ubicado a mano izquierda de la entrada. El edificio permanecía envuelto en un silencio casi glacial. El olor rancio era lo peor. Se creyó un sabueso por haber ido tras aquel aroma que conocía de memoria y que ahora se había esfumado. Subió las escaleras, y antes de tocar el timbre del apartamento en el que la había visto entrar, dio una ojeada hacia la calle; concretamente, hacía el lugar en el que había esperado aquellos interminables veinte minutos. Se vio a sí mismo mirando hacia la ventana donde ahora se encontraba. Se acercó aún más al marco de la ventana, tratando de dar sentido a lo que sus ojos veían. Su doble se dispuso a cruzar la calle, cuando un auto que doblaba la esquina a toda velocidad terminó arrollándolo. El auto se dio a la fuga sin aflojar la marcha. No había nadie en aquella calle para socorrerlo. Quiso bajar las escaleras a toda velocidad, pero terminaba siempre frente al apartamento número 321. Su cadáver seguía tendido en aquella calle, también muerta. Se tocó el rostro como si tratase de recordarlo. Varias personas rodearon al fin su yo yacente. Les gritó, pero nadie lo escuchaba. El nombre de Raquel llegó a sus oídos en forma de susurro. No tocó a la puerta ni hizo falta; estaba semiabierta. Dentro, olía otra vez a Raquel. Se trataba de su propio apartamento, reubicado ahora en aquel sórdido edificio. Todos sus muebles permanecían tal y como estaban antes de que Raquel se marchara: el laptop y los seiscientos euros en el cofrecito junto a las joyas de su difunta madre. Se sintió dichoso de nuevo, invadido de una felicidad rayana en la plenitud. Salió al balcón y allí estaba Raquel, con su cabello rojizo, leyendo. Sin separar los ojos del libro, con su habitual indiferencia, ella le preguntó qué le había hecho demorarse tanto. Alfredo prefirió no responderle. En aquel instante, lo único que deseaba era sentarse a su lado y verla leer. 

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