Una Parada

Anna espera en la parada. Todo iba según lo acordado. Manuel dormía. Después de golpearla caía agotado en el sofá. Ella pensó varias veces la mejor forma de matarle. Quizás con un cubo de agua hirviendo, una navaja, un tiro. No era lo suficientemente cojonuda para quitarle la vida -pensaba. Esta vez al menos decidió largase en medio de la noche. Nadie le reconocería. Pero no se le quitaba de la mente lo que pasaría de levantarse Manuel antes de que ella pudiera escapar de aquel pueblo de mierda.

Hacía unos cinco meses que vivía con él. Se conocieron siendo ella mesera de un Waffle House cerca de Dekalb Mall. Manuel solía dejarle buena propina, y después de unas semanas de conocerse, la invitó al cine. Ella le había contado que le gustaban mucho las películas de los 40. Su abuela era proyeccionista en el Brookwood, el pequeño pueblo donde había nacido. Recuerda cuando proyectaron L´Atalante de Jean Vigo. Era la única espectadora en la sala. Vio todas las tandas durante varios días. Era una romántica sin remedio. En Brookwood no había ríos ni playas. Siempre soñó el día en que viera el mar por primera vez; momento que llegaría al cumplir los diez años.

  Manuel resultó ser un tipo violento. No había que darle más que el menor motivo para encolerizarlo. Una mirada  procedente de un extraño era suficiente para que la abofeteara, y la borrachera para que entrara bestializado, la doblara en la meseta y se la metiera duro por el culo. Nunca le había gustado. Lo odiaba. Él lo sabía y por eso se ensañaba. Había olvidado cómo llorar. Aprendió a vivir con dolor. Sabía que no merecía más nada que dolor. Ya se lo había pronosticado su abuela, como puta eso eso es lo que te toca. Se lo dijo cuando supo que se acostaba con un muchacho que había conocido hacía apenas unos días. No podía dejar de ver en su nieta el vivo retrato de su hija que las había abandonado por un francés que conoció en una comuna hippie, cuando la niña tenía apenas un año. La abuela sufría en silencio; olvidó también cómo llorar. Ella no dejaba de pensar que quizás su madre estaba muerta, por eso nunca regresó por ella. Construía entonces nuevas versiones, puentes a algunos pasajes de su vida para evadir temporalmente recuerdos dolorosos. Estaba condenada a no ser amada, se sentía fea; pensaba entonces que no era muy diferente a cualquiera de aquellos objetos que le rodeaba. En los últimos tres meses no tenía noción de cuánto había cambiado su rostro. Renunció a verse al espejo cuando ya el maquillaje era una vago intento por ocultar los moretones violáceos dejados por los golpes.

El reloj del parque dio once campanadas. Sus latidos acompasaron los pasos de un extraño que se acercaba. Podría ser Manuel que había despertado y venía por ella. Recordó entonces el final de Le Samouraï, y reflexionó sobre lo cercano que está, el estar seguro, del peligro, y el de ser víctima, a ser victimario.  

Ella mantuvo la mano dentro del bolso en el que guardaba algo de dinero y un revólver. Era el nuevo juguete de Manuel. Se lo compró cuando lo trasladaron a trabajar en un viejo almacén en la parte sur de la ciudad. Le habían disparado a muerte a uno de sus colegas cuando quedó  cubriendo turno solo en la noche.

Le alarmaba la idea de que podría ser la primera en probar el calibre o el peso de aquel pedazo de metal. Su inminente fatalidad a la llegada de aquel huésped no se le apartaba de la cabeza. Ese huésped había venido para quedarse.

Nunca se había sentido tan nerviosa como cuando robó el revolver y decidió marcharse. Aquello fue un chispazo de libertad. Temía no acordarse que se sentía al decidir sobre sus propios pasos. 

Nunca había disparado. Ensayó mentalmente cada movimiento que ejecutaría ante la hipotética llegada de Manuel a la parada. La noche refrescaba y sólo pedía que llegase el autobús para poder largarse de aquel maldito pueblo de una vez  por todas.

S us ojos cansados, no podían permitirse dormir, aunque no pudo controlar que se le cerraran por un instante. En ese breve lapso de unos pocos segundos de sueño vio una mano apretando el gatillo. Abrió los ojos antes que pudiera escuchar el sonido del disparo. Atrabancó el arma como si fuese a estrangularla. Esta vez notó la presencia de alguien al otro lado de la calle. Estaba muy oscuro.  Usaba un abrigo con gorro. No se movía. Tenía la corpulencia de Manuel. Estaba casi segura de que se trataba de él ¿Quién más podría estar en la oscuridad, inmóvil, sin emitir sonido, y quizás mirándola fijamente? Manuel descubrió que le había robado el arma y ahora esperaba paciente a que ella se rindiera por el sueño para cruzar la calle y arrastrarla de vuelta a casa.  Una hora perfecta para ello. Todos dormían. ¿Quién podría intervenir? Pensamientos como estos no la abandonaron. Se les repetían una y otra vez, una y otra vez, hasta que devinieron un espiral en el que toda subjetividad se hizo corpórea.

Ahora, las doce campanadas. El sigue allí a la espera. Ella sabe que al menor de sus descuidos, se le echará encima. No lo pierde de vista; desea que le quede bien claro que ahora es ella  la que tiene el control de la situación. 

«El sabe que estoy armada y esta vez estoy  en una posición ventajosa. Ya era hora. ¡Qué se atreva a cruzar esa calle y ya verá!  Va a pagarme todo lo que me ha hecho el muy hijo de puta. Él no se imaginaba esto. Veremos ahora quien me va a detener. Debí haber hecho esto muchísimo antes. ¡Ahora te mueves, eh! Veremos quien se cansa primero.»

Una luz que se acerca a lo lejos de la calle lo hace ponerse en marcha hacia ella.

—¡No te atrevas a cruzar hijo de puta! —El hombre se detiene en medio de la calle y antes que pueda pronunciar palabra alguna, ella le dispara. Evita mirar mientras descarga la pistola.  

—Te lo dije que no te atrevieras!

La luz del autobús que se acerca se interpuso entre ella y el cuerpo que yace en la calle.  Puso el arma, ahora más liviana, sobre uno de los bancos de la parada y comienza a caminar. 

Sonrió mientras pensaba que nadie volverá a detenerle. Se echó el bolso a la espalda y las luces de la calle se fueron encendiendo a su paso. 

En la casa, Manuel había muerto hacía una hora de una sobredosis de calmantes. Anna  los había puesto en el licor. Unas sirenas en la calle iluminaron la sala.