Ratas

   No sabía como había llegado hasta aquella silla ni tampoco quién le había atado las manos y los pies. Lo último que recordó fue haber estado sumido en ese sueño tan profundo que le provocaba el medicamento recetado por su doctor. Estaba en medio de un túnel sin horas. Largas tuberías parecían recorrerlo como venas que mantenían con vida al edificio; o quizás no, y aquel edificio hacía tiempo que había muerto. 

  George zarandeó la silla pero esta no se movió. Su patas traseras estaban atornilladas al mugriento concreto. Los olores a cloro y orine, incrustados en las paredes y piso, comenzó a darle náuseas. Gritó tan alto como su garganta y pulmones le permitieron, pero el eco terminó por martirizarle las sienes. No tuvo tiempo de hacerse demasiadas preguntas cuando irrumpieron tres hombres que marchaban en forma piramidal. El caminar acompasado parecía un meticuloso intento por aletargar la llegada. George contó sus pasos «uno, dos, tres…treinta…sesenta», quiso saber qué tan extenso era aquel túnel que se abría a sus espaldas. Frente a él, una pared llena de grafitis que, a aquellas alturas, habían devenido un gruesa capa de mensajes indescifrables; había desaparecido de aquella superficie el lenguaje escrito, y ahora eran sólo gritos atrapados en el concreto como el arte rupestre de las cuevas primitivas.

   Dos de los hombre se quedaron detrás de la silla; el que vestía de negro avanzó hasta quedar frente a George y a la  pared garabateada. 

—¿Tienes idea de cuántos años han pasado para que no se entienda nada de lo que hay escrito ahí?  —le preguntó el hombre sin revelarle aún su rostro––.

––Supongo que muchos ––respondió George.

––Quizás un poco más de los que me he pasado buscándote ––el hombre se giró dejando las manos descansando dentro los bolsillos de la gabardina de satén negro––. Sé que no tienes idea de por qué estas aquí, ¿verdad? 

   George intentó reconocer aquel rostro patibulario, pero no pudo; estaba seguro no haberlo visto antes. Era un hombre en la mitad de los cincuenta, y del que no era posible sustraer mayor información que esa. 

––Te puedo asegurar que te confundes de persona –agregó George sin disimular su alteración––.

  El jefe sacó un folio que llevaba en uno de los bolsillos interiores. Antes, le había hecho una señal a uno de los acompañantes, el cual procedió como un autómata a inyectar en el antebrazo del prisionero una sustancia verde fluorescente que tenía preparada dentro de un estuche negro.

––Tu nombre es Julian Koons…

––Ves. Te lo dije que esto es sólo un malentendido. Mi nombre es George Dunn. 

—Si escucharas atento y no me interrumpieras, verás que sé mucho más de ti de lo que te imaginas ––hizo una pausa y hojeó las primeras páginas. 

––¿No es usted el de esta foto? 

––Sí, se podría decir eso. —George se mostró confuso.— Pero no tengo ni idea de dónde salió esa foto. Nunca antes la había visto. Acabe de decirme de una vez y por todas ¿a qué viene todo esto? ¿Qué le hice para que me tenga aquí? Nunca me he metido en problema, puede preguntar en el pueblo. 

––¿Desde cuándo vive en Greenville?

––Desde hace tres años.

––¿Y dónde vivías antes?

––En…

––Belmont, Ohio ––el hombre lo interrumpió como quien aguardase por aquel  exclusivo momento––. Y terminaste viviendo acá pues fue el primer pueblo donde pudiste encontrar trabajo. Y todo esto producto de una relación fallida. También sé que vas al psicólogo pues no son para nada llevaderas esas migrañas que te dan cada vez que intentas dejar de tomar el medicamento. Y me imagino lo devastadoras que son las pesadillas que ocasionan esos dolores de cabeza. Esas pesadillas que te asustan y que sólo le cuentas a tu doctor ––hizo una pausa y siguió pasando las páginas––.  Naciste el seis de septiembre de 2060, lo que te hace tener treinta y cinco años. Y es obvio que te estarás preguntando que cómo sé tanto de ti, y sin embargo tú no puedas ni tan siquiera reconocer mi rostro. La verdad es que no has sido fácil de encontrar. 

   El hombre retornó la carpeta al interior de su chaqueta, respiró profundo y se quedó mirando a George por un rato. Disfrutó aquella escena por unos minutos y después de haber estado atento al reloj por varios minutos,  le dijo: 

––En este minuto se puede decir que oficialmente llevas un día aquí. Sentirás que tienes la boca reseca. Ah, y por supuesto tampoco has tomado tus pastillas. 

   La confusión de George llegó a tal punto que terminó sacudiendo frenéticamente la silla mientras le gritaba «¡Si me vas a matar hazlo ya, pedazo de hijo de puta!» El hombre le hizo una mueca a los mastodontes que cubrían la retaguardia. Estos golpearon a George dejándole la nariz y boca sangrantes, y algunas costillas rotas. No había lugar a dudas que se trataban de cíborgs, de esos con puños metálicos disimulados por piel.  Los intensos golpes, tornaron el rostro de George en un semblante patológico. 

––Así te ves mejor. Diría que eres más tú ––no intentó esconder el tono irónico de la última frase. Sacó del bolsillo una esfera transparente similar en tamaño a una pelota de tenis. Presionó el único botón que tenía y el interior del artefacto se encendió con una tenue luz azul y se quedó suspendido en el aire en el mismo lugar en que la palma de lo mano lo había dejado.

   Era un minúsculo proyector que en forma de hologramas mostraba fotografías  de una joven en el suelo desnuda que había sido degollada después de que bestiales golpes le dejaran el rostro irreconocible; otras imágenes desde varios ángulos del cuchillo doméstico que había sido usado para asesinarla, y todos los objetos de la sala que fueron hecho añicos durante el predecible forcejeo. George trató de apartar la vista pero uno de los guardaespaldas le sujetó la cabeza en dirección a la pared y le susurró «si cierras los ojos, te los saco». 

   Las mismas imágenes se volvían a suceder una y otra vez. Sintió arder cada vena de su cuerpo y estuvo seguro de que aquella sustancia inoculada, había ascendido hasta su cerebro. Las pesadillas volvieron y esta vez no pudo impedir que gritos febriles se desprendieran de su boca; las pesadillas eran un calco de aquellas fotografías que ahora se le clavaban como alfileres en los ojos y a las que su mente poco a poco les fue reincorporado orden y movimiento.

—Se lo merecía por puta. —George vociferó con una risilla maquiavélica. El hombre sacó el cuchillo y se lo clavó sin vacilar en el muslo.–– Al menos no se murió virgen como las otras, yo me encargué de eso antes de abrirle el cuello de lado a lado… ––el hombre sacó el cuchillo y mientras los otros le abrieron la boca, este le cortó la lengua. George intentó gritar pero comenzó a ahogarse en sus propia sangre que salía a borbotones por la boca. No pasó mucho tiempo para que una rata se llevara la lengua que había caído en el suelo.

  La opresiva atmósfera de fuertes contrastes se sumergió por un instante en un silencio sepulcral. George no pudo enderezar el cuello y a duras penas logró balbucear «¡Vete al infierno!».

––Tú te irás primero. ––Hizo una pausa y comenzó a limpiarse las manos llenas de sangre con un pañuelo de arabescos púrpuras.–– Sabes que no pude creer cuando supe que estabas libre. Te imaginas como me sentí cuando me dijeron que no debía preocuparme por nada, que habían hecho de ti ¡un hombre nuevo! Pues alguien había determinado, así sin más, que las cárceles ya no eran necesarias. Según ellos había sido todo un éxito la nueva tecnología de reprogramación del cerebro, usando bloqueadores de memoria que les permitieron, a asesinos como tú, asimilar nuevos recuerdos. Y les pregunté que qué pasaría entonces con la justicia, si también quedaba abolida, ¿y sabes qué respondieron a esto? ¡Nada!  Me dieron unos golpecitos en la espalda, y me dijeron que podían entender por todo lo que yo había pasando, pero que aquellas eran las nuevas leyes, y había que aceptarlas. Ese fue el instante en que no pude hacer otra cosa que buscarte. Créeme que perdí mucho para llegar hasta aquí, pero ya ves, más temprano que tarde las ratas terminan en las alcantarillas, de la que nunca debieron haber salido.

—Sheriff, si quiere terminemos con él. ––le sugirió uno de los acompañantes.

   El hombre negó con la cabeza mientras guardaba el proyector que permanecía suspendido en el aire emitiendo las mismas imágenes ininterrumpidamente. Miró a George una vez más y memorizó cada detalle de aquella escena. Antes de abandonarle le dio unos golpecitos en la espalda. 

   No pasó una hora cuando las primeras ratas comenzaron a treparle por las piernas.